lunes, 9 de marzo de 2009

Argentina: El murguero subversivo

Carlos del Frade (APE)

La noche carnívora impuesta en la Argentina entre 1976 y 1983 prohibió los feriados de carnaval.

Los proveedores de la muerte consideraban que era subversivo aquel tiempo donde los de abajo cuestionaban las instituciones de los de arriba, aquello de encarnar los vicios y las hipocresías a través de las carnestolengas no podía permitirse, demasiada libertad, demasiada vida para que tuviera semejante jerarquía en el almanaque.

Esos decretos no fueron modificados hasta la actualidad.

Los feriados de carnaval jamás volvieron para todos, y por ende, en teoría, habría que pensar que para cierta estructura leguleya, judicial y policial, las murgas están formalmente prohibidas desde hace décadas, hecho que -es necesario repetirlo- no impide que fluyan y desarrollen su seducción popular, bullanguera y desafiante a lo largo y ancho de la inmensa geografía argentina.

El arte que abre espacios desde los barrios encuentra en la murga una fenomenal herramienta expresiva y el movimiento sonoro de sus pasos no suele ser tolerado por los guardianes pretorianos del orden para pocos.

Mauricio Gabriel Vega tenía treinta y tres años, un hijo de diez años e integraba una murga que había desfilado por las calles del porteño barrio de Belgrano.

Junto a sus amigos fueron a tomar algunas cervezas y comer pizza.

Sin embargo, aquellos fantasmas que todavía sobreviven en prohibiciones de feriados, tomaron cuerpo y formas siniestras.

-Uno de los chicos de la murga le pidió prestada la moto a otro para ir con mi hermano a comprar unas cervezas y nunca más volvieron. A las cinco cuadras, no sabemos por qué, la Policía los detiene y los acusan de haber robado la moto. Ellos tratan de explicarle y no entendemos cómo a mi hermano, según los testigos, lo hacen arrodillar y uno de los policías le pegó un tiro en la nuca. Lo fusilaron ahí nomás, después le tiraron un arma al lado, para simular un enfrentamiento, pero todos los vecinos nos dijeron que sólo se escuchó un disparo. O sea que no hubo un tiroteo como dicen los policías, acá hubo un solo tiro, que fue el que mató a Mauricio -relató Martín, hermano de Mauricio.

Fue un fusilamiento, frío, insensible, feroz, ilegal, una clásica ejecución de los tiempos de la noche carnívora, cuando los feriados del carnaval fueron prohibidos para que las minorías no vieran ni sintieran las críticas de las murgas y los disfraces.

El fusilador es integrante de la comisaría 33 de la Policía Federal -la vergüenza nacional como todavía se canta en las tribunas futboleras- del barrio de Belgrano.

La explicación de la fuerza hunde sus raíces en las mismas palabras de hace más de tres décadas: se trató de un enfrentamiento.

Una bestial mentira que no puede dar cuenta del único disparo que tiene el murguero en la nuca.

No hubo pelea ni resistencia.

Fue una ejecución lisa y llana.

Del otro lado de las palabras de ocasión, hay bronca, dolor y nuevas estadísticas que repiten gatillo fácil.

Del otro lado, un pibe de diez años todavía espera que alguien le cuente por qué mataron a su papá.

Por qué en la Argentina del tercer milenio siguen vigentes aquellas prácticas terroristas entre los integrantes de las fuerzas de seguridad nacionales y provinciales.

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