lunes, 6 de octubre de 2008

El ferrocarril: El camino del agua

Juan Carlos Cena (especial para ARGENPRESS.info)

Trenes aguateros, tanques de agua, cisternas en cada estación, acueductos, estaciones de bombeos, plantas potabilizadoras y purificadoras de agua, cateo y registros de las napas subterráneas y humedades por toda la geografía enrielada. Esos eran los caminos del agua ferroviaria.

Agua, eres fuente de toda cosa y de toda existencia…
Ellas preceden a toda forma y sostiene toda creación…
Rogaba el sacerdote védico, acharvaveda…

Según ciertas teorías, que casi son certezas dicen que la vida se origina en el agua. También dicen que en un principio la vida, poco a poco, cautelosamente se fue asomando fuera del agua, como quien curiosea. Al rato, dicen que desde las orillas de las playas espió los arenales y todo lo que tenía por delante, que sospechó en ese espiar con sus ojos de agua, que había más cosas al frente. Dicen, que acá aparece la primera curiosidad. De averiguadora no más la vida, se reanimó más. Arañando y reptando con sus acuosos dedos se asomó. Avanzó más y más, y en uno de esos asomos recibió el sol y el aire que ya circulaba tibio. Dicen, que estos la acariciaron como una invitación. Por averiguación no más se asomó en las noches, espió el movimiento de la luna y los ojos del cielo, y reptó recelosamente por esas oscuridades iniciales, siempre escrutando.

Dicen que dicen que así fue como ocurrió: que se animó primero, que tomó coraje impulsando otro impulso, y así. La vida crece y se desarrolla a puro coraje.

Sin esperar, a pura ansiedad, se propuso ir a más, y de tanto asomarse e ir a más, subsistió fuera del agua. Con el tiempo le crecieron patas que renovaron los dedos de agua. Otras vidas asomadas en ese reptar acamparon, al asentarse eligieron como andar fuera del agua,. Algunas optaron por las alas, otras por patas cortas o largas; según sea la ansiedad y la necesidad, otras, tímidas y desconfiadas siguieron reptando hasta la fecha.

Una a una se fue metiendo en las espesuras verdes de la tierra, y más tarde, la enriquecieron con más vida. Al tiempo nacieron las primeras vidas fuera del agua, y así, inacabadamente siempre más y más. Se estaban multiplicando. La vida había desembarcado y se reproducía. Me consta, soy un reproducido, por eso estoy escribiendo, y el que lee este escrito del mismo modo… ¿o no?

La vida caminó, rodó, orilló en acantilados, fiordos, lugares serenos, socavones de agua fría, y otras no tanto. Como una larga cabellera, se fue desprendiendo de su vientre acuoso, poco a poco y a cada rato.

La vida no desembarcó sola, trajo al agua consigo. Así siguió la cosa, agua y vida. Desembarcaban ambas sin cesar enredadas en sus pelambres que se sumaban a las otras que ya se habían adentrado, fue entonces cuando ocurrió la multiplicación. Siglos tras siglos, ratitos tras ratitos, se fue poblando el interior de la tierra con más vida, unas menudas otras grandes, volando, gateando, reptando, escarbando la cáscara del suelo para vivir debajo, y así.

Desde el arribo fueron de andar juntas, como antes, vida y agua. Hubo un tiempo en que la vida se erectó, y ahí no más, en un rato que duró siglos, le creció el dedo pulgar. En otro ratito temporal de espacios construyó la primera herramienta y creo el trabajo, un poco más tarde, los sonidos sordos guturales de sus gargantas se le hicieron palabras, y al juntarse, de a ratitos y entre todos, armaron el lenguaje; y para no olvidarse (venían con la memoria y el olvido a cuesta) apelaron a la piedra y al jugo de las plantas. Las machacaron y estamparon signos que luego les recordaría su historia. Inventaron la memoria escrita.

A todo esto, la vida ya sabía de la vital importancia del agua: ella era su líquido amniótico; pero además, la mantenía a la vida con vida. Para vivir la vida, él erecto, inundó tierras secas, hizo crecer el verde, desvió torrentes, le quitó la sal a la del mar, y la bebió; empujó a la vida a los interiores a través del agua.

