jueves, 15 de enero de 2009

Cuba y la emigración: Sin deshojar margaritas

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

En su obsesión por destruir la Revolución, las criminales medidas de Bush contra la familia cubana, afectaron sensiblemente los viajes a la Isla y los intercambios por donde transitaban y se consolidaban los procesos de reconciliación y normalización de los vínculos entre la Nación y su emigración. Fue la tercera vez.

Por haber convertido las emigración desde Cuba en el principal instrumentos de la lucha contra la Revolución y de reclutar a los cubanos emigrados como fuerza armada para llevar a cabo las acciones terroristas y las agresiones que configuraban la política de Estados Unidos contra Cuba, tácitamente se estableció que la salida del país era una ruptura que dio lugar al concepto, aunque históricamente justificado probablemente anacrónico de “salida definitiva”.

En un contexto en el que además de las manipulaciones de la emigración estaban presentes la actividad subversiva y el bloqueo que prohibía en aterrizaje de naves cubanas en Estados Unidos y viceversa, naturalmente no existían viajes. Semejante situación que afectaba a los cubanos residentes en Estados Unidos y a sus familiares en Cuba, configuraba un cuadro humano que afectaba a millones de personas.

Ante la feliz circunstancia de que un grupo de jóvenes que fueron sacados de Cuba siendo niños reivindicaron su inocencia y, convertidos en adultos reclamaban su derecho a, confrontando a sus familiares en Estados Unidos, exponiéndose a la ira y a las represalias de la contrarrevolución e incluso del gobierno norteamericano, reclamaron su derecho a restablecer los contactos con su país de origen, el gobierno cubano dio pasos al encuentro y se concretaron los “Diálogos de 1978”, sostenidos entre aquellos jóvenes, otros emigrados y Fidel Castro.

Los diálogos de 1978, de los que acaban de cumplirse 30 años, fueron el momento más fecundo, emotivo y relevante de las relaciones entre Cuba y sus emigrados y significaron el inicio de una política que desplegada a plenitud debía conducir a la normalización de las relaciones entre la Nación cubana y sus emigrados.

Naturalmente que semejante proceso no podía limitarse a quienes salieron de Cuba siendo niños, sino que abarcó a todos los residentes en el exterior, dando lugar al evento político y humano más importante: el inicio de las visitas de los emigrados a Cuba, que en 1979, el primer año pasaron de cien mil.

Mientras la normalización caminaba sus propios caminos, la hostilidad norteamericana y su empecinamiento en usar como arma política los procesos migratorios no cesaba. En 1980 tuvieron lugar los sucesos de Mariel que, a pesar de resultar traumáticos, dieron lugar a los acuerdos migratorios de 1984, en virtud de los cuales Estados Unidos aceptó negociar con Cuba y adoptar acuerdos para la emigración legal y ordenada.

Aunque se trató de un hecho positivo, aquel acuerdo no pudo sobrevivir a una agresión de las dimensiones de la salida al aire de Radio Martí en mayo de 1985, ocasión en que el gobierno cubano suspendió su ejecución, hecho que afectó también los viajes de los emigrados a la Isla que sufrieron su golpe más rotundo cuando Bush redujo a la mínima expresión los viajes de los cubanos residentes en Estados Unidos a la isla y canceló los intercambios académicos, religiosos, culturales deportivos y de todo tipo.

Ante la expectativa de que la nueva administración encabezada por Barack Obama suspenda las injustificadas y crueles restricciones contra la familia cubana; tanto ante Cuba y sus autoridades como ante los emigrados que confrontan el bloqueo y condenan las agresiones, promueven una relación respetuosa y normal con el país se plantea la tarea historia de qué hacer para que no haya una próxima vez.

No hay que deshojar margaritas sino tomar las conquistas alcanzadas en los diálogos de 1978 y las reflexiones de la Conferencia de la Nación y la Emigración en 1994 como bases y, mediante políticas tan serias como audaces e imaginativas, avanzar hasta cruzar líneas de no retorno. Las bases están creadas y no por gusto la ocasión la pintan calva.

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