lunes, 12 de enero de 2009

Argentina: Salvatajes, de Luis Viale a Macri

Oscar Taffetani (APE)

El cable dice que seis chicos de entre 13 y 1 años de edad murieron en el incendio de un edificio ocupado por cartoneros, en La Boca.

En ese edificio, emplazado en la esquina de Almirante Brown y Suárez, alguna vez funcionó la más importante sucursal del Banco de Italia y Río de la Plata. Todavía se advierte, en la cáscara que resistió a las llamas, el aire neoclásico que le habían dado sus constructores, albañiles frentistas -casi con seguridad italianos- de una buena época argentina.

Tras la cáscara -lo vieron los bomberos- había tabiques de madera y cartón; había veinte familias luchando por sobrevivir, reciclando la basura de los ricos, comiendo el avaro maná que no llega del cielo sino de la ciudad hostil, de la ciudad gringa, de esa única oportunidad que tienen de quedarse en este mundo, reflejo cruel de una mala época argentina.

"El director de Defensa Civil de la ciudad de Buenos Aires, Daniel Russo _-reproduce el cable- aseguró que las precarias condiciones en que residían los habitantes contribuyeron a que ocurriese una tragedia..."

El funcionario de Defensa Civil no defiende a nadie. Sigue las instrucciones del manual. Dice que la culpa la tienen los pobres, por vivir en la pobreza.

Si un juez o un fiscal le pidieran explicaciones, entonces deslindaría responsabilidades y diría que él no se encarga de relevar las condiciones habitacionales ni la seguridad de las construcciones. Así, mantendrá su puesto. Seguirá cobrando un buen sueldo por administrar el desamparo, por contemplar cómo en la selva de cemento (¡oh!) los más aptos sobreviven y los otros (¡ah!) se quedan por el camino.

La memoria que acosa

Maiacovski escribió una vez que nuestro planeta está poco preparado para la alegría. Nos apropiamos de su verso para decir que la Argentina, esta Argentina del siglo XXI, está poco preparada para la memoria. No resiste la revisión. No soporta el pasado.

En el pasado había, entre otras cosas, un país inmigrante, levantando con chapa acanalada y madera, junto a la ribera del Riachuelo, el sueño de una vida mejor, para la propia familia y para todos.

Así se fue haciendo La Boca, con ese sueño de obreros masones, socialistas y anarquistas, construyendo sus casas humildes y dignas, avanzando de distintas maneras en un proyecto de redención y emancipación social.

Dos datos entre muchos: el primer diputado socialista de América fue Alfredo Palacios, elegido por la 4ª Circunscripción de La Boca en 1904. Y una de las primeras asociaciones mundiales de bomberos voluntarios funcionó en La Boca a partir de 1884. Es que allí, con casas de chapa y madera, se precisaba el compromiso activo de los vecinos, para proveerse de la asistencia y los cuidados que el Estado no daba.

Actualmente, La Boca es un barrio pintoresco. Una atracción turística de Buenos Aires. Vengan a ver la calle Caminito, sus casas pintadas de vivos colores. Aquí nació el tango, etcétera.

Pero eso es una ficción. Porque la realidad son veinte familias de cartoneros (parte de los 200 mil habitantes precarios de la ciudad de Buenos Aires) obligados a reciclar como vivienda el edificio abandonado de un banco; veinte familias que cualquier noche, por descuido, sucumben a su misma precariedad. Y entonces una bóveda bancaria puede convertirse en bóveda mortuoria para seis pibitos de los que el Estado no tenía noticias.

Responsabilidad Social Empresaria

Luis Viale era un xeneize (genovés) nacido en Chiavari en 1815. Llegó al país como parte de la gran ola inmigratoria en la segunda mitad del siglo XIX. Hay registros de su paso por la provincia de Corrientes y por San Nicolás de los Arroyos, antes de establecerse en Buenos Aires.

De familia acomodada, Viale participó con su capital personal de distintos emprendimientos, entre ellos el Hospital Italiano y el Banco de Italia y Río de la Plata (sí, el mismo banco donde ayer murieron calcinados seis niños).

Además, fue fundador de una de las primeras sociedades de socorros mutuos del país (Unione e Fratellanza) e integró la logia Unión y Amistad de la masonería local.