Así, de esa manera arrinconó a las arenas, a las salinas les paró el avance, y con los árboles atrincherados, aplacó los vientos. La vida penetraba los socavones de la tierra, la humedecía.

Inventaron y se reinventaron recipientes para guardar el agua, como las calabazas ahuecadas, vejigas, cueros cocidos a tiento, el verde se hizo madera y apareció el tonel..., así no más de seguido en el ajetreo del tiempo. Escarbando la tierra les apareció el metal, lo limpiaron, lo derritieron y de a ratitos, golpe a golpe sobre el fuego lo hicieron vasija, lo llenaron de agua, lo hicieron rodar, y se comía las distancias, pero faltaban más trayectos por recorrer.

Más tarde, estos empecinados erectos, calentaron el agua en esas vasijas metálicas, y descubrieron que en el hervor aparecía una fuerza vaporosa cuando ella era encarcelada. Esta, el agua vaporosa desencadenada una terrible fuerza buscando escape, su liberación. Los erectos le buscaron un hueco a la liberación del agua, al encontrarlo la transformaron en movimiento, habían canalizado la fuerza provocada por el escape.

Desde que a la vida le creció el pulgar todo se aceleró. Los erectos ya soñaban. Un día soñaron algo. La vida erecta siempre soñaba. Aparecían las imaginaciones de la vida. Una de las ensoñaciones fue, ¿A que no saben que? ¡ja! ¿A que no saben que, ah?: soñaban que inventaban una máquina de vapor…

¡Ja! ¡Semejante sueño, de no creer, y que esta era el aliento del agua!; digo: por el vapor de agua. ¡Qué lo parió! El agua transformada, el agua vaporosa, el agua encerrada que busca liberarse; es el vapor de agua en movimiento, y así: meta vapor de agua no más es que se inició el acarreo, de ida agua; regresando: el cereal múltiple, los frutos, otras piedras, otra gente... y el vino.

Detrás de las locomotoras acoplaron vasijas metálicas con ruedas, inventaron el tren, y al expandirse el ferrocarril, y desde ahí se comieron las distancias.

Entre acarreo y acarreo penetraron montes, suavizaron salinas, alisaron quebradas, abrieron picadas, se fueron haciendo un lugar, y ahí no más, parieron, se aquerenciaron, y desde ese lugar incursionaron más adentro, y así...más adentro. El territorio de adentro se fue poblando. Más tarde, se rompieron los silencios ocultos de la tierra, y por entre las grietas de la rotura, aparecieron las tradiciones, el dioserío, los cantos, los cántaros, la música y los fermentos. Los de acá, le convidaron a los de allá, los jugos cálidos y aguardentosos; se mezclaron los cantos, los dioses arreglaron sus jerarquías; parieron y se juntaron con los otros de más allá...de más lejito, y así, todo se fue estirando... más adentro. El agua acarreada por la fuerza del vapor los juntaba, la vida se expandía... más y más adentro.

Después, todo fue rutina. El vapor traía el agua en recipientes redondos de metal rodando, por caminos de metal. Rutina que se anunciaba de lejos. ¡¿Que si se anunciaba?! Se escuchaba el pitazo de la locomotora de vapor. Este se elevaba como una columna cónica, como si el sonido de vapor tuviera forma. Se divisaba el vapor, y ahí no más, al ratito, llegaba el sonido del pitazo. Uno muy particular.

Era como un juego, entre los niños del andén y el viento. Estos, divisaban la columna cónica blanca, cateaban el viento de ese día, y después, ver quien acertaba la llegada del pitazo. Ese muy particular: blanco cónico.

Viento en contra, de costado o a favor, todo un juego. El vapor y... ¡ahora! ¡No! ¡Ahora sí! ¡Viene, viene, sí viene! El griterío por el acertijo. Apuesta sin premio. Incluía sólo la satisfacción de acertar. Porción de alegría que traía el vapor y el agua acarreada: El Tren Aguatero.

