viernes, 27 de marzo de 2009

Partes de una batalla contra el paco

Oscar Taffetani (APE)

Isabel es una paraguaya dura, eterna, Latinoamérica en las venas, que llegó a los 8 años al país de los ganados y las mieses y pronto comprendió que ni los ganados ni las mieses son para todos y que hay que luchar cada día por el pan y las caricias. Alicia es distinta. Más suave en los modos. Atenta. Reflexiva. Informada al detalle de cada cosa. Juntas, son imparables. Estas dos mujeres del Barrio Lamadrid, Ingeniero Budge, Cuartel 9º, Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, juntas, son imparables.

A Isabel le mataron a Emo, a su querido Emanuel, su benjamín, porque tuvo la imprudencia de dejar el paco, porque organizó a los pibes que quieren dejar el paco y porque demostró que otra Argentina, solidaria, comprometida con su pueblo, es posible. Esto fue hace poco, hace algunas semanas. El crimen sigue impune.

Isabel y Alicia se conocieron en una de esas reuniones organizadas por políticos y funcionarios bonaerenses. “Plan Vida”, se llamaba. Les habían advertido que no debían concurrir con chicos. ¿Entonces? ¿Qué hacer con los chicos? ¿Con quién dejarlos? Decidieron asistir igual a la reunión, con hijos y nietos en brazos. Isabel recuerda que una nena tenía hambre y entonces la mamá arrancó los pétalos de unas flores de adorno que había en la mesa de la sala de reuniones, y se los dio a su hija para comer. Así estaban las cosas, en la Argentina de la antepenúltima “crisis”.

Alicia, ama de casa recién separada de su pareja, se preguntaba qué iba a hacer, en qué iba a trabajar. La respuesta llegó cuando la conoció a Isabel, una madre igual que ella, resuelta a tener un futuro siguiendo el sabio consejo del Che: con un presente de lucha.

A la hora de la siesta

“Manos Solidarias” se llama el comedor creado por Isabel y Alicia en la esquina de Newton y Orán, del Barrio Lamadrid. De lunes a viernes, haciendo milagros con un subsidio que reciben del ministerio de Desarrollo Social de la Nación, le dan desayuno, almuerzo y merienda a unas 600 personas, en su mayoría niños. Dado que en el comedor no hay espacio para servir las comidas, las madres o los chicos dejan colgadas bolsas con envases de plástico en donde voluntarios y voluntarias guardan las porciones para cada grupo, con etiquetas que advierten si son tres, cinco, seis o siete los que van a alimentarse con la vianda, en sus casas.

La hora de la siesta, en una barriada humilde vecina al Riachuelo, un día en que no hay comedor, uno puede suponer que va a ser un momento tranquilo. Pero no lo es del todo, porque suena el celular de las Madres contra el Paco, una red creada por Isabel y por Alicia. Y con la llamada viene una nueva preocupación, algo concreto para resolver antes de que termine el día.

Un joven consumidor de paco, un adicto, la había llamado a Alicia el jueves, porque estaba dispuesto a internarse para curarse de la adicción. Pero el SEDRONAR -cuenta Alicia- no lo podía recibir hasta el martes. El muchacho no soportó la abstinencia y le pidió a su compañera que vendiera los parlantes del equipo de audio, para conseguir unos pesos. Ella no quiso. Entonces él tomo a su hijo de la mano y se fue de la casa, y todavía no quiere volver. Resultado de la dilación burocrática: ya no habrá internación para el joven; hay un nene que está perdido, junto a su padre; hay una joven madre desconsolada.

Mientras Alicia se ocupa de atender los nuevos llamados, Isabel nos cuenta que ayer mismo hallaron a un pibe adicto ahorcado en el baño de su casa. “Él estaba solo. Completamente solo. Cuando le pidió y le debe a todo el mundo, o cuando robó para el paco y se fue peleando con todos, en la familia y en el barrio, su vida se convierte en un desierto. Ya no sabe a quién recurrir. Ahí es cuando quiere morir. Ahí es cuando se suicida”.

Le preguntamos a Isabel cómo es que un servicio de apoyo para adictos a las drogas -el SEDRONAR- deja de funcionar los fines de semana y feriados, cual si fuera una simple oficina administrativa. “Y ahora está mejor -responde-, está mejor porque nosotras protestamos un día que estuvimos con la Presidenta. Antes, un turno para internación nos lo daban para el otro mes, sin tener la menor idea de la urgencia, sin ver que un pibe que no atendiste hoy, mañana ya está preso o está muerto”.

Aunque no hay estadística oficial, las Madres contra el Paco llevan una cuenta de los muertos. “Acá en Lamadrid y el Cuartel 9º, dicen Isabel y Alicia, perdemos entre diez y veinte jóvenes por semana, muertos por la droga, por la sífilis, por el HIV; o por suicidio; o por asesinato. Aparecen los cuerpitos por ahí, tirados, y en el barrio tenemos que esperar a que venga la madre o algún pariente para que nos diga quién es. Ni documento de identidad tienen. Es como si no existieran”.

El sueño de Emanuel

Emanuel, hijo menor de Isabel, había logrado salir de la droga y ayudaba a su madre en la atención del comedor y en la organización de la Red.

