jueves, 6 de noviembre de 2008

Barack Obama: El día después

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Barack Obama limpió el piso con John McCain, esperanza y evidencia de la persistencia de la ultraderecha neoconservadora. Con su triunfo el flamante presidente reivindicó a los de su raza. Una vez el benefactor fue Lincoln y la otra Kennedy, por primera vez la victoria no fue un premio a la mansedumbre. No es una victoria sobre los blancos, sino contra la reacción. La gloria es mucha y el precio también: nunca más Obama recibirá el beneficio de la duda.

El que hasta ayer fuera el único negro en el Senado norteamericano, el más exclusivo de los clubes políticos, dejó de ser el candidato preferido y la luz al final del túnel de una era nefasta para convertirse en el jefe del más grande los imperios y del país de cuya estabilidad económica depende el destino de parte de la humanidad.

Concluida la campaña electoral, sin posibilidades para más cabalas ni encuestas y cumplidas las formalidades protocolares, la atención se centra en la designación del equipo de transición, la ceremonia de toma de posesión y la selección del gabinete.

Si bien George Washington, el primer presidente advirtió del peligro que representaban las facciones políticas cuya prominencia conducía a que, en lugar de servir a la Nación, el gobierno representara un partido, no fue escuchado. Andrew Jackson, el séptimo mandatario introdujo la práctica, vigente hasta hoy de cubrir todos los cargos del gobierno con miembros del partido ganador. Obama no será la excepción, razón por la cual debemos esperar una administración esencialmente demócrata que, aunque no será negra, no excluirá a los de color.

Dado el estado de guerra que vive el país, el nuevo presidente deberá esmerarse al escoger al Secretario de Defensa, obligatoriamente un civil que naturalmente puede ser un ex militar. Aunque no está obligado a hacerlo ni constituye una regla, de acuerdo a los resultados de la evaluación del desempeño, podrá remover al Presidente de la Junta de Jefes de Estados Mayores y al Comandante de las tropas en Irak.

En medio de una profunda crisis financiera y monetaria y ante la perspectiva de avanzar hacía la refundación del sistema monetario y de las finanzas mundiales, serán de vital importancia los nombramientos para los cargos de Secretario del Tesoro y Presidente de la Reserva Federal. En concordancia con su perfil, no es presumible que el Secretario de Estado sea un halcón. Es de esperar que para la función diplomática más importante, la de de embajador ante la ONU, nomine a un allegado suyo.

Uno de los cargos que pudieran indicar hasta qué punto la nueva administración avanzará hacía la recuperación de los valores y las prácticas del liberalismo político clásico es el de Fiscal General, cargo para el que George Washington nombró a John Jay, uno de los ideólogos de la Revolución Norteamericana, firmante de la Declaración de Independencia y presidente del Congreso Continental y desde entonces ha sido desempeñado por políticos más que por juristas.

El enfrentamiento al terrorismo, la necesidad de regular y controlar la actividad y el perfil de los órganos de inteligencia y contrainteligencia, supone una cuidadosa selección del Jefe del Departamento de Seguridad Interna.

Tradicionalmente, ante cada cambio de administración, la empresa privada, sobre todo las transnacionales se entusiasman por la enorme cantera de especialistas que quedan cesantes y salen al mercado de trabajo. Esta vez la alta gerencia mira para otro lado; es poco el material aprovechable que deja Bush.

Cuando el 30 de abril de 1789, después de un agotador viaje de alrededor de mil kilómetros, a lomos de caballo y por vía fluvial, en una canoa manejada por remeros todos de blanco, George Washington, el único presidente norteamericano que no buscó el cargo y que resultó electo por unanimidad, llegó a Nueva York y desde un balcón del Federal Hall, en Wall Street, prestó juramento, uno de sus camaradas de lucha dijo: “Es el primero y todo cuando haga será precedente”. Desde otra distancia, de otra manera y con otros acentos, pudiera decirse lo mismo de Barack Obama.

Tal vez transcurran algún tiempo antes de que la ultraderecha norteamericana pueda “procesar el duelo” y familiarizarse con la idea de que, ha pasado la página y la suya fue una oportunidad perdida.

Para la izquierda mundial, en especial para los procesos avanzados en América Latina se abre un compás de espera a la expectativa del rumbo que tome la política hemisférica de la nueva administración norteamericana. El nombramiento del subsecretario para asuntos latinoamericanos nos dará una idea.

En cualquier caso, ojalá Obama justifique las esperanzas y contribuya a archivar la tesis históricamente cierta de que: “Nada hay más parecido a un republicano que un demócrata”.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.