miércoles, 15 de octubre de 2008

Velasco en la historia: 40 años después

Gustavo Espinoza (NUESTRA BANDERA, especial para ARGENPRESS.info)

Juan Velasco Alvarado solía decir que hay en la historia de los pueblos y de las instituciones, momentos que marcan al mismo tiempo el principio y el fin de etapas diferentes. Algunas veces se trata de episodios visibles, cuya significación es para todos, desde el primer instante, por su palpable y evidente magnitud. Otras veces -añadía- la gravitación de un hecho histórico, pasa en cierta manera desapercibida, aún para sus propios gestores.

40 años después del 3 de octubre de 1968, bien podemos decir que aquel acontecimiento, constituyó un hito imborrable en el proceso peruano. Hoy, en efecto, puede hablarse del Perú “antes de Velasco”, y “después de Velasco”, dejando constancia que, independientemente incluso de la valoración de los cambios que se produjeron en esa etapa, el gobierno militar del 3 de octubre se empeñó en una dura lucha por transformar la dura realidad peruana para hacer avanzar al país en el escenario de nuestro tiempo.

Juan Velasco fue un hombre del pueblo. Nació en Castilla, una pequeña aldea de Piura. Y tuvo una infancia humilde labrada por el esfuerzo de los suyos en condiciones adversas. Estudió en una Escuela Fiscal. Y ya adolescente, se presentó al Cuartel como voluntario para ingresar en las filas de la Fuerza Armada. Fue esa su manera de encontrar un camino para su propia vida pero también, sin duda, un modo de afirmar su capacidad de decisión en un país que requiere instituciones que debe valorar.

Hizo una carrera militar ordinaria, y destacó como buen soldado y buen oficial. Nunca nadie lo señaló por malos tratos inferidos a sus subordinados, ni por abusos en el manejo de la función castrense. Incluso cuando la institución armada debió tener presencia activa en la lucha contra la guerrilla del 65, nunca nadie lo acusó personalmente de arbitrariedad alguna. No era un santo, sin duda, sino un oficial responsable con conciencia de patria, que amó el uniforme y que se dispuso a honrarlo, como correspondía -y corresponde- a quien se precia de lucirlo. Vivió, y moriría pobre.

A comienzo de los años 60, cuando Velasco era ya un oficial de alto grado, el Perú vivía una etapa difícil y compleja. Una oligarquía envilecida mantenía al Perú bajo el oprobio. Y a su sombra, campeaba el entreguismo, la sumisión, el parasitismo y la corrupción. Los gobernantes de entonces -como los de ahora- hacían uso de todos los métodos imaginables para multiplicar sus fortunas enriqueciéndose vilmente en detrimento de la humillante miseria de los peruanos.

En el centro de ese desgobierno estaba, sin duda, al servilismo ante el Poder extranjero que en el caso concreto se expresaba en el casi religioso “respeto” a la Internacional Petroleum Company, la “Mamita Yunai” de nuestra republiqueta.

Velasco fue suficientemente perspicaz para entender que por ahí marchaba el escenario peruano. Que la contradicción entre el Perú y la IPC era la piedra de toque y el eslabón fundamental de la cadena de la dominación imperialista en nuestro país. Que ese era el dogal que había que romper. Y la única forma de hacerlo, era a través de la Toma del Poder.

No fue entonces el 3 de octubre el resultado de un “Golpe de Estado” sino una insurgencia militar victoriosa marcada por un programa patriótico y confirmada en los hechos apenas unas horas más tarde, cuando la voz tronante del uniformado, anunciaba al país “En este preciso momento, las fuerzas de la Primera Región Militar, haciéndose eco del clamor de la Nación, están ingresando al Campo de Talara para tomar posesión de todo el complejo industrial que incluye la refinería; y con la más alta emoción patriótica hacen flameare el emblema nacional, como expresión de nuestra indiscutida soberanía” .

Velasco Alvarado no fue comunista. Ni siquiera, propiamente, socialista. Fue un patriota. Un militar nacionalista que sintió orgullo de su país y vergüenza por el estado en que se hallaba. Y que decidió actuar seguro de que podría contar con el respaldo masivo de peruanos conscientes. Y así fue.

Hubo, naturalmente, quienes ofrecieron resistencia a los cambios. La dirección del APRA, liderada por Haya de la Torre, buscó diversas modalidades para quebrar el proceso y en buena medida logró infiltrarlo y debilitarlo. La oligarquía hizo uso de todos sus recursos para destruir el país antes de permitir que avanzara. Los líderes empresariales de entonces encabezaron la fuga de capitales y el traslado de las empresas peruanas a Ecuador y otros países donde decían gozar de “las facilidades” con las que aquí no contaban. La administración norteamericana -desde la embajada yanqui hasta la Misión Militar USA y la CIA- operó en todos los niveles de la conspiración para derribar al gobierno, hasta que finalmente logró hacerlo gracias al “felón”, como llamara Jorge Basadre a Morales Bermúdez.

Velasco no tenía claro el porvenir del país. Sabía, sí, que había puesto en marcha un proceso que caminaría más allá de sus propios límites. Confiaba, en todo caso, en el instinto transformador de las mayorías y en el derrotero de la historia. Su fe, sin embargo, no resultó suficiente. No podría decirse que él, no estuvo a la altura de su reto. No se podría exigir a un hombre que luchó en las condiciones adversas como él lo hizo, que actuara mejor, o que hiciera otra cosa. Fue el escenario adverso, la presión exterior, la crisis impuesta y la falta de organización y conciencia popular, lo que impidió consolidar el proceso, y hacerlo avanzar después.

Los comunistas en ese escenario, cumplimos con nuestro deber, pero nuestro trabajo fue insuficiente y defectuoso. Tuvimos el mérito de situarnos en la trinchera en la que nos correspondía. Y no hicimos concesión alguna al imperialismo, a la oligarquía o al APRA. Pero no logramos tampoco ganar a todo el pueblo, como resultaba indispensable, para que se sumara a la lucha.

Por lo que hicimos, hay quienes nos odian hasta hoy. 40 años más tarde aparecemos en la lista ridícula de “los rojos que se acomodaron con Velasco”. No dice el autor de esa lista en qué consistió el “acomodo”. No podría decirlo. No tuvimos ningún cargo en el gobierno, ninguna función remunerada, ningún privilegio. Estuvimos en la lucha con la voluntad y la coherencia que siempre nos reconoció el pueblo y no doblegamos jamás nuestra bandera.

40 años después, podemos decir lo que dijimos desde los balcones de la Plaza 2 de Mayo la noche del 9 de abril de 1970: “Nuestra tarea, la tarea de la clase obrera, es movilizar a millones de hombres y mujeres de nuestro país alrededor de la revolución, para hacer avanzar la revolución. Por que si el pueblo no confía en la revolución, si el pueblo le niega apoyo a la Revolución, si el pueblo no está dispuesto a defender la Revolución, entonces ella será derrotada. Y nuestra patria se sumirá, por años de años, por décadas tal vez, bajo el dominio de la más negra y despiadada reacción”. Hoy, la vida confirma aquello.

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