martes 6 de enero de 2009

Codicia, regulación o capitalismo (Parte II)


Claudio Katz (especial para ARGENPRESS.info)

El agravamiento de la crisis ya forma parte del paisaje cotidiano. Los informativos invariablemente incluyen el desmoronamiento de algún banco, el desplome de las Bolsas y anuncios de masivos despidos. La intensidad del temblor está a la vista, pero sus causas permanecen en la oscuridad. Las explicaciones neoliberales y keynesianas que ocupan la primera plana, no aportan respuestas significativas.

“Financiarización”

La gravedad de la crisis ha recreado el interés por la interpretación marxista, que postula el carácter intrínseco de los desequilibrios capitalistas. Este enfoque rechaza las interpretaciones psicológicas o naturalistas y subraya la gravitación que tiene la rivalidad por el beneficio en el estallido de esas conmociones. Partiendo de este principio hemos resaltado dos causas específicas del temblor en curso (sobre-acumulación y sobreproducción) y un detonante (encarecimiento de las materias primas). (13)

La crisis de sobre-acumulación se gestó junto a la enorme masa de liquidez agolpada en la esfera financiera. Estos fondos quedaron desconectados de la acumulación productiva y se transformaron en capitales ficticios carentes de contrapartida real. El rendimiento que devengó la actividad financiera potenció, a su vez, una atrofia que condujo al desmoronamiento de los bancos. (14)

Este proceso de sobre-acumulación presenta tres singularidades. En primer lugar, incluye sofisticadas modalidades de securitización y apalancamiento. Al titularizar la colocación de bonos emitidos sobre otros bonos, los banqueros empapelaron el planeta con papeles vulnerables. Perpetraron esta transferencia del riesgo envolviendo los títulos más insolventes en paquetes fragmentados. Estados Unidos exportó por esta vía la mitad de sus títulos tóxicos, colocando especialmente CDS y CDO (seguros del sofisticado combo financiero). Las municipalidades, universidades o fondos de pensión que adquirieron estos documentos -atraídos por su alto rendimiento- deben responder ahora con sus propios activos por esas operaciones.

La mundialización de los desequilibrios financieros constituye el segundo rasgo de la crisis de sobre-acumulación. Desde los años 80 los capitales excedentes se volcaron a innumerables mercados, provocando el colapso de las Sociedades de Ahorro y Préstamo de Estados Unidos, el sacudón del sistema monetario europeo y el temblor bancario japonés. Posteriormente precipitaron la tormenta del sudeste asiático (1994-95) y el terremoto global, que sucedió a la caída del fondo LTCM vinculado a inversiones en Rusia (1998). Ya aquí el descontrol sobre títulos derivados influyó sobre el alcance de dos estallidos, que presagiaron el desmoronamiento actual.

La expansión de las finanzas personales constituye la tercera singularidad de la financiarización reciente. Este esquema generó lucros adicionales con los ingresos de los trabajadores, mediante el desbordante otorgamiento de créditos para solventar la vivienda, la educación o el consumo corriente. Por esa vía los asalariados se transformaron en clientes sofocados por cuotas insostenibles. La crisis justamente estalló con una variante crítica de estos préstamos, concedida a los perceptores de ingresos irregulares o muy bajos.

Este tipo de negocios se montó en las condiciones de cierta estabilidad política y social que generó la ofensiva neoliberal del capital. La crisis actual se forjó durante ese período, que consagró la hegemonía de los banqueros. Esta supremacía no es un dato de arrastre, ni proviene de principio del siglo XX. Se consumó con el aval de otros sectores de las clases dominantes, que renunciaron a tajadas del beneficio para apuntalar la ofensiva contra las conquistas sociales que impuso el ajuste financiero.

