jueves, 29 de enero de 2009

Argentina: La profecía de Martín

Carlos del Frade (APE)

A nosotros nos decían que teníamos los “pantalones de oro”... Eramos ypfianos. Trabajábamos en la empresa más grande, importante y rica de América del Sur.

Apenas llegábamos a los bailes, sacábamos el carné o un escudito de YPF y los mostrábamos entre las mesas donde estaban sentadas las pibas... Ni cabecear necesitábamos. YPF te daba pinta, estatus y familia, si querías. Era un cheque al portador... y mirá ahora. Nos prometieron acciones, participación en las ganancias y nos quedamos sin nada. Lo único que nos quedan a los negros trabajadores ypfianos es, de vez en cuando, intoxicarnos con alguna pérdida de hidrocarburos, como esas manchas que a veces aparecen en el río -le contaba Martín Sotelo, ex empleado de Yacimientos Petrolíferos Fiscales, a este cronista cuando todavía tenía fuerza para seguir peleando por los dividendos que nunca les llegaron después del saqueo llamado privatización.

Sotelo eligió matarse. No aguantó tanto despojo. Del lado de adentro y del lado de afuera. Fue en la histórica ciudad de San Lorenzo, donde un general guaraní libró la primera batalla de la epopeya de liberación continental.

Los tanques y las grandes esferas de YPF ya no tienen la vieja sigla y el club que otrora imantaba a familias propias y ajenas, apenas funciona para unos pocos.

El petróleo y sus derivados hace rato que no le pertenecen a los argentinos.

Quedaron las sobras de mala calidad.

Quedaron los restos que contaminan a las hijas e hijos del pueblo.

Como decía Sotelo, su profecía se hizo verdad dolorosa y contundente.

“Lo único que nos dejaron fue la posibilidad de intoxicarnos de vez en cuando”, repetía Martín con su voz y garbo tanguero. A mí me dejó unos cuantos libros, decenas y decenas de presentaciones judiciales buscando cobrar eso que les prometieron y centenares de postales orales. Entre ellas, esta profecía. De vez en cuando los actuales dueños de la petrolera intoxican a los verdaderos y despojados dueños del oro negro.

Fue en la provincia de Buenos Aires, en la ciudad de Quilmes, donde la profecía de Martín volvió a convertirse en realidad.

“En el barrio La Ribera de Quilmes los vecinos viven sobre un colchón de hidrocarburos y, con impotencia, denuncian que padecen las consecuencias, especialmente en la salud de sus chicos. Casos de cáncer, malformaciones, tumores, enfermedades de la piel y respiratorias son parte de un largo listado de patologías que asocian a la mancha oscura que tienen a menos de un metro por debajo de sus pies impregnada en el agua subterránea. La contaminación tiene una larga historia: se inició hace veinte años cuando fue pinchado para robar combustible un poliducto de YPF S.A. que une la refinería que tiene la compañía -propiedad mayoritaria de la española Repsol- en Ensenada con el puerto de Dock Sud. El hidrocarburo se filtró silenciosamente y afloró, con la elevación de las napas en 2002. Hace cuatro años los pobladores del lugar -un asentamiento con casas de material y otras muy precarias-, ubicado entre el Río de la Plata y la Autopista, libran una pelea desigual contra la petrolera: reclaman la remediación del terreno afectado, su reubicación mientras se extiende el proceso y, sobre todo, una cobertura médica que les garantice la atención sanitaria que demandan las enfermedades que han ido aflorando, dicen, como el combustible, con el correr de los años y la exposición a compuestos peligrosos, algunos cancerígenos, presentes en el combustible derramado”, dice la noticia.

La confirmación de la bronca del viejo ypfiano.

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