lunes, 2 de febrero de 2009

La emigración cubana: Miradas (IV)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

El derrumbe del campo socialista y la desaparición de la Unión Soviética fueron las más grandes derrotas del movimiento revolucionario y progresista en todos los tiempos. El revés tuvo un efecto devastador sobre la correlación mundial de fuerzas, dio paso a la unipolaridad y dejó a Estados Unidos como única superpotencia a escala planetaria.

Con la fuerza de un tsunami político la crisis del socialismo real se propagó a las fuerzas de izquierda en todos los países, los partidos comunistas europeos se batieron en retirada; unos renegaron de su credo y otros evolucionaron hacía posiciones socialdemócratas y, huérfanas del respaldo soviético, las grandes organizaciones internacionales sindicales, de jóvenes, mujeres y otras, desaparecieron o se transformaron en entidades minúsculas con poca o ninguna vigencia.

No obstante los significados políticos inmediatos, para académicos, politólogos y científicos sociales, lo más grave era el descrédito en que se sumía la doctrina revolucionaria y el pensamiento alternativo. El marxismo, atacado implacablemente durante siglo y medio pareció condenado al olvido.

Cuba, el más pequeño y económicamente vulnerable de los países socialistas, el que a noventa millas de Estados Unidos padecía un bloqueo total y la perenne amenaza de agresión militar, fue brutalmente impactado por la crisis, que lo privó de alianzas políticas, vínculos comerciales, créditos, abastecimiento de energía, alimentos, materias primas, insumos, vínculos científicos y de clientes para sus exportaciones.

La situación se torno desesperada porque oportunistamente, Estados Unidos arreció su bloqueo al que de manera cínica y abierta se sumaron los nuevos gobernantes de sus antiguos aliados. Al amparo de las administraciones de Ronald Reagan y Bush, la contrarrevolución basificada en Miami disfrutaba de un poder inaudito y vivía un momento de euforia.

Jorge Mas Canosa, Chairman de la Fundación Nacional Cubano Americana era recibido en la Casa Blanca y por los gobernantes de los países ex socialistas e incluso en algunos palacios de gobierno latinoamericanos. Algunos guatacas lo llamaban “presidente”, aludiendo no a la Fundación, sino a Cuba la que se repartían antes de haberla conquistado.

En la Isla, Fidel Castro que públicamente había reflexionado acerca de la posibilidad de la desaparición de la Unión Soviética antes de que ocurriera, llamó a cerrar filas, apeló a la conciencia de los cubanos y su patriotismo, planteó la resistencia como opción y “salvar las conquistas de la Revolución y el socialismo” como un programa mínimo que incluyó ciertas reformas en el diseño del Estado, la ley electoral, la admisión de capital extranjero y otras.

Por un inesperado giro, explicable únicamente por la fuerza de los vínculos nacionales y la vigencia del sentido de pertenencia a la Nación que no es una entidad política, a inicios de los años noventa, cuando los enemigos de la Revolución apostaban por una derrota inminente, un pretencioso analfabeto político ganaba dinero con un libro titulado La Hora Final de Fidel Castro y en Miami se pedía a gritos una licencia de tres días para matar; allí mismo en el enclave regido por la contrarrevolución, se alzaron otras voces y surgieron otras actitudes.

En un curso paralelo a los que durante años abogaron por el diálogo, los viajes y la normalización de los contactos familiares, se destacaron emigrados que en la prensa, la radio y la actividad social de Miami se habían señalado por sus enfoques honestos y objetivos de la realidad cubana, entre los cuales los hubo con suficiente audacia e imaginación como para proponer a Cuba nuevos contactos, esta vez de naturaleza política, asociados a los debates del momento incluso a opciones de colaboración.

Así apareció la idea de celebrar en Cuba, con los emigrados como ponentes, eventos conocidos como Seminarios sobre Democracia Participativa. Lo extraño no fue lo extravagante de la idea, sino que fuera acogida. De ese modo a partir de 1992 grupos de emigrados fueron a Cuba no a uno, sino a más de cuarenta de aquellos eventos en los cuales cubanos residentes en Estados Unidos y militantes revolucionarios reflexionaban sobre la democracia, la participación y sobre todos los temas del momento, incluyendo la debacle socialista.

Los participantes de aquellas jornadas cuentan de reflexiones intensas y profundas, confrontaciones ideológicas de fondo y debates circunstanciales, pero ningún incidente, ningún gesto arrogante y ninguna evidencia de que los emigrados persiguieran fines mezquinos u oportunistas.

Sin que dependieran uno de otros o hubiera concertación entre ellos, el empeño original y la apertura cubana, dieron lugar a un movimiento de aproximación de los emigrados al país. En aquella época, entre otras aparecieron organizaciones y proyectos como la Asociación de Trabajadores de la Comunidad, la Organización de Profesionales y Empresarios Cubano-Americanos, el Rescate Cultural Cubano, la Organización de Solidaridad Judía, y otras que con la Brigada Antonio Maceo, las revistas Replica y Contrapunto, así como la Radio Progreso Alternativa, formaron una corriente que se hizo respetar por la contrarrevolución, por las autoridades de la ciudad y que incluso tuvieron contactos a nivel federal.

En su conjunto, lo ocurrido desde 1978, fecha de los diálogos y el poderoso e intenso movimiento de los años noventa, preparó el camino para la Conferencia La Nación y la Emigración, hasta hoy el más importante punto de referencia en los empeños por, no sólo normalizar, sino hacer fecundas, múltiples y concretas las relaciones entre los emigrados y el país.

Ver también:
- La emigración cubana: Miradas (III)
- La emigración cubana: Miradas (II)
- La emigración cubana: Miradas (I)


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