Este esquema recompuso la tasa de explotación, mediante la disciplina que instauró la gestión de la empresa, orientada por los rendimientos bursátiles de corto plazo. El agotamiento de este curso amenaza, ahora, los privilegios obtenidos por los banqueros. (15)

La crisis de sobre-acumulación ya provocó una descomunal limpieza de los capitales excedentes que circulan en la Bolsa. Aunque este derrumbe involucra capital ficticio y no poder de compra real, los 30 billones de dólares esfumados en los últimos doce meses son indicativos de la depuración en marcha. En este mismo período las acciones cayeron un 30-40% en Estados Unidos y Europa y entre 44% y 70% en los restantes mercados. Estos porcentajes se aproximan al traumático 75% que se registró entre 1929 y 1932. (16)

Al observar respiros en semejante picada bursátil o tenues reducciones en las altas tasas interbancarias, algunos financistas evalúan que “lo peor ya pasó”. Pero en realidad, el pánico se ha trasladado a la esfera productiva.

El test automotor

El desborde de capitales financieros no obedece exclusivamente a su autonomía de la órbita productiva. También expresa un generalizado excedente de mercancías. Esta sobreproducción es la principal causa de la crisis actual. En última instancia, todos los títulos privados se comercializan como promesas de las ganancias generadas en la actividad industrial o los servicios. La desconfianza en la compra-venta de esos papeles se ha multiplicado, porque ahora trastabillan las ventas que realizan los beneficios creados con la explotación de los asalariados.

El sobrante de bienes expresa la existencia de aumentos en la producción (y la productividad) que superan el poder de compra. La sobreproducción irrumpió primero en el sector de la construcción, con la multiplicación de viviendas inaccesibles a sus potenciales adquirientes. Este problema se acentúa ahora con masivos desalojos que dejan las casas sin ocupar. Este proceso fue aceitado con créditos de alto riesgo, pero obedece a una tendencia subyacente del capitalismo a la sobreproducción. (17)

La burbuja inmobiliaria ha reproducido la euforia que acompañó a las acciones tecnológicas, durante el furor de inversiones en chips y computadoras de principio de los 90. En realidad, desde el crack ferroviario de mitad del siglo XIX todas las oleadas especulativas de cierta significación se han basado en el lucro creciente que rodea a cierta actividad.

Pero los capitalistas nunca pagan las consecuencias de estos vaivenes. La burbuja inmobiliaria norteamericana convertirá a 7,3 millones de propietarios en deudores morosos y dejará sin vivienda a 4,3 millones de personas. Hasta ahora no se aprobó ningún plan para frenar esta confiscación. Sólo existen vagas normas para prorrogar los pagos de los insolventes que demuestren su intención de saldar la hipoteca. Esta penalización de las victimas en pleno salvataje de los banqueros es un rasgo escandaloso de la crisis actual.

La saturación de bienes se extiende a todos los sectores, pero golpea especialmente a la industria automotriz. Cómo el desplome de las ventas ha creado un stock inmanejable, General Motors, Chrysler y Ford se encuentran al borde de la bancarrota. Este sector emplea directamente a 2,2 millones de trabajadores y brinda ocupación indirecta a un número semejante de asalariados.

Este dramático impacto social no alteró la cautela de Bush a la hora de auxiliar a estas corporaciones. Esta inacción contrasta con el automático socorro que recibieron los bancos. Esta diferencia obedece a la preeminente influencia de los financistas y a una demanda de ajuste contra los obreros, que reclama todo el establishment. Los legisladores han explicitado las reducciones de salarios, los despidos y la flexibilidad laboral que exigen como contrapartida del auxilio estatal.

La negociación con los sindicatos apunta a equiparar inmediatamente los salarios en las tres corporaciones con los niveles inferiores vigentes en otras compañías (Nissan, Toyota). El objetivo es adaptar luego este recorte al promedio internacional, a través de achicamientos, que comenzaron con reducciones de indemnizaciones y jubilaciones.

Esta agresión ilustra en forma contundente el carácter capitalista de la crisis y la tendencia a zanjarla desvalorizando la fuerza de trabajo. Por esa vía las empresas norteamericanas pretenden revertir su pérdida de competitividad y su retraso en la innovación (autos más pequeños y eléctricos). Esta reconversión no opone en bloque a la industria estadounidense y foránea. Más bien apunta a inducir nuevas asociaciones entre ambos sectores.

Si esta arremetida patronal prospera, sus efectos se extenderán a otras actividades. El test automotor fue anticipado por la reorganización perpetrada en el sector aeronáutico y será un ensayo de la cirugía general, que se prepara en toda la industria norteamericana.

