martes, 14 de octubre de 2008

Donde hay dinero no hay fantasmas

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Como parte de un fenómeno cultural recurrente, políticos, periodistas, analistas y académicos de izquierda, de tanto usar las “armas melladas”, o conceptos puestos en circulación por la derecha, los adoptan. Así ocurre con las afirmaciones acerca del carácter ficticio de la actual crisis financiera y de sus distancias con la economía real.

Cualquiera diría que por no ser real, no habría que preocuparse por la crisis y que se puede abandonar a su suerte a los banqueros y a los especuladores de la bolsa, dejar que los responsables se arruinen y paguen sus culpas mientras los obreros y empleados, pequeños comerciantes, granjeros, los ancianos pensionados y los rentistas, disfrutan su venganza viendo como la mano o el falo invisible del mercado realiza su obra.

Semejante percepción de la crisis y peor aun una actitud evasiva ante ella, es falsa, como falso es declarar que tal o cual país o negocio están “blindados o son inmunes”. La crisis es tan real, como el dinero que se pierde en ella y la incertidumbre y los sufrimientos que ocasiona. Al contrario de lo que algunos suponen, los efectos son y serán más trágicos y devastadores en las áreas más alejadas del epicentro del huracán.

De abajo hacía arriba y no a la inversa, desde los más pobres y los más vulnerables, las consecuencias de la crisis avanzan sobre la clase media. Los efectos comienzan por podar implacablemente los ingresos y volatilizar los ahorros, reducir el valor de las propiedades y las cosas, aumentando las tarifas del seguro. Rápidamente se erosiona el poder adquisitivo del dinero, los acreedores apremian a deudores insolventes, el crédito se retrae y la confianza se remite. Todos exigen pago al contado y el “cash” se vuelve la palabra de orden.

El primer efecto de la crisis es de naturaleza atávica. El dinero es cobarde y se esconde por instinto en las profundidades de los bolsillos, debajo de los colchones y en las bóvedas de los bancos. Antes que los bancos y los gobiernos, las amas de casa y los padres de familia se declaran en emergencia y aplazan compras. Se abandonan las marcas caras y se acude a los productos genéricos y muchos reparan en lugar de desechar autos y equipos. Quienes ven arder las barbas de sus vecinos tratan de poner las suyas a buen recaudo.

Cuando los norteamericanos, los europeos, los japoneses y las personas de mayor solvencia en todo el mundo reducen sus niveles de consumo, en todas partes se reducen las importaciones y naturalmente las exportaciones, los comerciantes mayoristas y minoristas acortan los pedidos mientras crecen los inventarios, los productos perecederos o con fecha de vencimiento se desechan, la moda pierde prioridad y el estilo retro se impone por necesidad. En épocas de crisis son más los vendedores que los compradores. El mercado se disloca.

Antes que a los financieros de Wall Street y los banqueros de la City que especulan con acciones y valores, usan corbatas de 500 dólares, almuerzan con vinos de marca en restaurantes caros, acompañados por damas que compran vestidos para una sola noche y realizan obras de caridad en favor de mendigos que tienen alto el colesterol, los efectos de las crisis los sufren los pobres del Tercer Mundo.

De pronto hay en Ecuador cosecheros que no saben qué hacer con sus bananas y en Chile viticultores que le echan uvas a los cerdos, peones de los cacahuales de Brasil que son despedidos y operarios de maquiladoras de México, Tailandia, Indonesia que pierden sus empleos. Junto con ellos quiebran pequeños y medianos restaurantes y muchos negocios se arruinan, los taxistas no encuentran pasajeros ni las prostitutas clientes. Los padres, las madres y las esposas ven reducirse o desaparecer las remesas salvadoras.

Las primeras víctimas no saben de dónde vino el golpe. Ninguno tiene la menor idea de lo que es una acción ni cómo comerciar con ellas; jamás oyeron hablar de las tasas de interés, pueden confundir al índice Nikkei con una marca de motocicleta y creer que Dow Jones es un artista de cine. Tecnicismos aparte, nada es más real que el dinero y únicamente quienes lo tienen en exceso se dan el lujo de despreciarlo.

La crisis es real, lo que no lo es son las soluciones: Bush no tiene pinta de redentor ni la Reserva Federal actuará nunca en favor de las mayorías. En su día, Jesucristo echó del Templo de Jerusalén a los prestamistas y a los comerciantes de dinero que lucraban con la fe. Hace falta otro látigo, pero también una mano que lo empuñe.

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