jueves, 25 de septiembre de 2008

Los peligros de una pequeña economía: Uruguay en la crisis del sistema

Carlos Santiago (especial para ARGENPRESS.info)

“El objetivo de la sociedad debe ser el progreso
de la gente, no el progreso de las cosas. ¿Es que
la riqueza es todo y los hombres no son nada en absoluto?”
Jean Charles de Sismondi.

¿Qué nos pasaría a los uruguayos que vemos los logros o fracasos con una visión siempre triunfalista o catastrofista, si los índices que miden el crecimiento, la inversión, la desocupación y la salud comenzaran a deteriorarse como resultado indeseado de la crisis del sistema? Es un tema para analizar en profundidad con una visión madura, sin resquemores ni superficialidades que enturbien de mala manera el análisis y lo distorsionen.

Porque un país pequeño como Uruguay, con algunos problemas estructurales endémicos, y a merced de un mundo convulsionando, donde se está produciendo una brutal distorsión de la moneda norteamericana y una especulación desenfrenada con el precio de los alimentos, puede comenzar a sufrir etapas negativas que se presenten por esa vulnerabilidad indiscutible, más allá de las adecuadas políticas y las mejores intenciones. ¡Ello es innegable!

Nos hacemos esta pregunta porque sabemos bien que por aquí tenemos la costumbre de personalizar los hechos, asignándole lo positivo a las gestiones de grupos o personas, castigando lo negativo, muchas veces de mala manera, a quienes tienen responsabilidades transitorias, efímeras, como las que se otorgan a los mandantes en un régimen democrático y republicano, donde los gobernantes no son eternos ni se mantienen en sus cargos durante décadas. 

Siempre nos preguntamos qué hubiera ocurrido con la opinión pública si el gobierno, durante la crisis del 2002, hubiera sido frenteamplista. 

Quizás en algunos aspectos se hubiera timoneado mejor (o de distinta manera) la nave en medio de la tormenta, pero: ¿se comprendería que los dolores provocados y las heridas que se abren en esos casos, no son responsabilidades de incapacidades, líneas políticas o caminos distintos, sino de las posibilidades que tiene un país pequeño de remar contra una correntada más que brutal, como fue la vivida, que provocó una correntada irresistible?

EEUU dejó caer la economía argentina en el 2002 y la banca uruguaya, atada y funcional por décadas a los depósitos de los vecinos, se vino al suelo como estantería en terremoto, situación que se desencadenó dentro de la gestión de un gobierno conservador, medroso, con visiones cortas, que no se animó a tomar el toro por las astas y a tocar intereses, antes que se produjeran males mayores. ¿Quizás de los grupos de presión, como el de los depositantes extranjeros que escaparon de la banca, ahorristas o funcionarios bancarios? Se prefirió, por inacción, el terremoto y sus consecuencias, o sea, el peor camino. 

Si el descalabro se hubiera mitigado y la lógica de la caída hubiera sido más ordenada, quizás el dolor hubiera sido menos grave. Pero entre todos contemplamos la crisis que se venía descreyendo en los conductores de la economía (no sin razón), que esperaron hasta que el desastre se produjo para buscar morosamente los caminos para una salida. Caminos difíciles de encontrar porque estaban basados en visiones conservadoras, desconcertadas por el alcance del desastre que siempre esperaban que al día siguiente se produjera una solución milagrosa, que gustaban llamar “el revote” de la economía.

Volviendo al momento actual, se conocieron en su algunas previsiones de los más altos capitostes del FMI (su vicepresidente), que sin pelos en la lengua, hablaron de un mundo que había detenido su crecimiento, asignándole a la crisis en EEUU, un contundente denominador que, evidentemente, muchos de los analistas internacionales no se han animado a pronuncian: recesión. 

Mientras tanto el técnico de un banco extranjero, con una aguda mirada sobre Uruguay, abría interrogantes sobre nuestro complejo futuro, aunque la institución intentó, por razones de “buenas relaciones institucionales” minimizar algunas de sus “graves” conclusiones. Todos los avisados las conocen y son preocupantes.

Por supuesto que no somos ingenuamente idílicos y hace tiempo que hemos abandonado el concepto de relaciones perfectamente armoniosas entre individuos, grupos y sociedad. 

La sociedad no es otra cosa – y esta no es una conclusión mía, sino avalada por pensadores de fuste – que una constelación de grupos, de redes de interacción y de normas, algunas permanentes y otras móviles, que no parecen que todas ellas puedan ser unificadas dentro de un sistema plural democrático que, además, nunca es homogéneo. 

Esa homogeneidad podría existir solo, como tristes experiencias se han conocido a lo largo y ancho del mundo, cuando aparatos del Estado quiebran normas de convivencia y se convierten en mecanismos de dominación y absolutismo.

Los uruguayos sabemos muy bien de lo que hablamos en estas líneas y todavía lloramos aquellos años de noche cerrada en que el país retrocedió de manera no aquilatada en toda su profundidad y sobre los que, todavía, no hemos finiquitado el duelo.

Pero, para dejar de irnos por las ramas, pasemos a lo que queremos expresar en estas líneas. Es un hecho que el precio de los productos agrícolas subió como producto de varios factores, en el último semestre y con ello, la comida. Y actualmente, como consecuencia de los coletazos de la crisis, esos precios comenzaron a derrumbarse. 

La versión preferida de los analistas económicos atribuye el fenómeno al aumento del precio al consumo de cereales para producir etanol y a/o que chinos e indios comen más y mejor. Como ambos hechos han sucedido gradualmente, la explicación no es adecuada para un alza súbita ni para su actual descenso. 

