lunes, 22 de diciembre de 2008

Cuba - Estados Unidos: Por donde comenzar (Parte II)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Excepto las Cruzadas, no se recuerda un estado de beligerancia tan dilatado como el mantenido por Estados Unidos contra la Revolución Cubana. Ni siquiera la Guerra Fría duró tanto.

El tramo del diferendo cubano-norteamericano iniciado en 1959, constituye una situación sin precedentes. Nunca antes una gran potencia, se comprometió de modo tan profundo, multilateral y prolongado contra un pequeño Estado independiente como lo ha hecho Estados Unidos contra Cuba. Tampoco se conocía de esfuerzo tan infructuoso.

La determinación norteamericana por derrocar el gobierno de Fidel Castro, probada con la invasión de bahía de Cochinos, el apoyo a la contrarrevolución interna, el bloqueo con sus connotaciones extraterritoriales derivadas de la ley Helms-Burton, la vigencia del Plan Bush, la existencia de una Comisión para apoyar la llamada transición de Cuba presidida sucesivamente por Colin Powell y Condoleezza Rice, son evidencias de esa voluntad.

De tanta fijación, el tema de Cuba dejó de ser un asunto internacional para convertirse en un elemento de política doméstica. A lo largo de cincuenta años, los candidatos presidenciales de ambos partidos, han inscripto en sus respetivas plataformas el endurecimiento de la política contra Cuba y una vez electos, de una u otra manera se han esforzado por cumplir sus promesas.

Durante el viraje de la política norteamericana hacía la extrema derecha experimentada con Reagan, el Programa de Santa Fe, al inscribir la realización de emisiones radiales contra Cuba no dejó lugar a dudas: “Si la propaganda falla, la opción es la invasión.” En 1985 salió al aire la llamada Radio Martí a la que en 1990 se sumó una televisora con el mismo nombre. Ambas se mantienen en el aire, han ampliado sus servicios, horarios y frecuencias llegando incluso a utilizar un avión de designación militar para trasmitir desde el espacio aéreo internacional.

A lo largo de medio siglo, Estados Unidos ha hecho caso omiso a los gestos y las propuestas de Cuba, ha ignorado las apelaciones de la opinión pública internacional, las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, las exhortaciones de reputados literatos, artistas, personalidades sociales, lideres políticos, diplomáticos, periodistas, dignatarios religiosos, entre ellos el Papa, que consistentemente abogan por el levantamiento del bloqueo a Cuba y el cese de las agresiones. Ninguno ha tenido éxito.

A las acciones anticubanas realizadas directamente por la Administración, el Congreso y el sistema judicial norteamericano, se suman el apoyo a toda acción, privada u oficial contra ese país. En tal empeño Estados Unidos ha pasado los límites al proteger a terroristas y conceder asilo a personas que llegan a su territorio en embarcaciones y aviones secuestrados después de haber puesto en peligro la vida de pasajeros y dotaciones, incluso de haber asesinado a tripulantes o custodios.

La trama de leyes, actos ejecutivos, decisiones políticas y medidas circunstanciales, dan lugar a un clima de intensa hostilidad por parte de Estados Unidos, que configura un virtual estado de guerra donde únicamente faltan las bombas que, por cierto, no han estado del todo ausentes.

El aflojamiento de las tensiones entre Cuba y los Estados Unidos, pasa por un comienzo, una serie de pasos iniciales encaminados a fomentar un clima que haga posible la avenencia, el encuentro y el diálogo. Se trata de una especie de tregua, un movimiento adelante, una expresión de buena voluntad que encajaría en el perfil de cambio prometido por el presidente electo a quien corresponde plantear la apertura.

Nadie debe pensar que de existir esa voluntad se anunciara con un toque de trompetas al estilo de Jericó, ni como resultado de presiones, negociaciones o acuerdos. Si algo vendría muy bien en este caso es discreción, mínimos de formalismos y sobre todo nada de retórica.

Barack Obama, es el primer presidente norteamericano que no fue a Miami a suplicar por el voto, no hizo del anticastrismo un elemento de su campaña, no lanzó bravuconadas contra la Revolución, no utilizó frases ofensivas contra los líderes cubanos, ni denostó del sistema político establecido en la Isla. Esa actitud lo habilita para avanzar en la dirección correcta.

En honor la verdad, el presidente electo no ha comenzado mal: señaló disposición a dialogar con autoridades isleñas y expresó voluntad para poner fin a las inhumanas y absurdas medidas dictadas por Bush contra las familias cubanas y los cubanos residentes en Norteamérica.

Sólo falta transformar las palabras en hechos y avanzar hasta llegar a la zona de intereses comunes donde hay una mesa, asientos para todos y una agenda mutuamente positiva para los pueblos de Cuba y los Estados Unidos. Dar un chance a la concordia y a la paz siempre será un empeño loable.

Ver también:
- Cuba - Estados Unidos: Por donde comenzar (Parte I)



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