lunes, 9 de febrero de 2009

La emigración cubana: Miradas (VII)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Según Rahm Emanuel, el hombre con acceso más inmediato al presidente, que desde el cargo de Jefe de Gabinete de la Casa Blanca, lo asiste en la selección de los colaboradores directos, en la preparación de la agenda y participa del mecanismo de toma de decisiones, Barack Obama:”Permanece atento a los cambios políticos y electorales en la Comunidad Cubana en los Estados Unidos…”.

En ese caso, es probable que las nuevas autoridades puedan curarse de la enajenación que caracterizó a las anteriores administraciones que, viendo sólo aquello que querían ver y cegadas por un odio visceral hacía la Revolución, percibían a la colonia cubana en Estados Unidos como un todo políticamente homogéneo, cosa que nunca fue.

Desde el triunfó de la Revolución y a lo largo de la década de los sesenta, muchas personas que por razones familiares o ideológicas, por conveniencias de otro tipo o por temor a un enfrentamiento para el que no estaban preparados, se separaban del proceso revolucionario y se exiliaban en Miami, no hicieron causa común con los batistianos, no se sumaron a las políticas norteamericanas ni integraron las organizaciones contrarrevolucionarias, brazo armado de la CIA contra Cuba.

Entonces, a pesar del perfil político y anticastrista que la contrarrevolución confería a la colonia cubana y que cada recién llegado era obligado a asumir de oficio, aquellas actitudes contestatarias y disidentes a la inversa, asumieron características de un movimiento que en 1978 contaba con la fuerza moral y la coherencia necesarias para protagonizar los diálogos con el gobierno cubano, en los cuales se acordó el inicio de las visitas familiares y se adoptaron otras decisiones.

Las visitas propiciaron una perspectiva rebasó los marcos familiares para sumar intercambios entre instituciones cubanas y emigrados. Después de 1980, alimentados por procesos asociados al Mariel, oleada de nuevo tipo que influyó en la composición social de Miami y que en los círculos académicos de la Isla promovió una aproximación más rigurosa al fenómeno migratorio, esos procesos se incrementaron y profundizaron.

Los marielitos o al menos una parte de ellos, eran personas jóvenes, no pocos nacidos antes o en los primeros tiempos de la Revolución, sin participación en los acontecimientos de los años sesenta, no necesariamente anticastristas ni anticomunistas, que habían recibido toda su educación y su formación laboral en instituciones públicas y cuyas familias fueron beneficiadas por el proceso, introdujeron importante matices y contribuyeron a la diversificación de las relaciones entre la Nación y la emigración.

Percibidos en su conjunto, aunque nunca formaron una unidad orgánica ni conceptual, aquellos procesos llegaron a formar una especie de corriente única que en los noventa, cada una por sus propios caminos, concretó un impresionante movimiento que incluso llegó a asumir una perspectiva electoral con la postulación de una candidata a congresista.

Aquella riada fue acogida en Cuba donde, antes y después de la Conferencia la Nación y la Emigración en 1994 eran frecuentes los encuentros de organizaciones de empresarios cubanos americanos, entidades asociadas a los cultos afrocubanos, reuniones de carácter académico para diversos temas, foros de profesionales de diferente carácter, actividades asociadas a la cultura, incluso seminarios sobre Democracia Participativa.

En aquellos años para contactos de trabajo, asiduamente los emigrados eran recibidos en instituciones cubanas en las cuales entraron en contacto con altos responsables, entre ellos, ministros, dirigentes de las organizaciones sociales y de masas y del Partido, incluso con el propio Fidel Castro.

Además de las esferas oficiales, los cubanos emigrados rescataban familiares y rehacían amistades, se vinculaban a intelectuales, artistas y elementos de la bohemia habanera, compartían con la población en centros recreativos, comparecían en la prensa, eran atendidos por dignatarios de la Iglesia católica, incluyendo obispos, prelados e incluso el propio Cardenal, frecuentaban las sinagogas judías y templos protestantes, practicaban la solidaridad y se realizaban “tambores” por la paz y la concordia.

Por la otra orilla, los integrantes de aquellas corrientes eran cada vez más respetados y considerados en Miami, donde accedían a la radio y la prensa, operaban programas radiales, publicaban revistas y conducían espacios de comentarios. Los partidarios del diálogo y los moderados reforzaban su protagonismo, eran tenidos en cuenta por la sociedad, las autoridades y la prensa y también comenzaron a acceder a instancias federales como el Departamento de Estados y otras agencias.

Fueron avances tangibles e irreversibles en el empeño normalizador, ralentizado por avatares políticos y virtualmente paralizados por la absurda y criminal política de la administración Bush que, al limitar los contactos familiares y los intercambios de todo tipo, cerró los caminos para el encuentro y la normalización. Se trata de detalles que tal vez Rahm Emanuel no conozca, al menos en sus mejores aristas. La historia que no terminó con Bush, tampoco comienza con Obama.

Ver también:
- La emigración cubana: Miradas (VI)
- La emigración cubana: Miradas (V)
- La emigración cubana: Miradas (IV)
- La emigración cubana: Miradas (III)
- La emigración cubana: Miradas (II)
- La emigración cubana: Miradas (I)

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