martes, 10 de febrero de 2009

Bajo las garras del periodismo

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Es bien sabido. Pronto se dieron cuenta de que la Prensa era lo que llamaron el cuarto poder. Pero cuando se dieron cuenta de que la Prensa es el cuarto poder, había radio pero no televisión.

La televisión ha ido sumergiendo a la sociedad en una suerte de naufragio. A medida que suben las aguas mediáticas, más se hunde el barco social en las profundidades de la estolidez. Los medios, ya, no sólo informan silenciando a menudo lo que importa, es que fácilmente deforman lo poco de bueno que la educación y la instrucción académicas imparten a las generaciones que se van sucediendo. Ni qué decir tiene que, con el tiempo, la prensa, la radio, la televisión, los medios, en definitiva, en el ranking de los poderes han pasado del cuarto al primer puesto, es decir son el primer Poder.

No intento descubrir nada nuevo ni que no se sepa. Sólo, como hacen hoy día tan a menudo las “autoridades” tomándonos por lelos, “alertar” de los grandes peligros que dimanan de ese poder…

Se acrecienta la aversión a los políticos, a los gobernantes y a los cleriobispos. Pero la especie social que merece la mayor desconfianza y repulsa está entre nosotros. Me refiero a la clase periodística que convive con nosotros sin vivir en nosotros, que quita y pone reyes, presidentes, cargos. Me refiero a esa corporación que persigue las intimidades del corazón o de los genitales pero se cuida mucho de perseguir tantas cosas y a tantos que debiera vigilar ya que no lo hacen las policías...

Naturalmente que hay de todo. Pero esta objeción es aplicable al mundo entero, a todos los estamentos, a todos los profesionales, a todas las actividades y oficios de cualquier clase. Por consiguiente, cuando expresamos nuestra inquina o antipatía, por ejemplo, hacia los cuerpos de seguridad o hacia los ejércitos no estamos pensando en los pulcros militares ni en los procelosos y sacrificados agentes que son mayoría y honran a sus respectivos Cuerpos. Cuando desconfiamos y huimos de unos y otros es porque nos resentimos instintivamente de tantos y tantos abusos y arbitrariedades conocidos, ejercidos por personas que tienen poder y que van armados, y poco o nada podemos hacer para defendernos de ellas por mucho derecho de denuncia y apelación que nos reconozcan las leyes y nos asistan.

De igual modo, la clase periodística, como tal, es impecable. Como policías, jueces, políticos, curas, alcaldes, notarios, médicos o abogados. Faltaría más. Pero tiene un poder institucional que es difuso, evanescente pero letal, comparable al que tiene armas automáticas. También comparable al poder espiritual de la clerecía; ése al que Azaña se refería cuando dijo que ellos, los curas, apoderándose de nuestras conciencias, se apoderaban también de nuestra escasa riqueza…

Los periodistas que lideran cada medio se posicionan a favor o en contra de los vientos que corren con más fuerza, es decir, de “lo mayoritario”. Pero es que antes han configurado y determinado lo mayoritario. Por otro lado la tropa de periodistas, becados o no, baila al son que le tocan sus líderes de opinión mediática y son como los futbolistas que no pertenecen con el corazón a ningún club porque terminan jugando en todos. Y son la mayoría.

Tan pronto vemos a un periodista en una cadena que hoy defiende con uñas y dientes, como lo vemos mañana en otra que fue su virtual enemiga y desde la que pasado un tiempo prudencial abraza la línea ideológica de ésta. ¿Es esto consecuencia de la sacrosanta libertad en cuyo nombre se comete tanto crimen? ¿o es el resultado de la confusión y mezcla de valores morales contradictorios, que se contraponen entre sí, bajo cuyo reinado discurre esta sociedad capitalista que a veces parece a punto de sepultarse ella misma en la absoluta insensatez?

Yo, ya, lo único que sé es que el Arca de Noé, en el decurso del Diluvio del siglo XXI que ahí está aunque no se ve, sólo puede hallarse en los contramedios de la Internet.

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