miércoles, 4 de febrero de 2009

Argentina: El hambre de enero


Néstor Sappietro (APE)

Hay cosas que siempre suceden en enero. Asuntos que se producen invariablemente en enero porque enero es un mes incorregible y no hay forma de hacerlo entrar en razón. Las agendas periodísticas lo saben. El gobierno también lo sabe.

En enero corre mucha tinta por las estaciones de colectivo. Aparece a toda hora la misma crónica desde la costa o las sierras. La pregunta recurrente es una y otra vez si hubo más o menos turistas que el año anterior. En enero se multiplican los accidentes en las rutas. El agua tiene menos presión y las canillas sueltan chorritos mustios. La luz hace alianza con el agua y los apagones forman parte del paisaje cotidiano. Los bares sacan las mesas a la vereda en un atentado contra la intimidad. Las siestas son interminables. Los ventiladores chillan reclamando aceite. Los perros deambulan con la lengua afuera y los ojos vidriosos. Las moscas andan de fiesta y los mosquitos asechan nuestros oídos impiadosamente. En enero se habla del golpe de calor. Los pronosticadores no aciertan con la lluvia. Una canción espantosa aparece en cada rincón del dial invitándonos a olvidarnos de todo porque estamos en verano.

Todo eso pasa irremediablemente en enero.

Los que tenemos unos cuantos años encima tomamos estos fenómenos con cierta naturalidad.

Ahora bien, hay titulares que desconsuelan y nada tienen que ver con los ciclos climáticos.

La noticia llega desde Córdoba, y esta vez, aunque refiere a enero, no menciona festivales folclóricos ni describe el paisaje serrano.

El titular es elocuente y brutal, dice: "Enero de 2009 trajo hambre a los chicos".

"En enero, se siente más el hambre entre los chicos que menos tienen. Es que todos los años cierran los colegios provinciales en vacaciones y con ello los comedores escolares, pero además 2009 vino con una baja en los ingresos ya de por sí magros en las familias con más necesidades".

Sí, en enero todos los años cierran las escuelas provinciales y como consecuencia cierran también los comedores escolares.

No parece ser algo tan difícil de prever.

Sin embargo, la desidia también está instalada entre nosotros como algo natural.

El Paicor (Programa de Asistencia Integral de Córdoba) -que tiene 1.970 comedores en el interior y 640 en la Capital- cuando terminan las clases y se cierran los colegios, entrega a cada pibe beneficiario -que en la provincia son 200 mil- un módulo alimentario para todo el receso.

La realidad indica que esos módulos ingresan en casas donde la situación es angustiante. Familias enteras a las que se les cayeron las changas; lugares donde desapareció el empleo doméstico; carreros desesperados porque las plantas de reciclado, subidas a la crisis de las bolsas mundiales, pagan por el cartón la mitad de lo que pagaban tres meses atrás; obras que suspendieron la construcción hasta que la tormenta amaine. Entonces, el módulo termina compartiéndose entre toda la familia.

La guardería Cielito del Sur, de Argüello, no cerró en enero, así que a los 60 niños de 0 a 5 años no les faltan el desayuno y el almuerzo. Sin embargo, María Bazán, la encargada, nota que los hermanos más grandes están con necesidades. "Las madres nos piden que incorporemos a sus hijos más grandes porque realmente no tienen para darles de comer, pero no podemos recibir a más chicos", cuenta la mujer.

Enero es incorregible y trae noticias que caminan siempre los mismos sitios.

El hambre también es incorregible y además obstinada. Insiste en asomarse ahora, en pleno enero, en plena crisis y en medio de los festivales. Justo ahora que están cerrados los comedores escolares, ahora que no hay paredes que levantar, que el cartón vale la mitad...

Ahora que el abandono celebra otro triunfo sobre el cuerpo de esos pibes.

Ahora que los multiplicadores de la exclusión encontraron la cínica excusa de la debacle internacional para justificar antiguas orfandades.

Foto: Argentina – Comedor infantil. / Autor: APE


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