lunes, 6 de octubre de 2008

Cómo considerar en serio, planteos de la gente falsa: Ya no llueve café en el campo

Elisa Rando (especial para ARGENPRESS.info)

Ojala que llueva café en el campo.
Que caiga un aguacero de yuca y té.
Del cielo una jarrita de queso blanco.
Y al sur una montaña de berro y miel.
Ojala que llueva café.

¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué buena la lluvia de café en el campo! ¡Qué bueno el café, lloviendo en los campos!

¡Que buena la gente que recibía la lluvia de café en el campo!

Son tan difíciles los tiempos nuestros, que ya ni llueve café en el campo. No llueve café ni llueve agua. Y para colmo, los dueños del campo culpan de todo, a todos.

Están enojados con todos. Revueltos y enojadísimos, porque en nuestro país, para ellos, un poquito tercermundista, medio negro, medio inculto, medio pelo, bastante fanfarrón, medio olvidadizo y algo hipócrita, ya no llueve café en el campo. Entonces, se enojaron y no quieren pagar impuestos.

Los impuestos es lo que más les dolió siempre. Será por eso que se los perdonaron siempre. Pero cuando se enojan…, porque no llueve, no quieren pagar impuestos. Así de simple. Y lo dicen, sin vergüenza. Los sinvergüenzas lo dicen. Los sinvergüenza, no saben nunca, lo que es tener vergüenza.

Son tan prepotentes, se sienten tan dueños de las cosas y las vidas, que ellos no quieren pagar impuestos. Son los dueños de todo y no pagan nada, de nada. Buena manera de enojarse, tienen los señores del campo.

No quieren que deje de llover café en el campo. Nada de retenciones porque dicen que ya no llueve café en sus campos.

Tampoco llueve en los campos del vecino pobre. Es que el vecino pobre, por no tener, ni un solo surco tiene. Y el café, el café, no lo ve…y el campo tampoco.

¿Qué se le ocurrirá pedir al vecino pobre? Más pequeño. Más indefenso. Más silencioso, sólo porque es pobre. Ya no sabe qué hacer cuando le dicen que pare. Porque para, o lo revientan. De todos modos lo amenazan. De cualquier forma, lo paran. Reventar, lo reventaron siempre.

Tampoco llueve nada en los bolsillos de los trabajadores del campo. ¡Qué inconscientes los trabajadores del campo, que no hacen llover café en los campos de los grandes, dueños de toros y vacas! Son negros, vagos e indolentes. Que no logran que llueva café en el campo.

Y los señores del campo, indignadísimos, no les pagarán ni una taza de café, a los pobres del campo. Y si sigue sin llover café, los arrojarán a las rutas. Al corte, para que corten en su nombre. Porque para eso, están los mandados. Para ser mandados.

Ellos…, los del campo, desfilan abrumados, a todas horas, ante las cámaras de televisión. Agotadoras jornadas las suyas. Llorando, que da pena. Y en las redacciones de pasquines con historias de lamentos, siguen llorando la angustia del reprimido, al que no le llueve café en el campo.

En las rutas, para el corte, los peones, sus mandados. Ellos, los señores, los altruistas, no están para menesteres de intemperie. De rocíos y vientos. Cosa absurda, si las hay. Que ya vienen soles fuertes. Aires calientes. Que incendian las prederas. Los incendios, que como siempre, queman y del cielo no llueve café para apagarlos. Y no los apaga nadie. Tampoco nada. Sólo vuelan las cenizas, cuando queman vuelan, como si fueran rezos paganos. Promesas por cumplir, para que llueva café en sus campos. Que los pulmones se enteren, qué es lo que sale de los campos, cuando no llueve café ni vergüenza. Que todos aprendan, que si no llueve café para ellos, no lloverá café para nadie.

Son estos, tiempos difíciles. Ya lo dicen. No ganan como cuando llovía café en los campos. Entonces, todo era más fácil. Más provechoso. Más halagador. Menos riesgos. Antes, en tiempos fácil, las mieses de la ignominia crecían alegres, felices, bajo las lluvias de café en los campos. Abundancia y explotación, aunque hayan gritado tanto los de Alcorta. Explotación sin límite. De sol a sol, y el poder central sin escuchar ni uno solo de los gritos pegados en Alcorta. Ni uno. Hay algunas voces, muy pocas, que nos traen ecos de los gritos de Alcorta. Y esperamos, ciertamente, que alguien se acuerde de verdad de las cosas que gritaron los trabajadores rurales en Alcorta. Tampoco, jamás les llovía café, a los explotados que se alzaron, valientes y a los gritos. En Alcorta.

La amargura del café la sufren los peones, en silencio. La dureza del invierno la sienten los hijos de los peones, en las taperas donde buscan el abrigo ausente. En las escuelas sin maestros. En los pueblos enteros sin escuelas. Sin hospitales. Sin medicamentos. Sin la menor presencia de la justicia que fije límites y termine con las iniquidades. La ley, como siempre, la gran ausente.

Las mujeres de los peones, en campos de trigos maduros y vacas gordas, saliendo a las rutas a vender quesillo y tasajo. Tejidos y mieles perfumada por violetas y jazmines. Todo a hurtadillas. A escondidas. Que no las vea el patrón. Que no la descubra el capanga. Trabajando todos. Los jóvenes por su fuerza, los viejos y los niños porque fueron siempre la carga amortizada y vencida.

Los que paran, porque no llueve café, son los que viven sin hacer nada, toda la vida. Pesando en la romana, el trabajo de sus peones. Calculando utilidades. Dejando abandonadas, bajo las estrellas, las ilusiones y las esperanzas de los que se doblan sobre tierras ajenas, bañadas con lluvias de café, que ellos no probaron ni gozaron nuca.

Son esos, señores de la romana, los que esperan inquietos que sus exigencias absurdas, hagan llover de una vez por todas café en sus campos… y barretas de punta, si son necesarias, sobre las cabezas de quienes se les crucen, poniendo coto a sus aspiraciones. A sus exigencias. A su desmedida soberbia.

Será hora ya, que legisladores holgazanes y dirigentes sin escrúpulos, que pactan hasta la honra de sus madres en entregas y canonjías, hagan las leyes que correspondan. Ordenen los controles que deben existir, para que todos las cumplan. Hasta los que se llenan la boca y los bolsillos hablando de justicia social, de legislación obrera, ignorando, deliberadamente, las que había. Violándolas todos los días de sus vidas.

Deben exigir ya, sin especulaciones de tiempos electorales y decretos inflados de promesas, que se haga justicia desde donde corresponda. Porque puede ocurrir que los sorprenda la impaciencia justa de los pueblos. Entonces, hombres y mujeres. Jóvenes y viejos, harán justicia con la única, justa ideología que conocen.

Ellos, los del café en el campo, deben ser puestos detrás de las tranqueras, antes que sea tarde. Para no tener que resignarse a ver, cómo arden las hogueras desde adentro. Las impaciencias justas se expresan de la manera que saben hacerlo los pueblos cuando se hartan de estar hartos. Luchando hasta el fin. Firmes y sin tregua. Con barretas de punta, si hacen falta. Y sin lluvia de café en el campo.

Bajar por la colina de arroz graneado.
Continuar el arado con tu querer.
Ojala, en el campo oigan este canto...
y nos llueva café en el campo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.