miércoles, 29 de octubre de 2008

Argentina: Partes de guerra

Miguel A. Semán (APE)

Todas las guerras en su justificación más primitiva necesitan de una visión maniquea de la historia. El universo partido en dos para encontrarle sentido a la aniquilación del otro. Eso pasa hoy en la sociedad argentina, donde parecen distinguirse con nitidez dos sectores: el de la gente buena de un lado, y el de los malos, los delincuentes, o los "menores delincuentes" del otro.

Determinados medios de comunicación, Radio 10, por ejemplo, se han encargado de mantener vivo y fogonear el conflicto, calificándolo como una verdadera guerra civil donde "Ellos (los menores delincuentes) nos odian y tratan de matarnos, y nosotros les tenemos miedo".

El tono bélico no faltó en los discursos de algunos jefes policiales, quienes al despedir los restos de los agentes caídos, parecían referirse más a soldados abatidos en un frente de batalla, en lucha contra un enemigo externo, que a policías muertos en enfrentamientos con delincuentes.

El peligro de que la sociedad haga suyo el concepto de guerra civil o en este caso "social", es que produce la instalación en forma permanente de un estado de excepción. Una excepción que se expande y contamina todos los momentos de la vida y altera cada uno de nuestros juicios.

Todos sabemos que tenemos una policía sospechada de corrupta, y que ninguno de los delitos que requieren cierta organización e inteligencia operativa, podrían llevarse a cabo, al menos en la provincia de Buenos Aires, sin la colaboración, la anuencia, el silencio o la pasividad de la fuerza o de algunos de sus miembros; sin embargo, el hecho de que se los considere ejército en lucha por la defensa de nuestras vidas y propiedades, es el terreno ideal para el surgimiento de cierta forma de "galtierismo", que trae aparejada la postergación, hasta un momento mejor, de toda mirada crítica sobre la institución y las conductas policiales.

De la misma manera, las urgencias de la guerra, nos llevan a suspender cuestionamientos a la dirigencia política y a la gestión de quienes nos gobiernan, y corre a un segundo plano cualquier exigencia no relacionada directamente con las políticas de seguridad, como ser la reducción del margen de inimputabilidad de los menores, agravamiento de penas, limitación de excarcelaciones y demás medidas reclamadas a viva voz para aniquilar al enemigo.

No es caprichosa ni casual la referencia a la guerra. Hace más o menos treinta años un sector importante de la sociedad consideró aceptable, o al menos no necesariamente condenable, la sustitución del gobierno democrático por un régimen sangriento y en atención a los sucesivos combates que le planteaba la propaganda oficial, suspendió críticas y cuestionamientos, e imperdonablemente, hasta alcanzó a llenar algunas plazas.

Y fue en esos tiempos, años más años menos, cuando empezaron a nacer los padres de los menores de hoy. Fue precisamente en esa época, cuando se construía la cultura de la culpa por sospecha y el "algo habrán hecho" se convirtió en el nuevo invento nacional. Cuando Martínez de Hoz nos condenaba a fabricar caramelos y las fábricas se usaban para torturar y desaparecer, pero nada de eso importaba demasiado porque había que ganarle, primero, la guerra a la subversión, después la final a los holandeses y, por último, teníamos que echar a los ingleses de Malvinas.

Más o menos por ahí, en esos años terribles, empezaron a nacerles padres a estos pibes que hoy se dan con el paco. Padres que fueron pibes en un país de represión y fábricas cerradas. De abuelos hambrientos y desocupados que caían uno a uno, como las hojas de un otoño interminable. Algunos no lo recuerdan. Otro sí. Pero nadie que haya vivido la Argentina puede considerarse ajeno al mal y al bien que nos rodean.

Podríamos, parafraseando a Kafka, hablar de insensatez sin temor a que la palabra suene demasiado fuerte, la insensatez de distinguir lo que es nuestro de lo que es del adversario cuando sólo hablamos de nosotros. Algo de eso pasa en San Isidro, y en cualquier otro lugar, cuando un intendente denuncia que le importan delincuentes de otro distrito. Entonces la policía va, busca y trae sin miedo a equivocarse. Estamos en guerra y todos los otros son el enemigo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.