miércoles, 29 de octubre de 2008

Costa Rica: Mal Desarrollo, a propósito del crimen de Las Crucitas

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

Hay quienes intentan justificar cosas como la acción criminal emprendida contra el bosque en Las Crucitas aduciendo que ello es necesario para el desarrollo y la generación de empleos. Lo mismo dicen en relación con la devastación provocada por la hipertrofia hotelera y urbanística en zonas costeras, tan solo por citar otro ejemplo.

Este es un razonamiento que se formula a partir de un criterio económico sumamente restrictivo y chato. Se supone que hay que producir y que producir es, intrínsecamente, un acto bueno y loable. En el fondo, y oculto tras el discurso productivista, lo que se hace es glorificar la rentabilidad capitalista, ya que esta es la que pone en marcha esa producción depredadora.

Se produce, y al producir se genera riqueza. Se contribuye a que la sociedad sea más rica y, en consecuencia, más feliz. Y, en particular, se contribuye que la gente tenga empleo, lo que también la hace más feliz. Así razonan. Pero, además, se da por descontado que ese empleo no podría existir de otra forma que no fuese justo por medio de esa actividad que asesina al bosque o privatiza las playas o destruye humedales y seca riachuelos. Enseguida, y para rematar, meten el chantaje: si usted no quiere esta mina ni estos hoteles, entonces ¿adónde va a conseguir trabajo? O sea: no hay de otra…

Es, además, un argumento que se viste con el más crudo pragmatismo, cosa que se refleja en su desprecio por cualquier criterio ambientalista o social. Consideran que esas son babosadas inútiles y románticas.

Dejemos la cosa ahí para, ahora sí, darle un chance a la inteligencia. Entonces surgen muchas preguntas y cuestionamientos que este capitalismo asesino y depredador no está en capacidad de responder.

Primero, acerca de la riqueza creada. En estos casos el mercado resulta pésimo si se trata de medir el monto real de esa riqueza. A modo de ejemplo, pongámoslo para el caso de la mina de Las Crucitas ¿En cuánto habría que “valorar” –si es que es posible valorarlo en términos monetarios- el costo de la destrucción de toda clase de especies animales y vegetales? ¿En cuánto se valoraría la contaminación de ríos y mantos acuíferos y la erosión de los suelos? Hecha esa valoración ¿A cuánto quedaría reducido el monto real de la supuesta riqueza generada? Recordemos, además, que el monto monetario que el mercado paga por la venta del oro, en su mayor parte se va de Costa Rica hacia Canadá. Al final es muy probable que encontremos que, en realidad, la cifra es negativa. Y quién quita si muy negativa.

Y eso que no estamos incluyendo los costos sociales y humanos asociados a estas actividades, sino tan solo los de tipo ambiental. Me refiero, por ejemplo, a los efectos para la salud humana de las aguas contaminadas, o el trabajo en contacto con sustancias que intoxican el cuerpo. Pensemos otros casos. Por ejemplo, el efecto de la privatización de hecho de las playas de Guanacaste, que nos arrebata violentamente la posibilidad de disfrutarlas. Agréguese lo del agua que chupan para regar campos de golf y mantener piscinas. Y aún quedarían muchas otras cosas por anotar. Supongamos que fuese factible cuantificar monetariamente esos costos. Ni hablar, pues. Ya para entonces los números serán tremendamente decepcionantes ¡tan solo se estarán generando pérdidas gigantescas!

Pasemos a lo del chantaje. Que si no es por la piña la gente de Siquirres se queda sin brete. Lo mismo en el caso de los habitantes de Las Crucitas, sin la mina, o los de Tamarindo, sin los hoteles. Pero, ¿es que no es posible pensar en otro tipo de actividades económicas que provean igual o más empleo sin producir esos daños catastróficos? Para el neoliberalismo eso simplemente es impensable. La razón tiene que ver con el hecho de que, más que una ideología, el neoliberalismo es una religión. Por lo tanto, cuando el mercado habla, quien habló fue el oráculo divino.

Cuando el mercado dice que la mina o los megahoteles de lujo o el desierto piñero, no hay nada que hacer. Cosa que además es muy conveniente ya que así- mediante la invocación a la divinidad- le ponen tapabocas a todo mundo. A todo mundo que se deje poner el tapabocas, desde luego. Lo único cierto es que el mercado no es un dios, sino tan solo una institución humana bastante defectuosa. Tan defectuosa que no es capaz de darle a la gente de Las Crucitas más que una mina sucia y apestosa. Y a la de Siquirres una piñeras de porquería y a Guanacaste unos hoteles tan lujosos como nefastos. Es puro maldesarrollo (según el término del sociólogo español José María Tortosa). Como si de un cáncer se tratara.

Desde luego que la gente se merece otra cosa. Y Costa Rica y la naturaleza y el mundo entero nos merecemos otra cosa. Pero eso solo es factible si se rompe la lógica pura del mercado y se emprenden procesos de desarrollo asentados en una racionalidad de vida, es decir, orientados a hacer válido el derecho a una vida digna para todos los seres humanos, cosa que incluye, obligatoriamente, una naturaleza limpia y protegida.

Con seguridad los habitantes de Las Crucitas, de Guanacaste o Siquirres podrían tener otras fuentes de empleo y vivir mucho mejor de como lo harían al depender de estas devastadoras actividades. Pero para ello se necesita de políticas de desarrollo de un signo distinto y, en fin, una economía que funcione bajo distintos criterios. Pero, para empezar, ello exige derrotar y expulsar el neoliberalismo. Y la verdad es que, a pesar de la crisis mundial, este sigue vivito y coleando. La crisis no basta para derrotarlo. Solo la convicción y el coraje de los pueblos –incluido nuestro pueblo costarricense- podrán hacerlo.

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