viernes, 27 de marzo de 2009

La violencia moral

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Se habla y se escribe mucho, con causa eficiente, de la violencia física. Pero muy poco, y sin establecer la precisa relación efecto y causa de la violencia moral que, incubada a lo largo de periodos de tiempo larguísimos, al final activa, provoca y percute una violencia física de intensidad inusitada. Las revoluciones devienen de la insoportable violencia moral ejercida sostenidamente por las clases económicamente superiores sobre las más deprimidas.

Me refiero a esa violencia que hace imposible la vida de la pareja, con sevicias o sin ellas; a la violencia presente en el mundo del trabajo, hoy llamada acoso; la que proyectan los poderes mediáticos a través de la agresividad latente en la publicidad; esa que siembra el cine norteamericano; a la violencia transportada a lo largo de la Historia por el cristianismo en el “estás conmigo o estás contra mí”; la que ejercen inveteradamente los poderes institucionales y los poderes fácticos de los países occidentales, desde los tiempos en que se adueñaron a la fuerza de tierras pertenecientes a pueblos que habitaban ancestralmente en ellas; o con la que se apoderaron un día en territorios que tampoco les pertenecían del oro, de los fosfatos, del caucho, del café, del cacao, de numerosas materias primas, y hoy del coltán, de la madera, del petróleo... a cambio de oropel que sólo sirvió, y sirve, para enriquecer a jerarcas, jeques, jerifaltes y caciques del lugar puestos por los mismos que con ellos mercadean; esa violencia que subyace en la Justicia benévola, permisiva, condescendiente con lo que hace el poderoso e implacable con el desgraciado; ésa que ha terminado sin ninguna vergüenza saqueando en nuestro país, ya directa y descaradamente, lo poco que pertenece a los que carecen de casi todo; la violencia que no se televisa en directo pero que está ahí; ésa de la que sólo se habla fragmentariamente en documentales y en reportajes y en sueltos de periódicos y en artículos sobre ecología que denuncia los desmanes pero son tratados casi como temas exóticos, místicos y en todo caso secundarios; a esa violencia que nos está echando a perder el planeta, que está haciendo irrespirable el aire que respiramos y que sólo dejará a nuestros descendientes basura y despojos; la que sufren en silencio los países más atrasados… atrasados según nuestro modo de valorar la vida, que excluye a débiles y desheredados, pero países, pueblos, gentes que no comparten los principios depredadores de nuestra civilización ni quieren tampoco seguir los peligrosos pasos de la civilización occidental.

Lo que descargó sobre los Estados Unidos desde el cielo el 11 de setiembre fue una respuesta fermentada a lo largo de los siglos a la violencia genérica implacable ejercida por Occidente sobre el resto del mundo y especialmente sobre los países más débiles.

¿Cómo se atreve esta sociedad mediática, judicial, política y común a hablar unívocamente y tan a la ligera de “violencia” aludiendo a la indignación descargada por distintos motivos en cada circunstancia y lugar, sin llamar violencia a la otra, a la violencia por antonomasia, a la violencia moral, pública y social ejercida, por ejemplo, por el inglés sir Fred Goodwin que se ha asegurado una pensión anual de 780.000 euros después de hundir al Royal Bank?

De todos modos aquí sabemos mucho también de esto. Desde que se inauguró la democracia, el desfile de los desahogados de la estirpe de Godwin es interminable...

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