Más parece desinformación que oculta otras especulaciones. Podemos señalar - y pocos analistas lo hacen - que el súbito aumento y ahora la caída del precio en los productos agrícolas, el petróleo y los llamados commodities, coincidió con el súbito colapso del dólar, moneda en que esos productos se cotizan internacionalmente. En un año el precio global de alimentos subió 40% en dólares, el dólar cayó un 28% ante el euro y un 130% con respecto al oro (+$900/onza). ¿Hay una relación allí? ¡Por supuesto que la hay!

Claro, cuando, Danilo Astori, sostuvo que Uruguay mantenía su competitividad y que el dólar era idóneo para ello, moneda fundamental para un país en que casi todo su comercio se realiza en billetes verdes, de alguna manera se estaba refiriendo de manera a ese proceso de oscilación de la moneda norteamericana que además de hacer menos onerosa (en pesos) nuestra deuda externa, en los bolsillos de los exportadores, gracias a la suba de los alimentos, determinaba una contrapartida positiva que se mantuvo durante un tiempo, situación que ahora – coincidentemente con la asunción de, Avaro García, como zar de nuestra economía – se ha comenzado a modificar. 

Claro, si nos atenemos a lo que dicen los capitostes del FMI, la “crisis es global” se ha desencadenado, llegando casi a su vórtice con la caída de las tres entidades financieras de EEUU, y comenzó a afectar a unos y otros de manera indefectible. En Uruguay, aunque alguno de nuestros gobernantes repita lo mismo que los presidentes anteriores, de “que estamos preparados para enfrentarla”, han comenzado a desencadenarse convulsiones. (Por lo menos a tres primeros mandatarios le hemos oído pronunciar personalmente similares expresiones de deseos: a Julio M. Sanguinetti, luego de producida la devaluación en Brasil que impidió nuestras exportaciones a ese mercado, a Jorge Batlle en el pique mismo de la crisis Argentina y, ahora, a Tabaré Vázquez, cuando el mundo se debate en otro cataclismo cíclico del capitalismo y EEUU “socializa” la deudas provocadas por el crack de varias entidades financieras)

Otro factor a tener en cuenta es el que nunca debimos olvidar y que estos años de crecimiento no han podido borrar de los análisis: es la desigual participación de algunos factores clave en la construcción del precio final que paga el consumidor. 

Un estudio de un organismo internacional muestra el poder de las transnacionales para reducir las oportunidades a los pequeños productores en los países en desarrollo: “Entre 2004 y 2006 – dice el informe - el gasto global de alimentos creció un 16 %: de U$$ 5.5 millardos a 6.4. En el mismo período las ventas de los insumos agrícolas creció 8%, la de procesadores de alimentos un 13% y las de los principales distribuidores finales crecieron un exorbitante 40%.” 

Por supuesto que en estas afirmaciones no hay nada que no supiéramos y que manejáramos por muchos años, cuando la lucha política era más confrontativa, y se profundizaba de otra manera la incidencia del poder económico internacional, de los grandes negocios de los países industrializados que siempre juegan contra los intereses de los pueblos productores de materias primas que no han sabido o podido, por décadas, tener industrias verticales, transformadoras de su propia riqueza, que les sirvan para aumentar y sostener el trabajo (mano de obra) y, por supuesto, el bienestar de su gente de manera permanente. 

El caso de Dancotex, para manejar un ejemplo acaecido hace poco tiempo, es significativo: una empresa “de punta” productora de textiles de alta calidad se vio constreñida en sus planes de optimización por incomprensiones, visiones de un pragmatismo perimido sobre el lugar del empresario, los trabajadores y el Estado y, quienes debieron intervenir en su momento para poner las cosas en su lugar prefirieron no hacer nada y cuando se perdió todo y se destruyó ese potencial de riqueza, llegó el momento de responsabilizar al empresario, sin duda con errores propios, pero también a merced de fuerzas que actuaron con visiones confusas y estrechas sobre las necesidades del país y el papel de una empresa de ese volumen en el desarrollo nacional.

Lo de la industria textil es de una gravedad que quizás no se aquilate en toda su magnitud, porque es un tipo de empresa que podría explotar directamente la materia prima nacional de manera vertical, transformándola, siempre y cuanto existieran mecanismos que la hicieran competitiva, tanto en lo interno como en lo externo, quizás imponiéndose por la calidad de los productos, sin olvidarnos que hoy la industria china produce a una escala que abarata sus costos de forma insólita.

Ahora el combate del gobierno se centra, al igual que en otros países de la región, en contener el flagelo inflacionario a raya, el que ha sido fogoneado, sin ninguna duda, por la crisis del dólar a lo que se suma la necesidad de los exportadores de “hacer diferencias” para evitar entrar en una espiral que los llevaría, por carencia de competitividad, a la parálisis. 

El camino que emprendió el Ministerio de Economía tiene dos aspectos: la utilización de subsidios a algunos alimentos de la canasta básica, incluso quitándole el IVA a algunas importaciones, sosteniendo baja la cotización del billete verde, esperando que su inestabilidad comience a revertirse, con compras masivas por parte del Banco Central. 

El mecanismo hasta el momento ha funcionado de manera incierta, pues el flagelo alcista sigue presente. Por suerte parece que se han aventado algunas tesis de analistas con visiones estrechas e interesados en las “pequeñas ganancias”, que siguen afirmando que la demanda interna es uno de los ingredientes del proceso de suba de los precios. Y ello por una razón elemental, porque “el objetivo de la sociedad debe ser el progreso de la gente, no el progreso de las cosas” 

Además, porque el objetivo de este gobierno frenteamplista está en la redistribución de la riqueza, no en mantener un “statu quo” rígido, lo que a esta altura, sería incalificable. 

¿O no?

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