jueves, 11 de diciembre de 2008

John Berger y Jorge Lemus. El retorno del doctor Cureta

Pablo E. Chacón (especial para ARGENPRESS.info)

El pasado martes, en declaraciones radiales, el jefe de gabinete del PRO, Horacio Rodríguez Larreta, verdadero ejecutor de las políticas que acaso imagina su superior formal, el empresario Mauricio Macri, ironizó no sólo sobre la probidad intelectual del repuesto director del Hospital Argerich, Donato Spaccavento, sino también sobre la probidad moral del juez Roberto Andrés Gallardo, quien dispuso dos medidas cautelares que habilitaron al sanitarista a retornar a su puesto de trabajo. Rodríguez Larreta, además, se permitió la humorada de jugar con el apellido del médico: lo llamó Sccapavento (imitando a los redactores de un gran diario argentino, o quizá al revés) y actuando de facto como el ministro de Salud que la ciudad no tiene.

Rodríguez Larreta, hijo ideológico de Domingo Felipe Cavallo, cuestionó la decisión del juez, al considerar insólito el fallo de la justicia porteña. “La verdad es que esto es insólito: no hay ninguna duda de que el jefe de Gobierno tiene atribuciones para nombrar directores de hospitales”, dijo, y agregó, desconociendo flagrantemente la división de poderes, que “un juez no puede meterse en la atribución del poder ejecutivo”. A Rodríguez Larreta más le convendría, antes que opinar sobre cualquier cosa, leer alguna vez las fotocopias de la Política de Aristóteles y de sus sucesores en materia de derecho civil, Locke, Rousseau y Montesquieu. La ignorancia no es propiedad privada de los periodistas.

La hipótesis que podría explicar la animadversión de quien fuera segundo de la radical Cecilia Felgueras en el Pami contra el galeno, quizá venga de antes, y casi podría decirse con cierta seguridad, que a raíz de las sospechas que Spaccavento sembró sobre la ansiedad compulsiva que gana a Rodríguez Larreta cuando escucha la palabra señalética, un instrumental que supuestamente modernizaría la orientación espacio-temporal al interior de los hospitales y las escuelas públicas, que el PRO intentará licitar para cubrir un área que ya está cubierta con carteles, por el estado y de manera gratuita.

El Guasón (como lo llaman sus amigotes), soltó una muy sonora carcajada, anunció la intervención del hospital y se despachó con una boutade antológica: que para cubrir los puestos de los treinta y tres hospitales porteños cuyos directores presentaron la renuncia cuando subió al estrado Macri, “se hizo una selección como no se había hecho en décadas en la ciudad, se siguieron todos los pasos correspondientes a un concurso público y participó un jurado de notables. De hecho tengo entendido que Sccapavento participó y perdió en la selección”, apostilló con tonada jocosa.

Altas carcajadas, tan altas las carcajadas que ocultaron el dato que la intervención al Argerich, redactada por algún asesor de Macri, carece de validez frente a los dos fallos judiciales emitidos por el juez Gallardo, que también prohibió la entrada a la dirección del nosocomio a Néstor Pérez Baliño, director general del área sanitaria número 1, a riesgo de perder su libertad, razón por la cual (la intervención, prohibida por la Justicia), jamás se publicó en el Boletín Oficial: como en el caso del programa peatones a la fuerza, el cine de Mataderos reconvertido en un CGP y la confiscación de adoquines, los muchachos del PRO tienen el mismo respeto por la ley que caracterizó, en los años locos, a los muchachos de la Democracia Social del Almirante Cero.

En un reportaje publicado por la revista Zoom, Spaccavento contó que también en su momento se avino a la normativa y presentó su renuncia, pero desmintió que haya existido un concurso: “todo resultó un sainete, una fantochada, un arreglo previsto, sin veedores y con un jurado elegido a dedo para que decidiera Lemus. No armaron todo eso para echarme a mí. Sin embargo, aprovecharon para sacarme del medio. Entre los que decidieron bajarme el pulgar, además del ministro, que había dicho que nunca echaría a un tipo de mi experiencia, existen funcionarios que siempre aprecié pero que por mantener un cargo público, se venden al mejor postor (…) La aceptación definitiva de mi renuncia ocurrió días después de que yo denunciara el estado desastroso, en términos de insumos, del Argerich y del resto de los hospitales porteños. Después de criticar la decisión de centralizar en la jefatura de gobierno la compra de esos insumos, que todavía no llegaron a ninguna institución”. El resto, destacó, se trata de “las habituales mentiras de Larreta”.

