lunes, 8 de diciembre de 2008

Cuba -USA - América Latina: Desatinos y oportunidades (III)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Cuba pudo haber sido para Kennedy electo en 1960 un asunto bilateral que era preciso resolver, del cual no dependía el destino de ninguno de los dos países y que entonces apenas hubiera tenido impacto en la situación mundial. No ocurrió así porque Eisenhower asumió una posición intransigente y le dejó una herencia maldita: bahía de Cochinos.

El hecho de que Allen Dulles, Jefe de la CIA hiciera méritos en la inteligencia durante la II Guerra Mundial y que Eisenhower comandara los ejércitos aliados, favoreció la tentación a la violencia en una administración formada por veteranos halcones de la II Guerra Mundial. Tal vez Kennedy estimó que una acción concebida por los maestros que tomaron Normandía, derrotaron a Japón y liberaron de los nazis a Europa Occidental, no se equivocaría en una operación menor y endosó lo aprobado por Eisenhower y Dulles.

Quizás, de haber podido actuar sin aquel lastre, Kennedy hubiera ahorrado a su país y al nuestro incontables preocupaciones, tensiones y sufrimientos. Según el propio Fidel: “…A Kennedy nunca le entusiasmó la aventura de Girón…”.También es conocido que durante la Crisis de los Misiles en 1962, el presidente no cedió a las presiones de los que proponían bombardear e invadir a Cuba y optó por involucrarse con la Unión Soviética y forzar la retirada de los misiles mediante negociaciones.

En un esfuerzo, hasta entonces inédito y que nunca más ha sido reeditado, en 1963 el presidente confió al periodista francés Jean Daniel un mensaje para Fidel Castro. Según Daniel le contó a Fidel, Kennedy le dijo: "Vas a ver a Castro. Quisiera saber qué piensa él acerca del terrible peligro que vivimos, de vernos envueltos en una guerra termonuclear. Quiero verte de nuevo tan pronto regreses."

Naturalmente el interés de Kennedy no era académico y quienes conocen a Fidel, especialmente el pueblo cubano, no dudan del carácter constructivo y de la riqueza que hubiera tenido su respuesta. Lamentablemente, mientras conversaban recibieron la noticia de que el presidente había sido asesinado en Dallas. Automáticamente aquel canal de comunicación se cerró y se anuló así la única incursión positiva en el diferendo cubano norteamericano desde la visita del líder cubano a Washington en abril de 1959.

El magnicidio de Dallas colocó la política norteamericana en un plano inclinado. Convertido en el trigésimo sexto presidente, Lyndon Johnson, fue desbordado por la enormidad de la tarea, absorbido por el impacto del crimen y por las evidencias de que podía tratarse de una conspiración. Sin la autoridad ni el talento del mandatario asesinado, tuvo que completar los esfuerzos del presidente para liquidar la segregación racial y lidiar con la Guerra Fría; incapaz para manejar la situación, se hundió en Vietnam.

En tan complejas circunstancias la CIA que, de una agencia creada para el espionaje y la recopilación de inteligencia, se había convertido en una “máquina de matar”, copó espacios políticos dedicándose a implementar guerras sucias e involucrándose en operaciones encubiertas para desestabilizar gobiernos, realizar actos terroristas y asesinatos selectivos. Durante décadas su blanco de mayor prioridad fue Fidel Castro. Semejante entidad tuvo más protagonismo en la conducción de la política norteamericana hacía Cuba que cualquier otra agencia, incluyendo a la Casa Blanca.

Debido a la obsesión con el derrocamiento de la Revolución Cubana, Estados Unidos aplicó una demencial política migratoria y de robo de cerebros, llegando en 1967 a la aprobación de la Ley de Ajuste Cubano que consolidó a Miami como enclave cubano y base de la contrarrevolución. A la vez que utilizaba a los emigrantes en sus planes contra la isla, favorecía la ampliación de la relevancia económica de la élite contrarrevolucionaria y les creaba facilidades para ampliar su protagonismo político.

El clima de corrupción imperante bajo el gobierno de Nixon facilitó esos procesos, tan escandalosos que obligaron a Ford, sustituto del único presidente norteamericano obligado a renunciar por sus trampas, sus mentiras y sus violaciones de la ley, a poner coto a la actividad ilegal de la CIA, nombrando a la Comisión Church que puso al descubierto no sólo los intentos de asesinar a Fidel Castro sino un abultado expediente de operaciones criminales.

El próximo paso al encuentro que hubiera podido avanzar hacía a una solución lo dio James Carter y también resultó un esfuerzo fallido. Ese es otro capitulo de una historia que Obama y Hillary debían repasar.

Ver también:
- Cuba-USA-América Latina: Desatinos y oportunidades (Parte II)
- Cuba-USA-América Latina: Desatinos y oportunidades (I)

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