Sobreproducción global

La misma sobreproducción que afecta a las plantas foráneas de General Motors, Ford y Chrysler (especialmente en Canadá e Inglaterra) deteriora el balance de Toyota, Suzuki y Nissan y en breve golpeará a las empresas europeas. Este impacto ilustra el carácter internacional de la plétora de mercancías. Para modernizar su producción, las automotrices reorganizaron drásticamente sus métodos de producción durante la década pasada. Esta adaptación de costos condujo al actual sobrante de vehículos.

También en la rama automotriz se gestó el modelo de competencia global en torno a salarios descendentes, que potenció la irrupción del polo asiático. Al cabo de varios de años de inundación de productos baratos, todos los rincones de la economía global se encuentran abarrotados de mercancías.

Esta sobreproducción es consecuencia directa de la creciente localización de las empresas trasnacionales en China, que aprovecharon la revolución del transporte y las comunicaciones para lucrar con la fuerza de trabajo barata, que abunda en el Extremo Oriente.

El exceso de mercancías ya se observa, además, en otros rubros (textil, electrodomésticos) y tiende a provocar un significativo desplome de los precios. Esta caída comenzó a insinuarse en la órbita industrial a partir de la crisis asiática (1997), pero quedó inicialmente ensombrecida por la escalada inflacionaria que impusieron los combustibles y los alimentos. Con la maduración de la crisis el viraje deflacionario tiende a consolidarse. (18)

Las irrisorias tasas de interés no logran revertir esta espiral descendente, ya que el reducido costo del dinero muestra poca incidencia sobre el nivel de actividad. De todos los indicadores que mensuran la intensidad de la recesión (nivel de la tasa interbancaria, caída de precio de la vivienda, contracción del gasto del consumidor), la variable más crítica es la deflación. Si la declinación de los precios no es contenida quedará abierto el camino hacia la depresión.

La sobreproducción en curso presenta significativas diferencias con su antecedente de fines de los 60. En ese momento el resurgimiento de la economía japonesa y alemana abarrotó de productos el mercado mundial, precipitando el agotamiento del esquema fordista de posguerra.

Pero esa crisis fue sucedida por una reorganización neoliberal, que permitió a las empresas transnacionales fabricar en Asia parte de los productos consumidos en Occidente. Este proceso desvalorizó los viejos sobrantes de mercancías, reordenó los mercados, penalizó a ciertos capitalistas y generó los nuevos productos adicionales que atiborran el mercado mundial

El papel de las materias primas

Otro desencadenante de la crisis actual fue el encarecimiento de los insumos básicos registrado en los últimos seis años. Este repunte descontroló los costos y generó una presión inflacionaria que afectó la rentabilidad. Las empresas acostumbradas a competir bajando precios, no lograron adaptarse al petróleo despistado, los metales impagables y los alimentos en ascenso.

Pero esta presión inflacionaria no constituye una explicación de la crisis equiparable al proceso de sobre-acumulación de capitales o sobreproducción de mercancías. Mientras que estos dos fenómenos expresan contradicciones intrínsecas del capitalismo, la subproducción de materias primas representa una perturbación secundaria del sistema. Irrumpe por la escasa adaptación de estos recursos al incremento de la productividad, en comparación a los bienes industriales.

Los precios de las materias primas treparon en los últimos años por la presión de los especuladores, que intentaron compensar el desplome bursátil y bancario con la adquisición de bienes básicos. Esta oleada de compras divorció las cotizaciones de los insumos de su oferta y demanda genuina. Los fondos de inversión apostaron a una crisis corta que mantendría la apreciación de estos productos, pero el descalabro financiero terminó afectando su propia jugada. Los precios de los cereales cayeron a la mitad y la OPEP no ha logrado impedir que el petróleo vuelva al piso de años anteriores.

Resulta igualmente difícil presagiar la evolución de estos mercados. La novedosa incidencia que ejerce la depredación del medio ambiente sobre el vaivén cíclico de estos productos, acrecienta esa indeterminación. La destrucción capitalista de la naturaleza podría provocar una escasez estructural de recursos no renovables, cuya sustitución requerirá grandes inversiones, que en la crisis se han tornado inciertas. La continuada prioridad que asigna el Pentágono a las guerras por el abastecimiento de estos insumos es un índice de esa indefinición.

