lunes, 9 de marzo de 2009

Costa Rica: Les queda grande la camisa

Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

La crisis económica está poniendo en evidencia la ineptitud de las clases dirigentes de Costa Rica. Hablo de la oligarquía en su conjunto, incluyendo gobierno y élites políticas; poder económico; corporaciones mediáticas; ideólogos sistémicos, con los economistas a la cabeza.

Diversos hechos lo ilustran con notable claridad. Para empezar, la parálisis gubernamental. La economía mundial literalmente se desploma y pululan señales de que ya la tormenta la tenemos dentro. Pero la administración Arias anda desorientada y sin capacidad de respuesta. En un discurso reciente, el presidente dejaba testimonio elocuente de ello cuando poco más o menos decía lo siguiente: “¿cuándo terminará esta crisis? Cuando termine en Estados Unidos, porque nuestra dependencia de ese país no nos permite otra cosa”. Esta es una confesión de impotencia total y, a la vez, un reconocimiento de que no se tiene ni la menor idea de qué podría o debería hacerse.

La ruidosa disputa entre los hermanos Arias y el Banco Central en relación con el manejo de la política monetaria y crediticia aporta una notable ilustración. Por un lado, el presidente promueve que los bancos públicos bajen las tasas de interés sobre algunas categorías de créditos. Por el otro, el Banco Central insiste en una política restrictiva que eleva tasas de interés. No podría ser más patético.

Mas, en todo caso, la confusión es general. Baste observar la tremolina que se ha montado alrededor de lo del crédito. La cosa ha gozado de gran despliegue mediático y beligerante implicación de las cámaras empresariales, si bien no parece ser una preocupación compartida por el negocio financiero privado. Piden flexibilizar el crédito; que éste fluya en mayor cantidad y con más ligereza. Y se insiste que esto es indispensable para frenar la crisis y reactivar la producción.

Admitamos que, en efecto, la restricción crediticia ha sido, a nivel mundial, un factor desencadenante de la crisis aunque no, ni de lejos, su verdadera causa. Reconozcamos que también en Costa Rica ese problema ha impacto de forma muy negativa. También conviene reconocer que para enfrentar la crisis se requeriría, entre otras cosas, de una política monetaria más flexible, que posibilite una mayor disponibilidad de crédito. Pero parece que se les olvida un detalle que, a estas alturas, es absolutamente crucial: ¿a quién se supone que le venderán lo que dicen que producirán contando con más crédito?

La economía mundial está en una recesión profunda y generalizada. El problema es tan grave que amenaza traerse abajo todo el edificio de la Unión Europea, arriesga lanzar a China a una etapa de agudo desorden social y pone a Japón al borde de un retroceso abismal. Y ni hablemos de Estados Unidos, donde el fantasma que empieza a tomar forma no es ya el de la insolvencia de algún gran banco, sino la del propio gobierno estadounidense.

En Costa Rica lo estamos viendo en el derrumbe que experimentan las exportaciones, el turismo y la construcción. Y lo peor del cuento es que los efectos más agudos están por venir y que, además, nada de esto se va a corregir pronto. No es cosa de uno o dos años. El grado de dislocación de los sistemas financieros mundiales, la forma como se está derrumbando la espiral de crédito y deuda que ha sostenido al capitalismo neoliberal durante los últimos decenios y la aguda generalización del desempleo, auguran un largo período donde el estancamiento será –haciendo acopio de mucho optimismo- el mejor de los escenarios esperables.

Así pues, ¿a quiénes les venderán? Si el mundo está recortando sus compras de forma pronunciada ¿qué queda? ¿El mercado nacional? Lo que el “auge” dejó a mucha gente y empresas nacionales es la herencia de una acumulación disparatada de deudas. Y ahora, cuando el socollón empieza a sentirse ¿van a poder seguir comprando? El caso es que ni siquiera pueden seguir tomando crédito y sumando deuda. Entonces se frenan también el consumo de la gente y la inversión empresarial. De ahí la importancia –entre otras cosas- de una política fiscal fuerte y decidida. Pero a la oligarquía y sus élites políticas que ni se les mencione la cosa. Violenta su liturgia ideológica neoliberal.

Tampoco sabemos en qué estado se encuentran las finanzas de los bancos, puesto que el crecimiento brutal del crédito durante los años 2004-2007 les impone cargas riesgosas. Y esos riesgos crecen conforme la economía cae, aumenta el desempleo y más gente y empresas se ven en dificultades para cumplir con las obligaciones derivadas de las deudas asumidas. Pretenden que los bancos den más crédito, cuando en realidad uno puede dudar de si van a poder manejar la carga de créditos acumulados durante los años de francachela y exceso.

Así de complejo es el asunto, frente a lo cual, como sabemos, el gobierno, en el éxtasis de su potencia creativa, a lo más que llega es a proponer lanzar los costos de la crisis sobre la espalda de las clases trabajadoras mediante reformas y políticas de “desregulación” laboral. En particular, lo de reducir la jornada a la mitad para que haya menos gente desempleada –idea apoyada por el PAC- en realidad implica dos cosas: ponerle una careta publicitaria a la falta de empleo y repartir “equitativamente” –en el conjunto de la clase trabajadora pero liberando de cargas a las plutocracias- la pobreza y la desesperanza.

Que el PAC apoye parcialmente la política de “desregulación” laboral es cosa que me produjo tamaña sorpresa. En verdad, yo esperaba de este partido propuestas más imaginativas y audaces, tal cual lo amerita la gravedad de la situación y se deduce de su compromiso programático con la justicia social.

Con ese antecedente a mano, ya no me resultó tan sorprendente que del seno de ese partido salgan sugerencias para reducirle impuestos a las empresas “que mantengan la planilla en el período de crisis”. Es de suponer que mantendrán la planilla las empresas a las que les vaya mejor, por lo que resulta un poco extraño que justo a ésas se les reduzcan los impuestos. Pero -cosa realmente paradójica- resulta que reducción de impuestos corporativos es la receta favorita del neoliberalismo. En versión extrema, los libertarios proponen lo mismo. Por otra parte, esa fue la obsesión omnipresente en los ocho años de la administración Bush. Con resultados lamentables, según se ve. Ello ratifica lo que ya se sabía: liberar de impuestos a los más ricos, los beneficia a ellos y a nadie más.

Todo esto me deja con una idea que amerita más reflexión: la de que la crisis actual está sobrepasando a las clases dirigentes criollas y, en particular, a las élites políticas. La camisa les queda muy grande. Posiblemente esto se evidenciará con más claridad conforme pasen los meses y la situación se deteriore. Se agudizarán así los efectos perniciosos de la crisis ya que, por otra parte, las fuerzas sociales y políticas alternativas continúan fragmentadas y dispersas, cosa que debilita su capacidad de respuesta y sus posibilidades para impulsar un proyecto político realmente democrático.

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