lunes, 9 de febrero de 2009

Colombia: Liberaciones a contrapelo

Antonio Peredo Leigue

Sigifredo López, liberado este jueves por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), demandó “el intercambio de prisioneros ya” y sostuvo que el Presidente Alvaro Uribe “se ha equivocado en algunas cosas”. Una voz más que se suma a la de un anterior liberado, quien acusó a Uribe por persistir en su idea guerrerista y obstaculizar el proceso de paz en Colombia.

Más allá de los nombres, de las circunstancias, de las coincidencias o contradicciones, surge un hecho incontrastable: la prolongada confrontación que vive esa nación, debe acabar y hacerlo de un modo constructivo. Es fácil decirlo pero, como lo demuestran los acontecimientos, muy complicado avanzar hacia ese propósito.

Para poner un solo ejemplo: la liberación de rehenes, en esta semana que concluye, que es un acto de voluntad de las FARC sin condiciones, es el resultado de cuidadosas, controvertidas y, en algún momento, hasta frustrantes, para que esa voluntad supere las provocaciones de quienes desahucian todo entendimiento y propician la vía de la ofensiva militar.

La política latinoamericana se ha desarrollado, como en otras regiones del mundo, atravesando un sinfín de obstáculos, enfrentando desafíos ineludibles y a veces insalvables, cociéndose lentamente en la fragua de la violencia. No es mucho el tiempo que ha pasado, para pretender olvidarnos lo que fueron los años ’60 y ’70 del siglo pasado, cuando se hacía política en la palabra del proyectil. No había otra forma de hacerlo. El comandante Che Guevara señala que nos obligan a hacerlo. ¿Nombramos a los dictadores que ejecutaban el Plan Cóndor y competían por ser más sanguinarios? No es necesario. Basta mencionar las “fronteras ideológicas” que, desde el Pentágono y el Departamento de Estado norteamericanos, asesinaron generaciones de combatientes revolucionarios y destruyeron el futuro de nuestras naciones. Recién ahora podemos comenzar a rescatarlo.

Pero ahora, incluso los que han posado de izquierdistas, llaman terroristas a quienes empuñaron las armas para defender la democracia y para taladrar la perspectiva. Los criminales que entonces nos impusieron el terror son alabados como defensores de la democracia, lo mismo Banzer, Pinochet o Menahem Begin.

Los pueblos de América Latina, ahora, podemos aportar un camino esencial hacia el futuro: el camino de la movilización popular. Nuestras naciones, unidas sus clases más desposeídas, están dispuestas a enfrentar la violencia derechista con las armas en la mano y la hipocresía de sus mentiras con la firmeza de su voto. Es posible que Colombia arrastre una carga pesada de distorsiones y perversiones. Seguramente tendrá que transitar un camino lleno de peligros. De todos, la voluntad del pueblo termina imponiéndose. Esa voluntad ha sido expresada ya por muchos sectores. Esa voluntad se está instalando en las fuerzas insurgentes. Más temprano que tarde, los promotores del terrorismo de Estado, serán barridos por la convicción del pueblo.

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