jueves, 29 de enero de 2009

Desde España: Me rindo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Con paciencia, intrepidez, organización y coordinación se puede derrocar a un dictador, se puede abatir a un gobierno y desmantelar un Estado. Pero ¿cómo deshilachar el tejido de un sistema? ¿cómo vencer a ese “Estado” conjunto de Estados que asuelan el mundo?.

Ciñámonos a la península celtíbera, porque el imperio e Israel están demasiado leídos..

Si, punto por punto, echamos un vistazo al panorama, no hay parcela de esta sociedad que pueda darnos una sola alegría razonable.

Observemos de cerca a los gobiernos sucesivos del color y bandera que sean; luego la política y a los políticos que dicen mirar por los intereses ciudadanos y el bien común; luego miremos de reojo a los medios y a los periodistas. ¿Nos parece que el ejecutivo y el legislativo, es decir, los gobiernos y políticos que van desfilando a lo largo de estos últimos 30 años alcanzan el mínimo de lo esperado en inteligencia y no son sólo gentes hábiles en parlotear? ¿Nos parece que los periodistas y sus entramados no son cómplices del poder y enemigos demagógicos del ciudadano?

Pues entonces examinemos de cerca a la judicatura y los jueces. ¿Creemos que piensan realmente en impartir justicia; una justicia diseñada por leyes confeccionadas por los patricios, es decir, por las clases acomodadas?

Está claro que nadie que forme parte del poder ejecutivo, legislativo y judicial hace otra cosa que enriquecerse y burlarse del pueblo.

Bueno, pues entonces fijémonos en la espiritualidad de la cúspide eclesiástica: el otro poder, el religioso. ¿Son individuos dignos de fiar? ¿Persiguen poner un poco de orden en la sociedad y lo hacen con acierto, sabiduría, tacto y prudencia?

Pues entonces pasemos a la educación. En estos treinta años hemos conocido incontables planes de enseñanza, sin que ninguna haya cuajado y sin que los enemigos de la sensatez hayan parado hasta derribar uno tras otro. ¿Nos sentimos desengañados?

Pues escudriñemos el gusto, el compromiso, la confianza, la lealtad, la honradez en todos aquellos llamados a rendir cuentas de estas virtudes o condiciones indispensables para que los vástagos de cada unidad familiar -monoparental o tradicional- puedan crecer con un referente y las generaciones que se suceden se vayan transmitiendo unas a otras el gozo de vivir; también, para que la sociedad de mercado pueda desenvolverse con normalidad. ¿Nos parecen bien?

Bueno, pues habida cuenta que hemos hablado de políticos, de periodistas y de jueces ¿hablamos de sindicalistas, del profesorado, del funcionariado, del empresariado, de médicos, notarios, abogados, registradores, deportistas de masas... o de ese justiciero juez que persigue con saña todo lo que se mueve en materia de libertad política en Euskadi?

Algún periodista ha dicho que la “trama de espionaje de Madrid” pone en peligro la salud de la democracia; una trama, la de Madrid, que es la escenificación de unos cuantos amos manejando a sus rottweilers para que seccionen la yugular de los adversarios. ¿Hemos de escandalizarnos por tan poca cosa? Pero bueno, ¿es que hay democracia? ¿es que hay alguien a estas alturas que crea que es el pueblo quien gobierna?

¿A qué prestaré atención? ¿De qué haré crítica constructiva sin la sensación de que cuando se vive ordinariamente en un basurero el remedio no puede consistir en entresacar de él alguna podredumbre sino que sólo vale volcar el contenedor entero?

Miren ustedes, es tal la energía que hay que emplear para sanear siquiera un poco esta sociedad, que he llegado a la conclusión de que todo aquél que pueda comer y tenga un lecho y un techo, lo mejor que puede hacer es felicitarse y dar gracias a la vida por no ser torturado o muerto. Eso es lo que quieren. Por mí, ellos ganan. Es demasiado...

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.