Agua, vida, alegría, todo junto. Juego natural y fresco. Rutinario, esperado. Larga y triste era la espera cuando la rutina se alteraba. Algo ocurría. Comenzaban los primeros atrasos. El inexplicable atraso. Esto fue lo primero. Más tarde, mucho más tarde, ya no fue rutina. Venía, sin horario y salteado. Muchas veces de noche, a hurtadillas. Como: un dejo el agua y me voy. El silencio de la descarga, solo ruidos del enganche, acoples y la bocina invisible de la locomotora diesel.

Pero venían, nunca dejaron de venir. Diagramar trenes de agua era un acto solidario de los ferroviarios, como una costumbre, diría: genética. A pesar de las preferencias lucrativas de otros cargamentos. Aquí el lucro era la vida. Capricho de ferroviarios. Nunca dejaron de venir, repito. Como sea, pero el agua llegaba. Siempre. Sólo que el vapor quedó cansado y vencido: desapareció el pitazo, la columna de vapor y la llegada anunciada. El cambio, luego la nostalgia por esos juegos infantiles. La locomotora de vapor, juguete enorme y furioso, aportaba su chorrito de vapor; y el pitazo cómplice del maquinista, sabedor del juego, contribuía al estallido de la risa, y el brincar de la alegría. Sencillo juego de esas sencillas vidas. El ferrocarril dejó de hacer esos esfuerzos de vapor. Otra tecnología acarreaba el agua. Luego, vino lo que vino., el camino del agua se oxidó.

Pero los ferroviarios no sólo transportaron agua, sino que, cuando comenzó el acarreo vaporoso del agua, casi en forma simultánea, otros fueron a perforar las entrañas de la tierra. En cada Estación, según sea, al lado no más, según sea el agua, un tanque se elevaba, vigilante y húmedo. Abajo, se instalaba una cisterna, según sea las cantidades de bebedores. En otra estación se repetían, y más allá también, tanque o cisterna, o los dos, según sea el Pueblo bebedor.

Tanques vigilantes y húmedos, era lo primero que se divisaba y anunciaba: aquí hay vida. Agua y vida. En ese mismo lugar abrevaban las locomotoras, coches de pasajeros, encomiendas, vagones, trenes con ganado, y así. Cisternas de acopio para repartir más adelante y más luego, donde la entraña de la tierra fuera seca.

El ferrocarril calmaba la sed. El ferrocarril transportaba agua y daba vida. Pobló el territorio de vida. Se metió en terrenos inimaginables. Donde no se pudo perforar el caparazón de la tierra construyó sobre ella gigantescas vasijas metálicas.

Tan importante era para el ferrocarril el agua, que dentro de sus estructuras contenía a otra: el Departamento de Servicio de Agua, era la Obra Sanitaria Ferroviaria. Había un Comité de Agua por línea, y desde esa sección se coordinaba todo lo que tenía que ver con el agua. El relevamiento de todas las napas, ríos subterráneos, salinidades del país, estaban ahí, en sesudos estudios. Como agregado, un pluviómetro en cada estación. El ferrocarril tomaba las humedades de todo el territorio enrielado.

La importancia del agua para el ferrocarril fue tan seria que cuando se efectuaba el cálculo del presupuesto, el agua tenía su columna en la inversión. ¿Lucro? ¡No! Se invertía para la vida, que joder. ¿Cómo lucro…? Proyectos, ampliaciones, conservación. El objetivo era surtir agua. Puedo decir con certeza que el ferrocarril regó al país.

Ahora, por estos tiempos digo y pregunto: ¿cómo contabilizo el verdor, el retroceso de las salinas y la contención del esmerilado de las arenas? Si han cerrado el camino de metal, el acarreo acuoso se detuvo, los pozos se secaron, o se pudre el agua en las cisternas, y éstas, son devoradas por yuyales, que al secarse, transitan el camino de los vientos como representantes de la muerte seca. De nuevo el arenal salobre recorre las calles de los pueblos desamparados…

El camino del agua ferroviaria se cierra

Al tren lo detuvieron. Todo se paró. Hoy, avanza la sed, repta sigilosamente comienza un genocidio silencioso.