Lemus habla pero parece hablado: “En diciembre (cuando el PRO se hizo cargo del gobierno comunal), encontramos impagas deudas de agosto que tuvimos que pagar con el presupuesto 2008. Por esta deuda los hospitales habían quedado sin stock”. El ministro se olvidó de decir que precisamente desde ese mes, su partido cogobernaba la ciudad con los restos del llamado telermanismo.

Spaccavento, por su parte, se olvidó de decir que excepto a otros dos directores, a uno por enfermedad y a otro por edad de jubilación, al único de los treinta y uno restantes que le aceptaron la renuncia fue a él: no hubo cientos de abnegados médicos que quisieran esos puestos, como la logorrea hizo decir al jefe de gabinete, secundado en esta parada, sí, por el rostro humano del PRO, Gabriela Michetti, nuestra Fátima de cabotaje, que firmó la designación como interventor de Pérez Baliño, y a quien Gallardo ahora denunció penalmente -en ausencia de Macri.

Pero tanto esfuerzo para nada, para perder y pasar vergüenza. Pérez Baliño, autorizado por la firma de Michetti como interventor del Argerich por designio de Michetti el pasado lunes, inmediato al viernes previo, cuando Spaccavento, acompañado por el magistrado y una guardia policial, se apersonaron en las oficinas de la dirección del hospital, haciendo efectiva la medida cautelar dos veces dictada.

En ese contexto, Pérez Baliño recurrió a Rodríguez Larreta, que volvió a ungirlo, de palabra y patoteando, interventor, para volver a ser depuesto y despedido no sólo por la guardia policial que protege a Spaccavento, sino también por el propio Spaccavento, que irrumpió a las patadas por una puerta lateral en una reunión, llamada sin su consentimiento, del Consejo Técnico Administrativo (CATA), el cuerpo de jefes de departamento que depende de la dirección del hospital. El médico echó a Pérez Baliño del Argerich y se comunicó con Gallardo, que reforzó la guardia, prohibió el ingreso del advenedizo a los despachos del director y autorizó un sumario interno contra el grupo de disidentes.

El sainete seguirá unos días: la supuesta humildad de la vicejefa de gobierno no es más que una estrategia publicitaria que oculta su verdadero desprecio a discutir políticas de fondo, aunque quizá esa sea la mejor manera de posicionarse como candidata a diputada porteña en el 2009, volviendo al llano, escondiendo que perdió la interna que ganó, por robo, El Guasón.

Simultáneamente, en la Argentina se acaba de publicar una de las primeras crónicas (acompañada por las fotografías de Jean Mohr), del narrador británico John Berger. En Un hombre afortunado, se cuenta la historia de un médico rural, un médico imposibilitado de lucrar con la muerte. En la enfermedad se rompen muchas conexiones. La enfermedad separa y fomenta una forma distorsionada y fragmentada de la identidad. Lo que hace el médico, a través de su relación con el enfermo y de esa intimidad peculiar que se le permite, es compensar la ruptura de esas conexiones y reafirmar el contenido social de la identidad quebrantada del paciente. Cuando hablo de una relación fraternal, o más bien de la profunda pero tácita expectativa de fraternidad del paciente, no me refiero a que el médico puede o debe comportarse como un hermano real. Lo que se le exige es que reconozca a su paciente con la certeza de un hermano ideal. La función de la fraternidad es el reconocimiento.

Ese reconocimiento y esa fraternidad que desconocen Lemus, Rodríguez Larreta, Michetti, y por supuesto, el actual jefe de gobierno, el hombre de negocios Mauricio Macri.

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