lunes, 12 de enero de 2009

Que la encuentres

José Antonio Vera (especial para ARGENPRESS.info)

Hace unos años, al entrar al Grand Palais de París, para satisfacer una invitación de un joven pintor sudamericano, Atahualpa Yupanqui se quedó mirando durante varios minutos un gran paño azul, que sólo tenía un intenso punto negro en el medio.

El artista, contento por la presencia del célebre folklorista, se acercó muy solícito y el díscolo cantautor le preguntó acerca del significado de esa tela. “Se llama búsqueda”, fue la respuesta. Don Ata recorrió la muestra, con inocultable incredulidad y, a la salida, con ronca ironía y por todo saludo, le dijo, “que la encuentres, joven”.

Ese recuerdo me ronda estos días ante la desorientación que reina entre muchísimas personas frente a los acuciantes problemas sociales, económicos, culturales y de la comunicación, observadoras también, con inquietud o, quizás pasividad, de algún punto oscuro, huérfanas de referencias, de motivaciones altruistas, de mística.

Estimula, no obstante, ver en estos días las manifestaciones de miles de personas, desafiando temperaturas de varios grados bajo cero, que se desarrollan en varios países europeos, en solidaridad con el pueblo palestino, condenando los crímenes que comete el Estado terrorista de Israel.

Quizás se deba a esa reserva de dignidad, que una buena parte del mundo mira con escepticismo la conducta de gobiernos a los que se le acredita buenas intenciones, y de las organizaciones y movimientos sociales que componen ese conjunto de fuerzas creadas con sacrificio por los pueblos para combatir las injusticias y las inequidades, con la legítima aspiración de transformar las estructuras como medio mayor para comenzar a construir un mundo mejor.

Sin embargo, una vez en carrera, la mayor parte de esos mismos actores tan bien inspirados, casi sistemáticamente comienzan a decepcionar, al transitar por una praxis irresponsable y con clara inconciencia de la oportunidad histórica.

Sin rubor y hasta con soberbia, exhiben cartas insospechadas de ineptitud e improvisación, verificando maestría para hacer oposición pero mediocridad para construir, déficit que amenaza con el cementerio a las viejas esperanzas populares, gestadas con inmensos sufrimientos de muchas generaciones de individuos.

A diferencia de la tela que Yupanqui no pudo entender, este lienzo es amplio y colorido, pero la impotencia ante la búsqueda es parecida.

Un malestar general avala esta interpretación, verificada entre la mayor parte de la población, esa que forman los seres pensantes y sensibles, los asalariados, los productores y empresarios medianos y pequeños, los que tienen un empleo sin alcanzar el salario mínimo y los que no tienen ningún empleo, y esa creciente masa que la edad biológica y el sistema socio-económico aleja del trabajo, sumado igualmente el vasto universo intelectual de artistas, científicos y tecnólogos.

Difícil se hace comprender las vacilaciones de varios de nuestros gobiernos de discurso progresista, frente a los problemas sociales más acuciantes y a temas extrafronteras, donde se desarrollan conflictos bélicos, con altísimo costo en vida y materiales, que dejan sin vigencia los viejos organismos de las relaciones multilaterales.

Con paso lento de indolente burocracia, timidez excesiva y fracaso anticipado, gobiernos de cuño progresista intentan enfrentar la carencia de alimentación de toda la población marginada, el abandono de miles de niños en las calles, la drogadicción, como presuicidio de muchos desesperanzados.

A ello se suma un matonaje acrecentado, creciente inseguridad pública e impunidad de los criminales y ladrones de las altas esferas, a quienes, para colmo, el Estado jubila con privilegios, premiando años de parasitismo, evasión de capitales, acumulación de fortunas malhabidas y, en muchos casos, asesinatos y torturas.

Confusión en el qué hacer, debilidad ideológica, impotencia programática, enredos administrativos, debilidad por el consumismo, complicidad involuntaria o capitulación ante la corrupción burocrática institucionalizada, seducción ante el poder, destacan entre los factores que paralizan procesos y marchitan ilusiones, amenazando frustrar, una vez más, otra ocasión histórica de emancipación indoamericana.

Similares males aquejan a las fuerzas progresistas en los países industrializados, donde la izquierda está arrinconada, dejándose robar un pasado heroico y banderas de reivindicaciones populares legítimas por la nueva derecha, con siniestra capacidad de renovación en los métodos de saqueo, agresiones militares, prostitución ideológica de la enseñanza y asqueante manipulación de los instrumentos de comunicación.

Ese renunciamiento y apatía de las dirigencias orgánicas, ha forzado a los jóvenes de la periferia de las ciudades francesas, a los estudiantes de liceos y colegios de Chile, a la juventud griega y a miles y miles de personas sin militancia clásica, a volcarse a las calles en muchos países para denunciar las políticas de la derecha y en reclamo de simples derechos de la ciudadanía.

El terrorismo de Estado, que practican Estados Unidos e Israel, este último lanzado de nuevo desde hace dos semanas en un demencial genocidio del pueblo palestino, ambos enarbolando las facultades que, dicen, les otorgó Dios del “destino manifiesto” y de “la tierra prometida”, es una monstruosidad.

Dos razones la generan: una, la naturaleza criminal del sistema que representan esos gobiernos, apuntalados por la complicidad, por intereses comerciales, de las “democracias” europeas y, dos, la cobardía y corrupción de los regímenes árabes.

Con esas vergüenzas se complican, por indiferencia e incapacidad, gobiernos “de buenas intenciones”, partidos de izquierda y movimientos sociales, que han abandonado las calles, erróneamente confiados en la acción de los nuevos gobernantes, esos que, desde hace años componen la misma heterogénea familia de ideas.

Los triunfos electorales han sido, erróneamente, interpretados como victoria política y social, pero sólo han generado una desmovilización muy perjudicial, que imposibilita el más mínimo control de la administración estatal, negando toda clase de participación.

La búsqueda, en el punto negro de la tela del Grand Palais, es una tarea difícil pero, en cambio, es muy fácil hallar la explicación de la complicidad con Washington, de la mayoría de los Estados que integran la Organización de Naciones Unidas, en varias acciones criminales, como el bloqueo de medio siglo a la pequeñita Cuba.

Similar abrazo recibe el gobierno norteamericano cuando corre presuroso para salvarle la vida a los bancos autoquebrados, al mismo tiempo que destruye países, culturas milenarias, y acaba con la vida de millones de personas en los territorios invadidos y destrozados con sus bombas de todo tipo, inventadas por eximios ingenieros de Harvard, Massachussets, Oxford y otras mecas del pensamiento occidental.

En conjunto, todos esos gobiernos son enemigos de sancionar, económica, comercial e, incluso militarmente a Israel, apoyando con su inacción la aplicación moderna de los siniestros métodos nazis de gasificación de las víctimas, a los que Tel Aviv suma el uso infernal de bombas termobáricas y el uranio empobrecido, quemando la tierra, envenenando el agua y transformando los poblados en ceniza.

El discurso de gobiernos, que invocan derechos y democracia, sirve de sostén al genocidio.

La única excepción en esa complicidad, la constituyen los miles de manifestantes que, bajo fríos extremos, recorren los países europeos, denunciando los crímenes del Estado de Israel y del imperialismo norteamericano, dignos exponentes del sistema capitalista, en su naturaleza rapaz y asesina.

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