En este plano, el principal conflicto gira en torno a la sustitución del crudo por las energías no contaminantes. El influyente lobby petrolero-militar indujo a Bush a reforzar la dependencia del combustible importado, en un contexto de escasos descubrimientos, encarecimiento de la extracción y sangrientas batallas en las regiones más apetecidas de África, Medio Oriente y Asia Central. Obama ha prometido transitar el sendero opuesto, pero el nuevo un escenario de estancamiento productivo y abaratamiento del petróleo conspira contra sus proyectos. (19)

La coyuntura empuja hacia la depreciación de las materias primas, pero la evolución ulterior de estos precios es una incógnita. En cualquier caso, estos bienes no quedarán atados a un patrón de inexorable deterioro de los términos de intercambio. Numerosos estudios refutan la teoría de ese retroceso secular. Se han verificado tendencias inversas o ciclos cambiantes en ambas direcciones. Cómo los insumos básicos tienen mayor dificultad para amoldarse al incremento de la productividad, su encarecimiento es periódicamente contrarrestado con oleadas de tecnificación, que afianzan la oscilación de estos precios. (20)

Este vaivén afecta a los países periféricos que invariablemente padecen la oleada descendente y nunca aprovechan la fase inversa para reducir su dependencia de las exportaciones básicas. Esta adversidad se repite en la coyuntura actual, pero acentuando la subdivisión entre un grupo emergente de economías semiperiféricas y el grueso de los empobrecidos del Tercer Mundo.

Consumo mundial polarizado

La crisis actual podría explicarse también por la contracción de la demanda. Al expandir la desigualdad social, el neoliberalismo impuso restricciones al poder de compra en forma directa (contracción de los salarios) e indirecta (inestabilidad del empleo y aumento de la informalidad). La sobreproducción generada durante este período puede ser vista como una crisis de realización, que obstruye la concreción del valor mercancías, cómo resultado de limitaciones vigentes en la esfera del consumo.

Estos obstáculos obedecen a la caída porcentual de los salarios en el ingreso total de las economías avanzadas. La ampliación del desempleo condujo a reemplazar el modelo de aumento de sueldos por debajo de la productividad por un esquema de agobiante congelamiento. También el estallido de los créditos subprime refleja la fractura social, que separa a los norteamericanos en un 90 % de empobrecidos deudores y un 10% de opulentos acreedores. (21)

El exceso de productos y las limitaciones del consumo constituyen dos caras de una misma moneda, pero la gravitación de ambos procesos es conceptualmente desigual. Mientras que la sobreproducción constituye la fuerza rectora de las disrupciones que conmueven al capitalismo, las restricciones de la demanda conforman un efecto derivado. El sobrante periódico de bienes es la principal contradicción de un sistema regido por rivalidades entre empresarios, que impiden adaptar la cantidad y el tipo de los bienes fabricados a las necesidades sociales. Este desequilibrio distingue al capitalismo de la subproducción crónica que afectaba a los regímenes precedentes.

La competencia por fabricar con mayor productividad y menores costos es más determinante de las crisis, que los obstáculos interpuestos al consumo de esos bienes. Mientras que el capitalismo recurre a numerosos instrumentos para contrarrestar este segundo desequilibrio, tiene escasas herramientas para atenuar la despiadada pugna por el beneficio. Los desajustes que impone la sobreproducción determinan los desequilibrios que acompañan a las crisis de realización.

En este terreno lo más significativo no ha sido la contracción general del poder adquisitivo, sino la fractura global de la demanda. El esquema de altos consumos norteamericanos de productos asiáticos (financiados por el resto del mundo) incluyó la expansión del consumo en la metrópoli. Esta ampliación se sustentó en una desenfrenada dilatación del endeudamiento. Los pasivos de los particulares aumentaron en Estados Unidos del 47% del ingreso personal (1959) al 117% (2007) y del 25% del PBI al 98% del PBI. (22)

En términos generales el consumo norteamericano se ha duplicado en comparación a los años 70. Es indudable que una porción de ese gasto fue sostenido por la elite de los enriquecidos, pero otro segmento igualmente relevante ha sido solventado por los trabajadores, con más horas de trabajo y labores complementarias del núcleo familiar.