Fuerte, robusto, de pocas palabras y reacciones rápidas, se había convertido en un líder para los pibes de Lamadrid. “Este verano -cuenta su madre- ganamos la licitación para que los chicos que rescatamos del paco pudieran vender cosas en la playa. Llevamos más de cien a Villa Gesell, con micros, pagando el alquiler de las casas, organizándolos para lavar la ropa, para hacer las camas, todo. Unos veían por primera vez el mar y se quedaban con la boca abierta. ‘Cerrala, que se te va a llenar de arena’, les decíamos. Emanuel estaba contento. Él no era de hablar mucho, pero una tarde me agarró el brazo y me dijo ‘el verano que viene, mamá, vamos a traer 300, eh? Pero tuvo que venirse antes, para atender otras cosas, y cuando bajaba de la camioneta en la que traía las viandas, a dos cuadras de aquí, lo pararon para pelearlo, y me lo mataron...”

En noviembre del año pasado, Emanuel y los chicos de la Red sufrieron otro golpe, cuando la ex secretaria de Medio Ambiente, Romina Piccolotti, ordenó desalojar un lote en la orilla misma del Riachuelo, donde los pibes, a pico y pala, habían hecho una rampa de acceso y querían habilitar una especie de rambla, para que los clientes de su playa de estacionamiento, en la Feria de la Ribera, pudieran sentarse a merendar o tomar mate.

Había “peligro de desmoronamiento”, dijeron los expertos. Y entonces mandaron 47 (cuarenta y siete) móviles de Gendarmería y Prefectura, más dos lanchas y dos helicópteros, a desalojar a un puñado de pibes y a romper la rampa que habían construido. Los restos de ese acto heroico de la Secretaría de Medio Ambiente, desmoronados como después de un bombardeo, pueden todavía verse en el lugar.

Ilegalidad y precariedad de Estado

La feria de La Salada es una concentración caótica de puestos de venta, un hormiguero humano que funciona los miércoles y los domingos en la ribera del Riachuelo, no muy lejos del Puente de la Noria. Una parte de esa feria se hace bajo techo, en enormes estructuras con puestos habilitados, y nombres como “Ocean”, “Punta Mogote” y “Urkupiña”. El resto, a cielo abierto, se extiende por un kilómetro y medio siguiendo el curso del Riachuelo. Se estima en 12 mil el número de puestos de venta de ropa y mercaderías que hay en esa feria.

Gran parte del movimiento económico de La Salada es informal y es ilegal. No obstante, los “dueños” del espacio cuentan con la protección de padrinos políticos y con la vista gorda de las autoridades policiales y sanitarias. Por eso nadie objeta allí que la basura de los talleres clandestinos de ropa -toneladas de desperdicios, de distinto tipo- se vuelque sin pausa en las orillas mismas del Riachuelo. Pero eso sí, cuando los pibes de la Red contra el Paco quisieron hacer una rambla, el Estado -un Estado que es socio de la informalidad, de la contaminación y el delito- movilizó un verdadero ejército para desalojarlos.

Y cuando Emanuel Vázquez se perfiló como un líder que podía impulsar a los pibes a salir del paco y a conquistarse un futuro, entonces ese orden mafioso y represivo le decretó la muerte.

La indoblegable esperanza

No es mal programa, un 24 de marzo, ir a visitar a Isabel, a su amiga Alicia y a las colaboradoras de la Red. Tomar mate con ellas. Escuchar sus infinitos relatos.

Isabel vivía en la Villa 20 de Lugano y estaba embarazada de su primer hijo cuando soldados del Ejército la hicieron subir a un camión con todas sus cosas y una topadora arrasó la casilla en la que vivía. Allá en la Villa 20, en la capilla que ella misma había ayudado a construir, había conocido a “Mary” (la monja Léonie Duquet) y a militantes del movimiento villero que luego fueron secuestrados y que siguen desaparecidos.

En 1977, hace 32 años, Isabel bajó de un camión militar, con sus pocas pertenencias, en la casa de su madre, del barrio Lamadrid. A partir de ahí, el barrio Lamadrid fue su nuevo hogar, el hogar donde nació Emanuel, el lugar en el mundo de donde ya nunca nadie la podría desalojar o erradicar.

Pasada la dictadura, en mejores épocas, organizó la comparsa de carnaval Tigres de Bengala (“todos negritos, todos pobres, que rivalizaban en los cánticos con los rubios del barrio El Amanecer...”). Ahí se dio cuenta de que podía organizar y que podía liderar a un grupo. Luego, participó de distintos proyectos y movimientos sociales, en su infinito territorio del Cuartel 9º.

Es inevitable comparar aquí la lucha pionera y valiente que por estos días libran Isabel, Alicia y las Madres contra el Paco, con la lucha heroica de Azucena Villaflor y las primeras Madres de Plaza de Mayo. Son contextos diferentes, es verdad. Pero hay un mismo espíritu.

A la vera del Riachuelo, las apachetas (altares rudimentarios, hechos de piedras o ladrillos) recuerdan a muertitos que tienen algún significado para la comunidad. Algunos fueron víctimas del gatillo fácil policial. Otros, del paco. Y todos, sin excepción, de la pobreza.

Es que el paco y el gatillo fácil y la extrema pobreza son todas partes (el pensamiento es de Isabel) de una misma herramienta de exterminio.

En el Conurbano bonaerense, en este arrasado y trasegado territorio del paco, sólo la lucha constante de mujeres como Isabel y como Alicia nos devuelve, a todos, la esperanza. No es poco.

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