martes, 21 de octubre de 2008

Otro ladrillo en la pared

Oscar Taffetani (APE)

El calendario global está saturado de efemérides. Para cada día del año los países, las instituciones y las personas tienen distintas opciones de celebración y/o conmemoración.

El último 16 de octubre, por ejemplo, quienes estaban preocupados por el hambre, la mortalidad infantil y el alza en el precio de los alimentos, tuvieron dos opciones: adherir al Día Mundial de la Alimentación, instituído por la FAO en 1979, o adherir al Día Mundial de la Soberanía Alimentaria, sostenido por colectivos sociales y ecologistas.

Este 17 de octubre, los titulares del PJ y el gobierno argentino pudieron elegir entre adherir al Día Internacional de Erradicación de la Pobreza o bien celebrar el Día de la Lealtad justicialista. Optaron por lo segundo.

Para el próximo 24 de octubre, las alternativas son variadas. Puede conmemorarse el jueves negro de la Calle del Muro (también llamada Wall Street), inicio de la histórica crisis del '30. O bien el Día Mundial de las Naciones Unidas. O también el Día Mundial de la Información sobre el Desarrollo. O, por qué no, el comienzo de la Semana Mundial del Desarme...

No podemos evitar la ironía -la amarga ironía- de decir que el día después de cada efemérides se parece mucho al día anterior.

Admitimos que una sola conciencia o una sola voluntad ganada para luchar contra el hambre, cualquier día de cualquier mes del año, justifica la efemérides y justifica el esfuerzo.

Pero no podemos dejar de ver que hay mucha hipocresía en todas esas declaraciones y homenajes de calendario, que lo único que buscan es disfrazar de paz la guerra impiadosa que el capitalismo le ha declarado a una parte de la humanidad.

Penúltima visita a Brecht

"Los de arriba dicen: la paz y la guerra / son de naturaleza distinta. / Pero su paz y su guerra / son como viento y tormenta. / Su guerra nace de su paz como el hijo de la madre. / Tiene sus mismos rasgos terribles. / La guerra mata / lo que sobrevive a su paz" (Bertolt Brecht, Catón de guerra alemán, Dinamarca, 1936).

Algunos historiadores han observado que los Estados Unidos acabaron de salir de la crisis de 1930 recién cuando intervinieron, más de una década después, en la segunda guerra mundial.

El Estado norteamericano militarizó su economía, se convirtió en accionista e inversor de las empresas privadas y pudo "colocar" una parte de la mano de obra sobrante en los frentes de guerra (recordemos que ese holocausto le costó la vida a 55 millones de seres humanos).

Al fin de la sangría, obedeciendo a un clamor planetario de paz y convivencia entre los pueblos, fueron creadas las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional.

"Un solo mundo o ninguno" era el lema que repetían científicos e intelectuales de posguerra, con la certeza de que una tercera guerra mundial -holocausto nuclear mediante- podía ser la última.

Pero no hubo holocausto nuclear. Ni tercera guerra mundial. Sí hubo un mundo bipolar, luego unipolar y ahora multipolar. Sí hubo muchas guerras convencionales, de mediana y baja intensidad. Pero no pudo erradicarse, en más de medio siglo de existencia de la ONU y del FMI, el flagelo del hambre.

Brecht tenía razón. La guerra y la paz, dentro de un orden de injusticia, se parecen mucho entre sí. Para una víctima del crimen del hambre -arriesgamos- la guerra y la paz son la misma cosa.

Mientras se aleja el pan

A fines de noviembre, cuando esté definido el sucesor de George W. Bush en la Casa Blanca, los miebros del G-8 se reunirán para ajustar detalles del nuevo orden financiero internacional (es decir, el orden decretado por los Estados más poderosos de la tierra para conjurar la última crisis y asegurar el futuro del capitalismo globalizado).

La mera suma de los recursos invertidos en el salvataje a los bancos y las instituciones de crédito, da pavor: a los 700 mil millones de dólares aprobados por el gobierno estadounidense hay que sumar 480 mil millones de euros comprometidos por Alemania, 360 mil millones prometidos por Francia, 200 mil millones que pondrá Holanda y 100 mil millones de Austria y España, más lo que aportarán Rusia, Japón, China y el resto de las economías de Oriente, y sin contar los países árabes, África y América latina.

Billones de dólares y euros serán puestos en los bancos e instituciones financieras para socorrer a sus inversores y evitar el colapso de las AFJP y de las instituciones de seguridad social, cuyos beneficiarios son auténticos rehenes de la crisis.

Frente a la gigantesca reconversión financiera capitalista, los recursos comprometidos por los Estados con las campañas de la ONU (sin ir más lejos, con los Objetivos del Milenio) se asemejan a centavos en la alcancía de un escolar.

Tras la cumbre de septiembre en Nueva York, el secretario general de la ONU Ban Ki-moon se manifestó optimista, ya que la convocatoria había generado "un estimado de 16 mil millones de dólares, incluidos unos 1.600 millones para reforzar la seguridad alimentaria, más de 4.500 millones para la educación y 3.000 millones para luchar contra la malaria..."

¿Qué representan 1.600 millones de dólares -nos preguntamos- frente al alza mundial en los precios de los alimentos?

¿Cómo se atenderá a los 45 millones más de sub-nutridos que generó entre 2003 y 2005 el alza de los commodities y el desarrollo de los bíocombustibles?

Según el último reporte de la FAO, el mundo tiene hoy, contrastando con los aumentos en la productividad y los rindes agrícolas, 845 millones de sub-nutridos, lo que representa la misma tasa de hambre y exclusión de seres humanos que tenía en 1990.

Cualquier otra noticia alentadora que nos quieran dar funcionarios de buen corazón, empalidece frente a esta realidad.

Y cualquier operación de salvataje que no se proponga recuperar, ahora más que nunca, la humanidad y la solidaridad del género humano, será sólo una columna más en la Calle del Muro. Otro ladrillo en la pared.

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