martes, 7 de octubre de 2008

El mal de Bush

Edgar Borges (especial para ARGENPRESS.info)

El mundo conoce muy bien el devastador uso que de la política han hecho muchos gobiernos de EE UU. Sin embargo, me temo que la forma de hacer política o, incluso, la utilidad del Derecho Internacional, enfrentará un antes y un después del Gobierno de George Bush.

Así como ahora definimos a muchas enfermedades como 'el mal de tal' o 'el mal de cual', es probable que en un futuro la política de seguridad internacional sea rebautizada como 'el mal de Bush'. Bien lo definió la estadounidense Naomi Wolf, cofundadora de Americana Freedom Campaign: «EE UU -con el Gobierno de Bush- se ha convertido en una nación fuera de la ley, lo que representa un claro peligro para la estabilidad global. También figura, con justa razón, en la lista de Canadá de países criminales que torturan. La Administración Bush -concluye Wolf- ha creado un aparato transnacional que ni Obama, sin una intervención global, podrá controlar ni mucho menos desmantelar».

Cuando Wolf recomienda una intervención global, se refiere a un embargo económico en contra del Gobierno (aunque siempre pagan los pueblos) de EE UU. Esta propuesta, como es obvio, es ingenua porque a estas alturas del juego las cartas son las mismas para buena parte de los gobiernos del mundo. Y he ahí el laberinto que atraviesa la humanidad. Tras los atentados ocurridos del 11-S de 2001 (con sus muy discutibles autores y objetivos reales), se generó 'el mal de Bush': una excesiva propaganda al miedo (más de la que siempre nos han vendido), obsesión por establecer mecanismos de seguridad violatorios de los derechos humanos y una acelerada fiebre de sospecha hacia el otro. Gracias a ello, cada vez más vivimos en la sociedad del encierro, de la indolencia. ¡Increíble, en pleno siglo XXI, de nuevo el mundo se divide entre buenos y malos!

Este modelo (descaradamente financiero) de dimensión internacional ha hecho al planeta un lugar mucho más deshumanizado e inseguro de lo que era antes de 2001. Para reafirmarlo, sería importante recordar la gran cantidad de atropellos que a partir de entonces se han originado en contra de ciudadanos que no son terroristas ni nada que se les parezca. ¿Era terrorista el ciudadano brasileño que fue asesinado en Inglaterra por ser considerado, a simple vista, como sospechoso? ¿Era terrorista el inmigrante polaco que fue fulminado (con electricidad) por la Policía canadiense en pleno aeropuerto, por el sólo hecho de parecer extraño su comportamiento? ¿Son terroristas los ciudadanos gitanos que en Italia están siendo víctimas de constantes atropellos? ¿Somos terroristas todos los ciudadanos del mundo que día a día tenemos que ser sometidos a atropellos de exagerada revisión cuando pasamos por los distintos aeropuertos del planeta? ¿A quién se pretende proteger con esta modalidad de seguridad mundial? ¿No será que está en marcha un nuevo y sofisticado mecanismo de hacer invivible la calle? ¿Quién se encargará de secuestrar nuestra convivencia y nuestros intereses si todos los ciudadanos nos refugiamos en una realidad virtual?

Muchas preguntas y pocas respuestas; por lo pronto, los millones de ciudadanos honestos que habitamos el planeta hoy nos sentimos más inseguros que ayer; se ha vulnerado el Derecho Internacional gracias a 'el mal de Bush'. Más allá de los atropellos anteriores a que ha sido sometida la humanidad, podríamos estar ante una modalidad inédita en esto de la intolerancia del poder. Y lo inédito viene justamente por la vestimenta legal y democrática que se le ha colocado al atropello. Se hace difícil que un Estado democrático sancione a otro Estado democrático; tampoco podemos esperar que lo hagan las instituciones democráticamente constituidas; suena absurdo, pero es actual: en pleno siglo XXI son demasiadas las arbitrariedades que se están cometiendo, a escala mundial, en nombre de la democracia.

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