El acarreo se detuvo, comenzó a desandar la sed el viejo camino perdido. La vida comenzó a recular por viejos caminos andados. Los pueblos se vacían, uno a uno. La vida se va secando. La despoblación, más la desertización, es un proyecto de país seco y de muerte, la vida se muda por la retirada del agua.

Todo lo descrito es pasado, existió. Doy fe. Pasado, que en la actualidad los lugareños apelan y bregan para que ese tiempo vivido acuoso y húmedo se convierta en presente. Hoy, este presente es seco y árido. Los lugareños luchan para revertir las consecuencias de las nefastas políticas del modelo de destrucción implementado por el sistema capitalista, en varios frentes.

Uno de los frentes es la mentira y el silencio descarnado de los políticos del sistema, de los seudos y no tanto intelectuales del progresismo; el otro frente, la fragmentación de los luchadores y sus organizaciones que no intentan cerrar filas, porque prevalecen intereses mezquinos, llegando a ser funcionales a tanta perversidad del sistema. Otros, se enancan hipócritamente sobre las necesidades reales de los pueblos con fines electorales, es otro artificio mentiroso.

A todo esto la sed sigue reptando, la aridez la acompaña, la vida no viaja sola. La depredación y la tala indiscriminada de los bosques para sembrar soja es una de las causales. No se han tenido en cuenta los ciclos de las sequías. Todo es improvisación Los pueblos se cierran, huyen de la sed que se arrima sigilosa y se estaciona agazapada esperando a la muerte… La sed cerca a los pueblos y los deshabita.

Hoy, la sequía avanza con la sed a cuesta por los territorios de Córdoba, Buenos Aires, La Pampa, Chaco y Santa Fe, son las zonas más afectadas

Todo es silencio en los nuevos gobernantes, nadie menciona la necesidad de los trenes aguateros, ni el de habilitación de las cisternas y tanques clausurados, que regaron y abastecieron la zona de agua en forma sistemática y permanente. Todos esos dirigentes han sido cómplices culposos.

Una vez más se olvidaron de ese pasado acuoso, húmedo y sin sed. La culpa es de nosotros, no de ellos, intenta decir la mediocridad política e intelectual. Las destrucción de bosques y montes para favorecer la soja, más la ausencia del ferrocarril han generado un tiempo abrasador, no es casual el ocultamiento de la verdad, prima la cobardía de los intereses particulares que el de la sociedad, por eso se oculta la verdad.

El gobierno nacional mutis por el foro, para la Secretaria de Derechos Humanos debe ser un asunto que no le compete, no hay muertes, la gente y los animales se secan y quedan tiesos, no es de nuestra incumbencia y competencia, total, pronto serán "polvo enamorado", dijera el poeta Quevedo, donde el viento seco los esparcirá generosamente y los hará libres.

Un sector de la sociedad mustia y decadente está más preocupada por la suba y baja de las Bolsas del Mundo, que por la suba y baja de las muertes y el retroceso nacional de la vida. El individualismo, el exitismo y el egoísmo han derrotado, por el momento, al solidaridarismo. Prevalece aún sobre nosotros un manto de mediocridad que sólo los pobladores de este país podrán descorrer.

Sólo una cuestión debe prevalecer, la de unirse, organizarse, y juntos rasgar este envoltura perversa, para liberarnos.

El ferrocarril una cuestión nacional, en el marco del 60 aniversario de su nacionalización

Juan Carlos Cena es autor de:
* El Guardapalabras, memoria de un ferroviario (agotado)
* El Cordobazo, una rebelión popular (agotado)
* El Ferrocidio 1º edición (agotado) 2 º edición (ampliada y corregida)
* Crónicas del Terraplén (cuentos)
* Ex - Secretario General del Organismo Central Capital Federal del Personal Técnico de los Ferrocarriles Argentinos (APDFA) (1984-1989)
* Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA - Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinas.


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