Este modelo de consumo internacional polarizado ha quedado muy vapuleado por la crisis. La expectativa de corregirlo con mayor demanda asiática y creciente austeridad occidental ha perdido fuerza con la inviabilidad del desacople. Mientras que el volumen de compras anual de 1300 millones de chinos moviliza 1,2 billones de dólares, las adquisiciones de 300 millones de norteamericanos involucran 9,7 billones de dólares. Es obvio que cualquier cambio de estas proporciones será un largo y traumático proceso.

La fuerte caída del consumo norteamericano o europeo no tiende a mejorar las compras de la periferia. Al contrario, el incremento de 40 millones de hambrientos registrado durante el 2008 (que elevó ese total a 963 millones de individuos) es un anticipo de los sufrimientos que padecerá el Tercer Mundo. Gran parte del consumo faltante en la periferia inferior del planeta se dilapida en las economías centrales, agravando la brecha que separa a las regiones desguarnecidas de zonas que concentran la opulencia.

La estrechez de la demanda es una contradicción importante pero complementaria de la sobreproducción. Es importante registrar la jerarquía y la convergencia de ambos desajustes, para analizar los desequilibrios variados que afectan al capitalismo contemporáneo. (23)

¿Qué tipo de caída de la tasa de ganancia?

El desplome de la tasa de ganancia es otro indicador categórico de la magnitud de la crisis. Esta declinación fue anticipada y retroalimentada por el desmoronamiento de Wall Street y se verificará en próximos balances de las corporaciones. Con esta caída se revierte la significativa recuperación de la rentabilidad, que impuso desde mediados de los años 80 la ofensiva del capital sobre el trabajo. Varios teóricos marxistas han estimado la magnitud de ese repunte, en sus estudios de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. (24)

Este principio postula que el nivel del beneficio obtenido por los capitalistas tiende a declinar junto con los aumentos de la inversión, que reducen la proporción del trabajo vivo (directamente realizado por los asalariados) en comparación al trabajo muerto (ya incorporado en la maquinaria o en las materias primas). Como la plusvalía que nutre a la ganancia se genera en el primer ámbito, el incremento de la capitalización desemboca en una contracción porcentual del beneficio. ¿En qué medida la crisis actual confirma ese postulado?

Un terreno de indirecta corroboración es la dependencia que ha demostrado la acumulación de la explotación inmediata de los asalariados. El giro estratégico de las grandes corporaciones hacia el continente asiático, puso en contacto al capital con la mayor dotación de fuerza de trabajo barata del planeta. Este viraje no se hubiera producido, si las ganancias de las empresas se nutrieran primordialmente de la robotización o de las actividades calificadas.

Pero la explicación de la crisis actual, como un resultado del deterioro de la tasa de ganancia que genera la ascendente productividad, es muy controvertida. Requiere suponer que esa declinación se arrastra desde hace tiempo, en contraste con la evidente recuperación que tuvo la rentabilidad bajo el neoliberalismo. Desconocer este dato, o afirmar que ese beneficio se mantuvo por debajo del promedio prevaleciente en la posguerra, conduce a una interpretación forzada de la ley de Marx. (25)

Este principio no exige postular una caída permanente del porcentaje del lucro patronal, puesto que una situación de ese tipo imposibilitaría la continuidad del capitalismo. La ley de la tendencia decreciente no opera en flecha, ni explica todos los vaivenes de la acumulación. Constituye tan solo un determinante de las crisis, con variada gravitación en cada convulsión del sistema. Su utilidad para explicar la depresión del 30 o la contracción de mitad de los 70, no le otorga jerarquía absoluta para caracterizar el desplome actual.

La tasa de ganancia ascendió durante la posguerra, declinó en los años 70, recuperó margen en las décadas posteriores y vuelve a desplomarse en la actualidad. En los períodos de contracción del beneficio opera con plenitud la ley de Marx y en las etapas de recomposición de esa ganancia prevalen las fuerzas que contrarrestan su incidencia. Desde mitad de los años 80 hasta la crisis actual predominó este segundo contexto, como consecuencia del reforzamiento de la explotación, la reducción de los salarios y el abaratamiento de ciertos insumos.

