lunes, 6 de octubre de 2008

Costa Rica: Hacer de la crisis una oportunidad para el cambio

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

La crisis está planteada y, con seguridad, se trata de una situación de gravedad y alcances excepcionales. Conviene esforzarse por entender qué ocurre, pero más importante aún es tratar de sacar de ahí conclusiones que alimenten propuestas y guíen la acción. En lo esencial, y más allá del dolor que, sin duda, trae consigo (en especial para los más pobres) la crisis debe ser aprovechada como una oportunidad para impulsar los cambios que urgen en Costa Rica y en el mundo.

¿Qué tenemos?

Omito de momento la discusión de fondo, acerca de las tendencias más profundas del capitalismo que se ponen de manifiesto en esta crisis. Me limito a asuntos más inmediatos pero también muy importantes.

- Ha salido a la luz un edificio gigantesco de deuda, apuesta y especulación cuya única base real era la capacidad de pago de quienes tomaron créditos hipotecarios para adquirir vivienda. Al fallar esta base ha empezado a tambalearse el edificio. De las deudas impagas y las familias que se quedan sin casa, pasamos a las pérdidas de las empresas financieras hipotecarias y, de ahí en adelante, en devastadoras ondas expansivas, al deterioro de la posición financiera de muchos bancos y empresas financieras, incluso varias de las más grandes del mundo.

- Esto evidencia, en primer lugar, el error de la desregulación indiscriminada y del debilitamiento de los mecanismos públicos de control y supervisión pero, sobre todo, la naturaleza perversa de este capitalismo-casino, dominado por lo financiero y especulativo. Esto pone en claro, además, que el sistema ha entrado en una etapa de corrupción y decadencia generalizadas.

- Tal es, finalmente, lo que subyace a este problema: un sistema que ha devenido despilfarrador, especulativo e inestable en grado superlativo. Crece a partir de sus propios excesos; se precipita en la crisis a partir de su propia corrupción; concentra la riqueza y los privilegios mientras destruye vidas, e incluso sociedades enteras y hasta a la naturaleza misma.

¿Qué se nos viene encima?

- El “paquete de rescate” de US$ 700 mil millones funcionará a corto plazo como una diazepán para los mercados financieros: quizá los estabilice momentáneamente y, quizá, aflojará un poco el crédito. Éste se encuentra severamente restringido como medida preventiva asumida por los propios bancos, si bien, y paradójicamente, es una prevención que llega muy a destiempo. Esos serán, a lo sumo, los “grandes aportes” del paquete.

- Este paquete reitera el chantaje usual: para salvar a la sociedad entera, primero hay que salvar a los más ricos. O, dicho a la inversa, si los ricos se hunden –en este caso los súper-magnates de las finanzas- también se hundirá el mundo ¿Verdad que esto resulta familiar? ¿No decían lo mismo a propósito del TLC y los suculentos negocios que este abre para los más ricos y privilegiados?

- La implementación del paquete durará, como mínimo, varios meses. Aunque las hipótesis optimistas apuestan a favor de que el crédito fluirá con un poco más de relajamiento, lo cierto es que pasará mucho tiempo antes de que recupere un comportamiento más o menos normal. Durante ese lapso, el freno a la economía se profundizará y más entidades financieras se verán en dificultades.

- En todo caso, no hay seguridad alguna de que los $ 700 mil millones sean suficientes, cuando es posible que las pérdidas excedan ampliamente esa cuota. Además, de seguro continuará el declive del precio de las propiedades inmobiliarias y muchas más familias perderán su vivienda. Al mismo tiempo, se evidenciarán tensiones en el crédito de consumo –incluyendo tarjetas de crédito- y el crédito comercial (a empresas), lo que vendría a introducir nuevos elementos de agudización de la crisis.

- Ya está en marcha la recesión y, por esta vez (y hasta nuevo aviso, quién sabe cuándo), nada podrán hacer las autoridades económicas, cuyos mecanismos de política económica –tanto la política fiscal como la monetaria- han quedado completamente exhaustos en el esfuerzo excepcional que demanda intentar sostener el cataclismo financiero. Será, entonces, una recesión profunda y prolongada frente a la cual muy poco se podrá hacer.

- La crisis financiera y la recesión han atrapado de lleno a Europa, incluso, quizá, a niveles más agudos que en Estados Unidos. Con algunos inconvenientes adicionales, en particular la mayor dificultad política que representa para los europeos poner en marcha un “paquete” como el de los gringos.

