martes, 28 de octubre de 2008

El secuestro del Estado

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Durante miles de años, separadas por océanos, desiertos o montañas, sin apenas contacto unas con otras, cada civilización avanzó por sus propios caminos, crearon sus sociedades, sus culturas y sus lenguas, descubrieron sus dioses e inventaron su ciencia y su dinero. La humanidad que es genéticamente homogénea se hizo culturalmente diversa.

Desde los orígenes, para convivir e interactuar las personas y los pueblos necesitaron regular sus relaciones. El crecimiento de las comunidades, el surgimiento de la propiedad, los intercambios y las desavenencias de todo tipo, incluidas las confrontaciones y las guerras, hicieron cada vez más complejas y necesarias las regulaciones. La humanidad aprendió que la anarquía o la ausencia de autoridad dan origen a terribles calamidades.

Aunque en esos ámbitos China, Egipto, Mongolia, la India, Persia, Asiría y Babilonia, así como los pueblos indoamericanos más avanzados levantaron sus propios paradigmas y en todas partes, de uno u otro modo se avanzó hacía la combinación de los liderazgos individuales con opciones colegiadas de ejercicio del poder. Las primitivas ideas sobre la democracia, se codificaron y se difundieron primero en Europa donde se integraron a la conciencia social.

No obstante, las premisas que dieron lugar al pensamiento liberal clásico, más que invenciones fueron reflejos de tendencias presentes en la realidad de todas las sociedades. El hecho de que sus bases se formularan en forma de doctrinas y escuelas de pensamiento, primero en Europa, indica una precedencia, no una exclusividad. Como mismo ocurrió con el dominio del fuego, la escritura y las técnicas de fundición y todos los aspectos esenciales de la cultura, por sus propios caminos, todos los pueblos hubieran llegado a formulas democráticas de organización de la sociedad y del sistema político.

Como expresión de la complejidad de los procesos históricos, en franca contradicción con las tendencias que naturalmente conducen a las ideas de la democracia, como parte de los mismos procesos civilizatorios, se estableció la propiedad privada y se legitimó la explotación del trabajo ajeno, la esclavitud y la servidumbre. La historia de la humanidad se convirtió en un escenario de lucha de clases.

Para lidiar con tales contradicciones, no desangrarse en luchas constantes y sobrevivir a sus propias negaciones, de modo más o menos espontáneo, como un resultado natural del desarrollo y no porque algún pillo o genio se lo propusiera, todos los pueblos crearon un Estado. Se trata de un ente que, aun cuando responde a los intereses de la clase dominante, tiene la plasticidad suficiente para situarse más allá de los intereses inmediatos de todos los grupos sociales y crear regulaciones globales válidas para el conjunto de la sociedad. El Estado es capaz de comprender a todos e imponer a todos su autoridad.

Los mismos tratadistas que defendieron la democracia, reivindicaron la necesidad de la autoridad y junto a aquellos que mostraron las bondades del mercado como demiurgo del progreso, estuvieron quienes codificaron los preceptos para regular la vida social y facilitar sus actividades, en primer lugar, las económicas y permitir el buen gobierno de la sociedad.

Si bien en las etapas más tempranas del desarrollo social, especialmente durante la esclavitud y el feudalismo y en los inicios del capitalismo esas normas eran imposiciones brutales e inhumanas, con la profundización de la democracia, la elevación de la cultura y la participación política, el poder se hizo indirecto, fue más institucional, su ejercicio fue cada vez menos violento y las regulaciones estatales, aunque necesarias y eficaces, fueron menos opresivas, acorde con los grados de civilización alcanzados.

Treinta años atrás, alcanzaron una enorme influencia las corrientes neoliberales que proponen la desregulación de virtualmente todas las actividades, principalmente de la economía y de las finanzas y el comercio, la eliminación del sector público y la suspensión de las obligaciones estatales, no para beneficio de la sociedad, sino para favorecer a ciertas camarillas. Se trató de un Golpe de Estado Global contra los pueblos y contra la democracia.

El neoliberalismo elevó a rango de doctrina, codificó y santificó las ilegitimas aspiraciones de individuos y corrientes políticas de controlar los resortes fundamentales del Estado, privarlo de su esencia social y convertirlo en instrumento de determinados grupos.

Al apoderarse del poder por medios violentos o fraudulentos, las dictaduras destituyen las autoridades legítimas, disuelven, declaran en receso o condicionan la actividad de los parlamentos, controlan al poder judicial, amordazan a la prensa, secuestrando la estructura estatal. La novedad en la imposición neoliberal es que el asalto y el secuestro de las instituciones de las naciones y de sus estados, tuvo lugar sin alterar de modo visible los mecanismos de la democracia formal. Así ocurrió en América Latina y así se repite en los Estados Unidos.

A Bush y a la camarilla neoconservadora que lo acompañó en la aventura de desregular la economía y las finanzas norteamericanas para beneficiar a grupos y capillas neoconservadoras, debe reconocérseles el talento para manipulando los hechos, especialmente la bonanza económica norteamericana y los trágicos sucesos del 11/S, arrastrar a prácticamente todas las estructuras del Estado norteamericano, entre ellas el Congreso y la administración de justicia y la prensa.

Las intenciones de cambio de Obama representan el punto de vista de la élite de poder y no tienen por objetivo debilitar al capitalismo sino reforzarlo, devolviéndole al Estado el control de la situación para lo cual no necesita nacionalizar la economía ni estatizar las finanzas. El Estado es una criatura imprescindible y de excepcional plasticidad, capaz de adaptarse a cualquier situación, excepto traicionarse a si mismo.

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