lunes, 6 de octubre de 2008

No habrá aterrizaje suave

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Lo que es bueno para Estados Unidos, no lo es necesariamente para el resto del mundo, pero una crisis en la economía norteamericana repercute negativamente en todo el planeta. En un escenario así no hay ganadores.

Ninguna crisis en el centro de la economía global puede ser local y ningún evento de las dimensiones del que tiene lugar en las finanzas norteamericanas obedece a una sola causa y sus soluciones no serán rápidas ni indoloras.

Con o sin plan de rescate, la crisis está en marcha, no afectará exclusivamente a las altas finanzas y los únicos perjudicados no serán los grandes banqueros y los barones del dinero. En mayor o menor medida y con más o menos velocidad, como anillos concéntricos, los efectos se expandirán afectando a la economía material, en primer lugar la producción industrial, agrícola y las construcciones, especialmente viviendas e infraestructuras. Con menos dinero y más incertidumbre, la gente comprará lo imprescindible, el comercio se resentirá y crecerá el desempleo, reduciendo el poder adquisitivo y dañando el nivel de vida de la mayoría de los norteamericanos.

Naturalmente, mediante la interacción de los vasos comunicantes de la economía global, especialmente por el movimiento de mercancías y de capitales, será inevitable un efecto dominó que, aunque con ritmos y consecuencias diferentes, trasladará la crisis a las economías extranjeras en las que el impacto dependerá del nivel de desarrollo y el grado de dependencia de cada país respecto al mercado y las finanzas norteamericanas; no obstante, nadie quedará al margen.

No escaparan los países que como Japón, China, Corea del Sur y otros son exportadores de manufacturas, equipos o materias primas al mercado norteamericano y que además poseen grandes reservas en dólares. Aunque con menos dramatismo, serán impactadas grandes economías desarrolladas como las de Alemania e Inglaterra y de naciones solventes como las nórdicas y las de los países bajos, aunque los avances en la integración económica y política refuerzan el blindaje europeo.

Los países latinoamericanos, tanto aquellos que como Brasil, Argentina y Chile son grandes exportadores al mercado norteamericano, afrontarán consecuencias que algunos podrán atenuar por la existencia de considerables reservas monetarias y por haber avanzado en la diversificación de su comercio. El caso de México que hace décadas apostó a la imbricación de su economía con la de Estados Unidos es de pronóstico reservado.

Como siempre ocurre, la situación es más dramática para los países más pobres, más pequeños y más dependientes de las exportaciones, los créditos, las ayudas de Estados Unidos y las remesas de sus ciudadanos radicados allí, que ya han comenzado a reducirse drásticamente.

La crudeza del impacto sobre los individuos y las familias estadounidenses, especialmente las de menores ingresos, dependerá de las políticas que el Estado norteamericano adopte para proteger la economía doméstica y asistir a la clase media y a los sectores más vulnerables. No obstante, dado el diseño de aquella sociedad regida por principios liberales, nadie debe esperar opciones asistenciales generosas; más bien, el destino de cada cual dependerá de su solvencia, de sus ahorros y de su propia capacidad para encarar la crisis y afrontar sus efectos.

No se trata de una visión apocalíptica ni de pronosticar que la clase media, la aristocracia obrera, los granjeros y los pequeños y medianos empresarios norteamericanos estén amenazados por la pobreza ni de que exista la posibilidad de que ese país colapse, no obstante, todos sus ciudadanos deberán apretarse el cinturón, introducir correcciones en su estilo de vida y los más pobres y desfavorecidos no deben abrigar esperanza alguna.

Por esta vez no se trata de una de las crisis cíclicas que cada cierto tiempo, por efecto del funcionamiento de la economía, suelen presentarse a escala del sistema, en regiones o países, ahora la culpa no es de los resortes más profundos y enigmáticos del mercado, sino de un mal gobierno. Mal administrado el capitalismo también produce desastres.

Las razones de la mala administración no deben buscarse en la incompetencia de los operadores de la economía norteamericana, sino en la ineptitud y la corrupción introducida en los círculos de poder. Bush, Cheney y su administración, los regentes de la Reserva Federal, los grandes banqueros y los magnates de las finanzas y la industria, fueron demasiado lejos al tratar de aprovechar la coyuntura abierta con el infausto 11/S, no sólo para avanzar en la edificación de la hegemonía norteamericana sino para beneficiar a ciertos círculos.

Con total irresponsabilidad y falta de patriotismo, las administraciones de Bush, se lanzaron a la guerra, especularon con ella y, creyendo que se trataba de una apuesta segura, tomaron demasiados riesgos y la aritmética les pasó la cuenta.

Afganistán e Irak no sólo se han convertido en atolladeros militares y políticos, sino también en inmensos sumideros en el que se volatilizan billones de dólares y enormes masas de bienes materiales creados con el trabajo del pueblo norteamericano y pagados por el gobierno con los impuestos de la población.

Todavía Bush, como tampoco ninguno de los candidatos a la sucesión han querido revelarlo, pero hay una asociación obvia: para frenar la crisis hay que parar la guerra. Lo primero es muy complicado, lo segundo más.

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