Si se otorga primacía interpretativa a la ley para analizar el período en curso hay que asignar una relevancia equivalente a los procesos de inversión, que determinan la contracción porcentual del beneficio. Esta caracterización supondría postular que el neoliberalismo estuvo precedido o signado por altos gastos en maquinaria y gran modernización industrial. Sostener este diagnóstico es muy difícil.

Quizás el mayor inconveniente para aplicar la ley de la tendencia decreciente al contexto actual proviene de la novedosa segmentación de rentabilidades, que se observa entre los sectores domésticos y mundializados del capital. Estas brechas son muy significativas en el caso norteamericano. Mientras que las empresas globalizadas tuvieron lucros elevados, las compañías exclusivamente nacionales lograron parcos beneficios.

La reducción porcentual del trabajo vivo -que aporta la fuente directa del beneficio- socava la tasa de beneficio. Pero esta contradicción se desenvuelve en torno a la gestación, maduración y estallido de la sobreproducción. El estudio de esta conexión es una asignatura pendiente de la economía marxista.

Ver también:
- Codicia, regulación o capitalismo (Parte I)

Notas:
13) Katz Claudio. “Lección acelerada de capitalismo”, www.lahaine.org/katz (4-10-08), Inprecor 541-542, septiembre-octubre 2008, www.internationalviewpoint.org/spip.
14) Las características de estos procesos son descriptas entre otros por: Rude Christopher, “El rol de la disciplina en la estrategia imperial. El Imperio Recargado, CLACSO, Buenos Aires, 2005. Bryan Dick, “The inventiveness of capital”, 13 Jul 2008, www.workersliberty.org y Chesnais Francois, “Alcance y rumbo de la crisis financiera”, 25-1-08, www.vientosur.info/documentos.
15) Hemos retratado este modelo en Katz Claudio, “Enigmas contemporáneos de las finanzas y la moneda”, Revista Ciclos, n 23, 1er semestre 2002, Buenos Aires.
16) Clarín, 23-11-08.
17) En esta caracterización plantea: Caputo Leiva Orlando, “La economía mundial: la crisis inmobiliaria de Estados Unidos”. Seminario Taller del Ministerio del Poder Popular para la Planificación y el Desarrollo con Economistas Internacionales, Caracas, 27 al 31 de marzo de 2008.
18) Este proceso ilustra: Aglietta Michel, Berrebi Laurent. Desordres dans le capitalisme mondial, Odile Jacob, Paris, 2007, (Introducción).
19) Amin describe las tendencias bélicas y Klare la complejidad de los dilemas petroleros. Amin Samir “Financial collpase, systemic crisis?”, World Forum of Alternatives, Caracas 2008. Klare Michael, “Mauvaises nouvelles a la pompe”, Inprecor 536-537, mars avril 2008.
20) Entre 1876-80 y 1928-29 la mejora de términos de intercambio fue de 20-40% y desde 1956 hasta 1962 predominó un deterioro, que invirtió en 1968. El reciente ascenso (2002-2007) sucedió a la caída de los años 90. Bairoch, Paul El tercer mundo en la encrucijada: el despegue económico desde el siglo, XVIII al XX Alianza, Madrid, 1973, (cap 13).
21) Para conjunto de G 7 la parte salarial en el valor agregado pasó de 66,5% (1982) a 57,2% (2006) Husson Michel, “La lignes de fracture”, Politis n 990, 21-2-08.
22) Clarín, 9-12-08.
23) La conmoción en curso debe ser vista como una reproducción ampliada de todas las contradicciones que corroen al sistema. Este enfoque metodológico fue sugerido por Bujarin y desarrollado por Mandel. Bujarin Nikolai, El imperialismo y la acumulación de capital. De Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973. Mandel, Ernest, El capitalismo tardío, ERA, México, 1978, (cap 1).
24) Hemos recogido e interpretado esta indagación en: Katz Claudio “Una interpretación contemporánea de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”. Herramienta n 13, invierno 2000, Buenos Aires.
25) Es el inconveniente que presenta la caracterización de Castillo José. “Crisis económica mundial en el marco de 40 años de crisis crónica del capitalismo”, www.aporrea.org/temas 07/11/08


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.