miércoles, 15 de octubre de 2008

Iraq y Afganistán, las guerras perdidas de los Estados Unidos

Angel Rodríguez Hernández (AIN, especial para ARGENPRESS.info)

Un reciente artículo de la agencia AFP ponía sobre el tapete de la opinión pública la cruda realidad de los soldados norteamericanos en Iraq.

No se trata solo del agreste clima y la rudeza del desierto, o la sensación perenne del ataque insurgente que puede sorprender en cualquier momento del día o de la noche, acciones que han costado al menos cuatro mil 200 muertos y 30 mil heridos a las fuerzas de los Estados Unidos.

Ahora, además, se recrudecen el hastío, el estrés y las tensiones familiares, sentimientos acumulados durante el período de servicio que estallan en drama, señala la fuente francesa.

El texto presenta a modo de ejemplo el caso del sargento Darris Dawson, de 24 años, quien en conversación telefónica con su suegra en los Estados Unidos, le contó sentir menos miedo del enemigo que de los jóvenes allí movilizados, “porque están nerviosos de verdad y fácilmente aprietan el gatillo”.

Poco tiempo después, en el amanecer del 14 de septiembre, en una base localizada al sur de Bagdad, Dawson, junto al también sargento Wesley Durbin, de 26 años, morían de los disparos de su compañero, el sargento Joseph Bozicevich.

Días más tarde, un soldado norteamericano de 23 años fue condenado por una corte marcial a ¡siete meses de cárcel! por su papel en el asesinato de cuatro detenidos iraquíes y en las próximas semanas el ejército estadounidense debe decidir si comparecen ante una corte marcial el teniente Michael Behena y el sargento Hal Warner, acusados de la muerte de un civil en Bagdad.

Durante la investigación, las declaraciones de militares de las unidades a las que pertenecen los acusados pusieron al desnudo las tensiones generadas en la tropa por ese homicidio. El sargento Milton Sánchez, expresó: “Ya no sabía ni qué hacer. Tenía miedo como puedes tener cuando no controlas parte de la situación”.

Por su parte, el coronel Elspeth Cameron-Ritchie, siquiatra del Departamento Médico del ejército norteamericano, afirmó: “Sabemos que el estrés de la guerra, que incluye misiones largas y repetidas, afecta a nuestros soldados”.

Según estimados, el 20 por ciento de los militares estadounidenses desplegados en Iraq regresan a su país afectados por el síndrome de estrés postraumático.

También inquietan el aumento del número de suicidios, y de los casos de divorcio como consecuencia, entre otras razones, de la distancia y la larga duración de las misiones que acrecientan las tensiones familiares.

A principios de septiembre, el ejército de los Estados Unidos admitió que 93 de sus soldados –tanto en su territorio como en el extranjero- se habían suicidado hasta esa fecha de 2008, y que la cifra anual debería supera el récord de 117 casos en 2007.

La situación en Afganistán también se ha vuelto crítica para los invasores. Clara muestra es que las fuerzas de la OTAN allí destacadas registraron en junio, julio y agosto pasado 120 muertos, cuando en los primeros tres años de ocupación del territorio solo habían computado 190.

Las cifras son elocuentes para hacer pensar que ambas guerras están doblemente perdidas, no solo por la cantidad de bajas que engrosan sus estadísticas, o por la repulsa internacional por los miles de asesinatos de civiles y las torturas y crímenes cometidos con los prisioneros, sino además, por las secuelas que están dejando esos conflictos armados en los propios soldados y sus familiares.

Desde el comienzo de la guerra contra Afganistán, el siete de octubre de 2001, y posteriormente la emprendida contra Iraq, más de un millón 600 mil soldados estadounidenses han sido desplegados en esas naciones.

Datos que no parecen tener en cuenta los halcones del Pentágono, empeñados más en la ocupación de territorios y la apropiación de recursos naturales ajenos para satisfacer los intereses del Imperio, que en la vida y la salud mental de sus ciudadanos.

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