miércoles, 4 de febrero de 2009

La emigración cubana: Miradas (VI)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Ningún episodio asociado a la emigración cubana ha tenido tanta repercusión ni ha sido tan estudiado en Cuba y en Estados Unidos como el “éxodo” de Mariel que aportó una nueva categoría sociológica: “marielito”, una criatura ambigua originalmente detestada en Cuba y rechazada en Miami y por último asimilada en ambas orillas.

No obstante, el rigor y la honestidad de la mayoría de las investigaciones académicas con frecuencia, se exageran o minimizan determinadas aristas. Lo más frecuente es acusar al gobierno cubano de haber provocado la estampida de 1980 y utilizarla como un drenaje para enviar delincuentes a los Estados Unidos.

En mí opinión Mariel fue una consecuencia de la persistente estrategia norteamericana de manipular la emigración con fines políticos, una inconsecuencia de la administración de James Carter y una actitud defensiva de la Revolución, a la que lamentablemente se sumó el abuso de los llamados “mítines de repudio” y la desafortunada idea de que las personas envueltas en aquella aventura eran “escoria”.

Los procesos que a Mariel se gestaron durante los seis años que median entre la suspensión de los vuelos Varadero - Miami en 1974 que durante diez años había sido el único canal para la emigración legal y que al ser cancelado, dejó como opción las salidas ilegales. La propaganda se encargó de establecer la idea de que los cubanos no emigraban sino que huían del régimen y de teñir con matices heroicos la figura del “balsero”.

El estereotipo de que los cubanos huían de la Isla en balsas no resiste el menor análisis. En los diez años que median entre 1964 y 1974, por el puente aéreo Varadero – Miami, dejaron Cuba unas 400 mil personas, mientras que en 50 años los balseros no llegan a dos mil.

Dado que no abundan en Cuba los propietarios de embarcaciones de recreo y nadie posee aviones privados, es común que los emigrantes ilegales acudieran al secuestro de aviones o al robo de embarcaciones. Durante décadas, Estados Unidos y todos sus aliados han ignorado las denuncias de Cuba acerca de la peligrosidad de tales prácticas que ponen en peligro la vida de tripulantes, pasajeros y custodios.

La efectividad conque Cuba impedía las salidas ilegales y la negativa norteamericana a conceder visas, acumularon el potencial migratorio formado no sólo por personas que no querían vivir bajo el régimen político de la Isla, sino también por quienes, por razones económicas o de reunificación familiar, trataban de acceder a territorio norteamericano. En la sociedad cubana había también delincuentes atraídos por la bonanza y las leyendas de la vida fácil en la Florida.

En aquel contexto, desesperados por viajar a los Estados Unidos, ante las dificultades y los riesgos cada vez mayores para robar o secuestrar aviones o embarcaciones, elementos sumamente violentos acudieron al procedimiento de irrumpir violentamente en misiones diplomáticas en La Habana, sobre todo en aquellas cuyos gobiernos, sumados a la política anticubana de Estados Unidos se mostraban benevolentes.

En abril de 1980, en una de esas irrupciones, fue asesinado un joven custodio de la embajada de Perú en La Habana, circunstancia ante la cual el gobierno cubano decidió retirar la custodia exterior de esa misión diplomática, dando lugar a que varios miles de personas ingresaran en la sede diplomática. En respuesta a la declaración de que Estados Unidos estaba dispuesto a admitir a personas que habían ingresado en la embajada de Perú, el gobierno cubano abrió el puerto de Mariel para que embarcaciones procedentes de la Florida arribaran para recoger a sus familiares.

No consta que deliberadamente las autoridades cubanas incluyeran obligatoriamente entre las personas que emigraron por Mariel a delincuentes, cosa que tampoco tenía por qué impedir. Estados Unidos debía conocer que en Cuba había no sólo trabajadores competentes, profesionales calificados, deportistas de alto rendimiento, artistas virtuosos y personas con habilidades especiales, sino también marginales que aspiraban a acogerse a la generosidad norteamericana.

La oleada migratoria de más de 100 000 personas tuvo el efecto de matizar la composición social de Miami, introduciendo allí a personas de origen humilde que habían recibido toda su educación, incluyendo su formación laboral y profesional bajo la Revolución, se habían beneficiado con ella y, en términos generales, no eran hostiles al proceso sino que aprovechaban la oportunidad para viajar y establecerse en Estados Unidos.

Los “marielitos” fueron los primeros cubanos que al llegar a Estados Unidos no enarbolaron leyendas acerca de las propiedades que habían perdido, no mintieron acerca de que eran objeto de persecuciones y no se proclamaron abiertamente anticastristas. Muchos de ellos conocieron el rigor del rechazo cubanoamericano y la falacia de un sistema judicial que durante años encerró a varios miles de ellos sin formarle causa ni proporcionarles abogados o procesos debidos.

No obstante, el enorme trauma que representó para Cuba y para la emigración, Mariel abrió el camino para un nuevo acuerdo migratorio frustrado por otra agresión norteamericana, esta vez sin precedentes en la historia: Radio Martí.

Ver también:
- La emigración cubana: Miradas (V)
- La emigración cubana: Miradas (IV)
- La emigración cubana: Miradas (III)
- La emigración cubana: Miradas (II)
- La emigración cubana: Miradas (I)


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