Cuando se declaró la epidemia de fiebre amarilla en la ciudad, a fines de la década de 1860, Viale trasladó a su familia a una quinta de Moreno y él se anotó como voluntario en los hospitales. Aún no había "Responsabilidad Social Empresaria". Pero sí había un compromiso activo de hombres y mujeres, para que el sueño de una Argentina próspera y justa no se cayera.

Quiso la historia que Luis Viale, entero, quedara resumido en un gesto, en un acto de generosidad y renuncia.

Siendo pasajero del paquebote de recreo América que se dirigía a Montevideo, en la Nochebuena de 1871, debió afrontar el naufragio de la nave a la altura de Punta San Gregorio, en un embravecido río de la Plata. Cuenta la leyenda -reafirmada por los testimonios- que la señora Carmen Pinedo de Marcó del Pont, embarazada, no contaba con un salvavidas al abandonar la nave, y que Luis Viale decidió entregarle a esa señora su propio salvavidas. La señora Marcó del Pont y su hijo sobrevivieron. Luis Viale fue uno de los 110 muertos de ese naufragio.

El gesto del banquero Viale fue recordado con la escultura que todavía hoy se yergue en la Costanera Sur de Buenos Aires, obra del escultor italiano Eduardo Tabacchi inaugurada en 1882.

Coincidencias y paradojas

El mismo día del incendio del ex Banco de Italia en La Boca, se declaró un fuego importante, con un frente de 100 metros, en la Reserva Ecológica porteña. Pronto estuvieron allí dotaciones de bomberos, ambulancias del SAME y funcionarios de distinto rango.

En un tiempo decían que los incendios de la Reserva eran intencionales y eran instigados por el lobby inmobiliario que apetecía esas tierras públicas con vista al río. Luego, el lobby inmobiliario -con la complicidad de legisladores venales que autorizaron su construcción- levantó varias torres de departamentos frente al manchón verde de la Reserva, sin necesidad de quemarla.

La calle que pasa junto a las torres se llama Azucena Villaflor, en homenaje a una hija y madre de obreros de Avellaneda que fue secuestrada y asesinada en la ESMA, en tiempos de la última dictadura.

Uno de los encargados de aquel asesinato fue el coronel del Ejército Roberto Roualdés, fallecido impune, quien por entonces compartía la denominada Comisión para el Saneamiento del Riachuelo con el empresario Franco Macri, padre del actual jefe de gobierno de la ciudad.

El negocio del Riachuelo, en aquel momento, era el dragado, la remoción de barcazas fondeadas y la venta de la chatarra. Después, el negocio (o negociado) fue la administración de los créditos internacionales otorgados para el saneamiento. Actualmente, el negocio es inmobiliario.

El Estado porteño donó tierras junto al río de la Plata, en la Costanera Sur, para que se construyera la Ciudad Deportiva del club Boca Juniors. Aquel complejo nunca se terminó ni se habilitó. Entonces, el club xeneize, de la mano del ingeniero Mauricio Macri, vendió esas tierras que la ciudad le había regalado al consorcio inmobiliario IRSA.

Luego, a pedido del comprador (esto se publicó en los diarios), erradicó la incipiente villa "Rodrigo Bueno", formada por cartoneros y gente sin techo en terrenos lindantes con la Reserva Ecológica.

Algo semejante pasó con los terrenos de la ex Casa Amarilla, pertenecientes al antiguo Ferrocarril Sur y al gobierno de la ciudad. Hubo un convenio con el club Boca Juniors que nunca llegó a cumplirse en su totalidad.

Las equivocaciones -y los costos- de esas operaciones corren siempre por cuenta del Estado; del Estado entendido como máquina de hacer negocios y amasar fortunas personales.

Mientras tanto, los pobres y excluidos de la ciudad crecen. A la sombra, en las grietas y rincones, en los lugares a donde no llegan los inspectores, crecen. Su vida pasa de desalojo en desalojo, al ritmo de los negocios inmobiliarios.

Un Luis Viale patético, de bronce, clavado en la intersección de Azucena Villaflor y el Boulevard de los Italianos, contempla la escena.

Si pudiera, arrojaría el salvavidas, su propio salvavidas, para rescatar por lo menos a un náufrago. Pero no puede, porque es sólo una estatua.

Al otro Luis Viale, al de carne y hueso, al que surge de las crónicas y relatos, lo vemos lleno de ira y dolor, maldiciendo a los seudo empresarios y seudo gobernantes de esta mala época argentina.

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