martes, 10 de febrero de 2009

Del socialismo real: Condicionantes históricos

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

La debacle del socialismo real en la Unión Soviética no se debió sólo a problemas de naturaleza económica, no puede ser atribuida exclusivamente a errores circunstanciales ni a factores externos. Un cierto número de elementos de naturaleza política, ideológica, y culturales deben ser considerados, entre ellos importantes déficit de democracia, derechos y libertades.

El impacto que en los inicios de la primera experiencia socialista, tuvo la reacción internacional que hostilizó a la Revolución Bolchevique, la obligó librar una cruenta guerra civil, enfrentar la invasión extranjera y luego a derrotar la agresión y la ocupación nazi, crearon situaciones en las que hubo que aplazar las aspiraciones de desarrollo institucional y jurídico que formaban parte de los sueños y del programa de la vanguardia.

Tan brutales fueron las agresiones, tan reiteradas las conspiraciones, tan férreo el cerco y tan dramática la resistencia que se crearon contextos históricos en los que no podían florecer la tolerancia y el pluralismo y que no favorecieron el clima de democracia, libertad y participación que sólo se consigue con la paz social y mínimos de normalidad y, por el contrario endurecieron los caracteres y templaron la voluntad. Aquellos entornos contribuyeron a convertir la necesidad en virtud, introdujeron confusiones, dieron lugar a deformaciones de diferentes signos y auspiciaron estilos con fuertes tendencias autoritarias.

En las actitudes posteriores puede haber influido el hecho de que los protagonistas de las luchas de clases violentas y decisivas, aquellos que asumen los riesgos y toman decisiones dramáticas, no suelen cuestionar sus propios actos ni poner en duda la validez de sus argumentos, llegando incluso a creer que siempre ha de ser así y a imaginar que no existe otra manera de actuar y de gobernar.

Cuando las urgencias dan paso a la normalidad, por precaria que sea, surgen nuevas realidades y nuevos escenarios y personas que nacieron y crecieron fuera de los contextos extremos se convierten en los protagonistas y en los actores políticos, las percepciones originales experimentan profundos cambios, la violencia y el autoritarismo se justifican menos o pierden toda justificación.

En tales circunstancias, cuando los liderazgos se renuevan, las tareas y las urgencias son otras y las revoluciones están obligadas a protagonizar nuevos tránsitos, esta vez de los tiempos extraordinarios a la normalidad, de la provisionalidad a la institucionalidad y del autoritarismo a la democracia, pueden ocurrir desfases como ocurrió en la experiencia socialista donde la consecuencia y la coherencia no pudo ser alcanzada.

Es seguro que Stalin no fue nunca un hombre de mala fe ni quiso dañar a su país y a la revolución por la que trabajó incansablemente, sufrió cárcel y destierro y muchas veces arriesgó la vida, aunque tampoco pudo nunca liberarse de la desconfianza, el recelo y el radicalismo adquirido en la lucha armada, la conspiración y la vida clandestina, aplicándolos en épocas y situaciones en que no eran necesarios y a adversarios que como sus compañeros de armas no eran sus enemigos.

Mientras muchos de los líderes soviéticos de la primera generación que junto con Stalin sobrevivieron a Lenin, entre ellos Trotski, Zinoviev, Kamenev, Bujarin y otros, antes y después de la II Guerra Mundial fueron partidarios de auspiciar la democratización de la sociedad soviética, el perfeccionamiento de sus instituciones y mayores libertades para la participación política ciudadana, Stalin no sólo catalogaba cualquier desplazamiento en esas direcciones como debilidades y concesiones, sino que castigaba con inaudita severidad lo que a su juicio eran imperdonables desviaciones.

Asediados por la hostilidad del imperialismo internacional y temerosos de que avanzar hacía la democratización significara ceder espacios a los enemigos internos del socialismo, incluso los lideres que realizaron la crítica a Stalin fueron cautelosos hasta el punto de convertir en cosméticas sus reformas y perder todas las oportunidades de perfeccionar eficazmente la sociedad socialista.

La violencia con que los lideres soviéticos reaccionaron contra los movimientos reformistas en Hungría y Polonia en 1956, la Yugoslavia de Tito y Checoslovaquia 1968, el abuso de la categoría de revisionista, las incomprensiones ante el nacionalismo tercermundista y el movimiento de liberación nacional, fueron expresión de una intolerancia política que impidió que se desplegaran efectivos procesos que pudieron haber conducido a la democratización del socialismo y probablemente contribuido a su supervivencia. En cualquier caso es probable que a veces el remedio fuera peor que la enfermedad.

La justificada crítica a la democracia burguesa llegó a convertirse en una crítica a la democracia en general y en la renuncia a los mecanismos conocidos para su ejercicio sin establecer otros que además de diferentes fueran mejores. La letra y el espíritu de las constituciones dejo escaso margen a la participación ciudadana y los ejercicios rituales de las organizaciones sociales y de masas y los sindicatos y el propio partido, sustituyeron la democracia real.

No basta con que en las organizaciones estén nominalmente todos los jóvenes y todas las mujeres, en los sindicatos se inscriban todos los trabajadores y que todos celebren puntualmente congresos y reuniones si como sucedió en los países del socialismo real, se trata de eventos formales, rectorados por burocracias establecidas y que poco a poco se fueron alejando de los intereses de las masas.

No faltaron advertencias, entre ellas las de Rosa Luxemburgo, la más cabal y heroica de todas las mujeres socialistas y la que pagó el precio más alto.

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