lunes, 12 de enero de 2009

Del socialismo real: La sacralización del poder

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Ser minoría u oposición es el estado perfecto del demócrata. Lenin lo era. A los 25 años debutó en la política madura. Entre preso, deportado y exiliado pasó alrededor de 20 años. Ejerció el poder por unos siete años y murió con 54. A sus enemigos de clase se suman los adversarios en las filas propias.

Por las condiciones en que vivió y por el carácter de su lucha y de sus esfuerzos, se habituó a la transparencia, al debate y a la reflexión; a la defensa apasionada de sus opiniones en artículos, libros, congresos y discursos, adaptándose a convivir con sus adversarios.

Aquel estilo de vida esencialmente tolerante lo acompañó al poder que ejerció desde el cargo de Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo (gobierno), reservando para desempeñar su papel de líder del pueblo, la clase obrera y la revolución, al Partido Bolchevique en el cual no ocupó cargo alguno, entonces, en aquel partido no existían aparatos ni cargos.

Al asumir el poder Lenin utilizó al gobierno y a sus altos funcionarios como un aparato ejecutivo, destinado a cumplir los objetivos y las tareas que el partido definía como prioritarias. No obstante, ser un hombre enérgico y capaz de ejercer la autoridad, se desempeñaba mejor cuando se trataba de debatir, explicar y convencer, para lo cual poseía dotes excepcionales.

Encamado, aislado y sin habla, presintiendo el final de su vida, el líder bolchevique que veía prosperar tendencias negativas en el seno de la dirección soviética, en particular la lucha por la sucesión entre Stalin y Trotski, realizó un tardío y patético intento por salvar la Revolución Bolchevique, incluso creyó poder hacerlo implantando un sistema de inspección obrera, ampliando con 100 obreros el Comité Central y dictando un testamento. Stalin lo impugnó.

Lenin nunca sobrestimó sus posibilidades, no ignoró a sus colaboradores ni suplantó estructuras creadas por la revolución, respetó la opinión de sus allegados, incluso cuando lo contradecían. No abusó de su liderazgo, no uso el poder contra sus camaradas ni lo convirtió en excusa para el autoritarismo y la ilegalidad. En su estilo la jerarquía fue como una herramienta y una ventaja para impulsar la revolución, no un comodín para evadir la confrontación ideológica.

Stalin no abandonó aquel estilo porque nunca lo había cultivado. No era polemista ni orador, nunca estuvo apto para escribir artículos y mucho menos libros, no hablaba ninguna lengua extranjera ni había vivido en el exterior, de hecho prácticamente no había convivido con el resto de la vanguardia bolchevique. Bajo su férula, la dirección y toda la estructura partidista dejó de ser una entidad política para convertirse en un aparato de poder en el que la transparencia fue sustituida por el misterio, el consenso por la conspiración y la dirección colegiada por el poder unipersonal.

Para lograr ese empeño, durante los 30 años en que ejerció el poder, Stalin llevó a cabo sucesivas purgas hasta llegar al extermino físico de la vieja guardia bolchevique, de sucesivas direcciones y del alto mando del Ejército Rojo, convirtiendo la dirección, que Lenin había forjado como una autentica vanguardia, en una camarilla.

Tal vez ni siquiera Lenin pudo imaginar las dimensiones del desastre que se gestaba y que daría al traste primero con la Revolución y luego con el país. Durante década, incluso después de muerto Stalin las deformaciones persistieron e incluso sobrevivieron a autocríticas y esfuerzos rectificadores.

Los comités centrales del partido de las republicas y de la Unión Soviética lo mismo que los soviets, los sindicatos y las organizaciones sociales, a pesar de ser gigantescos aparatos integrados mayoritariamente por obreros campesinos, militares, científicos, deportistas y personalidades de renombre, genuinos exponentes de lo mejor de la sociedad, resultaron incompetentes para cumplir la misión, conducir al país y construir el socialismo porque en ellos, más que el origen y la representatividad, pesaron el estilo burocrático, el dogmatismo, el formalismo y el sometimiento, los déficit de democracia y la ausencia de transparencia.

Las deformaciones incubadas en la Unión Soviética, como por ósmosis se trasladaron al resto de los países socialistas. La gravedad de los errores explica la escala del desastre. La desaparición de la Unión Soviética y de los países socialistas es la más grande derrota sufrida por el movimiento revolucionario y la izquierda mundial que no obstante el daño se recupera y otra vez enarbola las banderas del socialismo.

Ojalá la lección haya sido conclusiva y nunca más el poder revolucionario sea sacralizado hasta el punto de prevalecer sobre la sociedad, las ideas, la razón, las instituciones y sobre la propia revolución.

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