miércoles, 5 de noviembre de 2008

Delirio afgano

Néstor Núñez (AIN, especial para ARGENPRESS.info)

¿Será que no ven, o sencillamente cierran los ojos porque la realidad no les conviene?.

La pregunta deben hacérsela no pocos analistas en el mundo, porque solo a un ciego o al que no quiere mirar el entorno, se le ocurren declaraciones como las realizadas hace pocas horas por el mando norteamericano en Afganistán.

Resulta que los altos cargos militares estadounidenses en aquella nación de Asia Central, la primera víctima directa de la guerra antiterrorista del saliente George W. Bush, están solicitando a gritos el envío de nuevas tropas a las zonas de combate contra los talibanes, como “medio para lograr la victoria”.

De manera que a tono con tan “brillante” remedio, el Pentágono ha dispuesto la remisión a suelo afgano de 4 mil nuevos soldados, cuya llegada debe producirse en el cercano enero. No obstante, los estrategas explican que la cifra no es suficiente, y consideran que al menos se requieren 20 mil efectivos de refuerzo.

Ciertamente no es de dudar que W. Bush intente complacerles. Todo indica, según expertos, que hasta el cambio de administración, el “iluminado” presidente va a crear todas las condiciones posibles para que, aún en su ausencia, la política de guerra e intervención resulte una costra nacional duradera.

Lo que resulta exasperante es como la ilógica sigue prevaleciendo en la Casa Blanca. Porque con el tema afgano ni el propio gobierno títere de Kabul coincide con el Washington oficial.

Los aliados norteamericanos embarcados en aquella explosiva parte del mundo están retirando sus efectivos a la primera oportunidad, y hasta el mando británico en Afganistán reconoció públicamente que semejante guerra no hay quien la gane, y que el camino de las conversaciones se impone.

El gobierno organizado por los invasores ya se entrevistó con representantes de los talibanes, y los observadores de la ONU sobre el terreno también insistieron en que negociar es la palabra de orden.

Pero evidentemente, del otro lado no hay receptividad alguna. Para los prepotentes guerreristas resulta inadmisible salir con el rabo entre las piernas o sentarse a la mesa con aquellos a los que acusan de proteger el terrorismo, esa palabra que le ha servido de puente a sus más recientes aventuras de conquista global.

Al final, los muertos los pone la gente común, ese norteamericano de a píe que al vestir el uniforme sueña con las promesas de ayuda económica o superación educacional que se le ofertan para después que “cumpla su trabajo”... si queda vivo.

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