¿Qué podría significar esto para Costa Rica?

- En lo inmediato: la recesión mundial –que sin duda ya tiene todo el aspecto de serlo- golpeará negativamente exportaciones, turismo, remesas y entradas de capital.

- El deterioro de la situación económica podría hacer estallar la burbuja crediticia de los últimos años. Se abren interrogantes en relación con la deuda de consumo, inmobiliaria e, incluso, empresarial, y también acerca de las implicaciones que esto tendría para el funcionamiento de la economía así como para la salud financiera de los bancos.

- ¿Podrá sostenerse la inflación? Cierto que el petróleo y los alimentos han reducido su precio respecto de los máximos especulativos de unos meses atrás. Pero persiste una duda razonable acerca de la posibilidad de sostener el tipo de cambio, en vista de que si bien es esperable que se aminore el crecimiento de las importaciones, al mismo tiempo es seguro que habrá reducción en la entrada de divisas. Recordemos, además, la pronunciada disminución que, en pocos meses, han experimentado las reservas del Banco Central lo que, cada vez más, compromete su capacidad para sostener el valor del colón frente al dólar. Si hubiese una devaluación significativa, esto seguramente afectaría de forma considerable el comportamiento de la inflación.

Hacer de la crisis una oportunidad para el cambio

Esta podría ser la crisis que lleve al entierro del neoliberalismo. Es, además, una crisis que plantea el más agudo cuestionamiento a la globalización, tal cual la conocemos, es decir, como el reinado irrestricto de la especulación y el despilfarro y como un arma formidable de aplastamiento de las ansias de democracia y justicia de los pueblos del mundo.

La crisis obligará a que se den cambios. Pero éstos podrían tener signo progresista y democrático o, por el contrario, implicar involución y retroceso. Ello dependerá crucialmente del poder relativo que distintos actores logren movilizar en procura de esos cambios. El capital transnacional buscará sencillamente administrar la crisis –incluso mediante la imposición de un mayor autoritarismo político o recurriendo a la amenaza militar- para, enseguida, retornar a su voracidad congénita a la espera, simplemente, de la siguiente crisis. Los movimientos ciudadanos progresistas alrededor del mundo pueden, sin embargo, encontrar aquí terreno fértil para sembrar la semilla que, en efecto, haga posible un mundo distinto. Nada se darán de forma automática. Son las fuerzas sociales en pugna las que harán que prevalezca una u otra opción.

Veamos el caso de Costa Rica. La crisis, que con seguridad golpeará –ya lo está haciendo- las condiciones de vida de la población en general, y en especial de los más pobres, debería ser aprovechada como una posibilidad de cambio.

Primero, para educar y profundizar la conciencia ciudadana acerca de los grandes desequilibrios, asimetrías y excesos que caracterizan las estrategias económicas neoliberales de los últimos 25 años.

Segundo, para fortalecer el esfuerzo de elaboración de alternativas viables y verdaderamente renovadoras.

Tercero, para impulsar la organización ciudadana, la activa y responsable participación civil con plena implicación popular, y su visibilización, de forma contundente, en el escenario político nacional.

Cuarto, para empezar a impulsar, aunque de momento sea en pequeño, nuevas formas de organización para la producción, el intercambio y el consumo. Serían esfuerzos diseñados desde criterios de solidaridad y acompañamiento, al modo de pequeños experimentos donde hacer efectiva la libertad humana y donde vivenciar, como hecho de la cotidianidad, el ejercicio de la democracia, la justicia y la igualdad. Se buscará así propiciar formas de producción que respeten la naturaleza y se liberen de las cadenas de la competitividad; mecanismos de intercambio solidarios y justos; modos de consumo asentados en decisiones maduras y selectivas que superen toda obsesión enfermiza.

Quinto, para construir una fuerza política nueva, genuinamente democrática, transparente y participativa, desde la cual aspirar seriamente a tomar las riendas del poder y llevar adelante procesos de cambio en profundidad, que impliquen la reinvención de la política y la democracia, la refundación de las bases del desarrollo, la plena vigencia de los derechos humanos, la reformulación a fondo de las formas de producir y consumir y, finalmente, el replanteamiento radical de la forma de relación con la naturaleza.

Solo de esa manera, lograremos que la crisis sea una oportunidad efectiva para construir una sociedad que verdaderamente reivindique la vida y no la muerte; la democracia y no el poder del dinero; la libertad y no la enajenación consumista y competitiva; la paz y no la guerra.

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