miércoles, 15 de octubre de 2008

Argentina: Vino, sol y represión en Mendoza

CORREPI

Hay un paisaje diferente en la tierra del buen sol y del buen vino. En las rutas hay quienes luchan en defensa del agua y en contra de la minería contaminante. En los campos, hay quienes luchan por el derecho a la tierra, contra los latifundistas.

En las ciudades, están los que luchan contra el empresariado prebendario del estado y frente a los recortes que el propio estado les hace. En los barrios, cada vez son más los que luchan contra el gatillo fácil de una de las policías más bravas del país, que a diario se "esfuerza" por subir en el ranking. Todos ellos luchan contra todo tipo de discriminación y con el acompañamiento de medios alternativos y alterativos

En las calles, la marginación se manifiesta en los numerosos pibes que intentan la diaria limpiando vidrios, cuidando coches o en la venta ambulante. En los despachos oficiales, advertidos de este paisaje, decidieron la más dura reforma al Código de Faltas Contravencionales de la provincia en los últimos 40 años. Con la ayudita de las empresas de comunicación, propagandizan que es una herramienta "contra la inseguridad", y silencian que los únicos realmente inseguros son los pobres.

El código reformado impone severas penas de arresto y multa "a quienes en el marco de un reclamo corten calles e impidan el libre tránsito de las personas y/o automovilistas" o "a quienes de modo intimidante o vejatorio exijan" unas monedas por limpiar o cuidar autos. Se crean "establecimientos de detención para infractores" y hasta un registro de antecedentes. Nuevas figuras contravencionales, mayor severidad en las penas, más cárceles, bajo la excusa de "legislar sobre conductas sociales que aparecieron en los últimos años", en palabras de los autores del proyecto avalado por todos los bloques legislativos.

Y tienen razón: el obsceno proceso de concentración de riqueza que -sin distinción del color partidario que gobierne- une capitales nativos y transnacionales con funcionarios gubernamentales, se advierte en la grosera dicotomía entre barrios privados de súper lujo frente a barriadas humildes que se han multiplicado, donde las necesidades y la represión son moneda corriente. Dicotomía que ha naturalizado un discurso sobre la inseguridad que oculta deliberadamente el indispensable protagonismo de las agencias del estado en su generación. Tanto las estrategias de supervivencia de los más pobres como la organización popular para reclamar deben ser reprimidas, y por eso hace falta "mejorar" el sistema de faltas, que cubre ambos aspectos.

Este cuadro se completa, en el fuero penal, con el endurecimiento de la excarcelación cuando existen otras causas abiertas [situación por demás agravada desde la irrupción K]. La reforma contravencional mendocina desnuda la función del estado: centro operativo de la clase dominante que protege sus intereses reprimiendo la resistencia y sus cuestionamientos. Y prueba, una vez más, que el debate sobre la existencia y alcances de las contravenciones nada tiene de jurídico, sino que responde a la necesidad del estado burgués de ejercer el control social.

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