martes, 19 de mayo de 2009

Colombia: Del impulso bélico

Octavio Quintero (especial para ARGENPRESS.info)

Cuando uno dice: “Así paga el diablo a quien bien le sirve”, está admitiendo que esos servicios prestados fueron en su momento diabólicos.

No había caído en cuenta de esta confesión de parte que hace el ex embajador de Colombia en Chile, Jesús Vallejo Mejía (escritor y periodista), en su correspondencia epistolar con Jaime Jaramillo Panesso, sino hasta que el incisivo analista de Columnistas Libres, Darío Botero, la puso en blanco y negro en su columna: “Tras de cotudo con paperas”.

Tampoco le hubiera prestado mayor atención, pues, mi propia experiencia periodística me confirma que de ‘Vallejosmejías’ está poblado el mundo literario y periodístico, si no fuera porque ando meditando sobre un tema que me propuso el profesor Miguel Ángel Herrera Zgaib sobre “los medios escritos y la guerra en Colombia”, en el marco del II Seminario Internacional ANTONIO GRAMSCI, a llevarse a cabo entre el 27 y 29 de mayo en la facultad de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional.

La mentira organizada, de la que con frecuencia hablo en mis columnas, tiene en los medios una mayor exposición que la verdad. Es más, decir la verdad en la Colombia de Uribe, resulta peligroso, y pruebas al canto sobran y me eximen de ejemplos.

Nadie discutiría con razón que la prensa es la máxima institución de la expresión pública, y cuando la verdad pierde exposición en la opinión pública, crea estadios de expresión por fuera de las instituciones convencionales con el fin de hacerse escuchar por las malas, ya que por las buenas no pudo.

En este sentido es valiosa la confesión de Vallejo Mejía cuando dice, al final de su epístola a Jaramillo Panesso, (…) “así paga el diablo a quien bien le sirve”.

Es decir, durante 17 años que fungió como columnista de El Colombiano, se dedicó, como dice Botero, “a justificar ante sus crédulos lectores las bellacadas de Uribe Vélez”… y de Pastrana y Samper y Gaviria, y de ahí para atrás hasta el principio de los tiempos, podríamos agregar, porque todos-todos, a cuál más, son un partida de bellacos, un término que entre nosotros los colombianos se ha generalizado al punto que ya ni siquiera sabemos qué significa: malo, pícaro, ruin, astuto y sagaz.

¿Cuántos escritores y columnistas de esta estirpe pueblan los medios de comunicación?

¿Cuántos militantes de la guerra han sido empujados por estos bellacos a empuñar las armas en vista de que las injusticias en ellos, con ellos y en su nombre cometidas, no tuvieron eco en la prensa o fueron tergiversadas por los panegiristas del régimen?

Son tan simplones algunos que redujeron la vida de Tiro Fijo a decir que se había echado al monte años atrás porque unos soldados le habían robado siete gallinas y un marrano, callando que en la acción mataron a cuantos pudieron y violaron a cuantas gustaron.

La guerra en Colombia (y en el mundo, me atrevería a decir), no está alimentada hoy en día por ideologías, no al menos principalmente, como la que animó a Antonio Gramsci, sino por los silencios de una prensa confabulada con los detentadores del poder político y económico que calla, tergiversa o ridiculiza las injusticias sociales mediante plumas lacayas de alto vuelo como las de Montaner, Apuleyo Mendoza y Vargas Llosa, por citar sólo tres ejemplos protuberantes y harto conocidos que contribuyen sin sonrojo a poner la historia patas arriba.

Como la naturaleza humana no es más que una expresión en miniatura de la naturaleza universal, cuando al ser se le silencia, macilla y se le coarta el derecho a una vida digna, explota como la tierra por la boca de los volcanes que en geología llamamos erupciones y en sociología desobediencia civil, que puede ser pacífica como la de Gandhi o violenta como la de Bolívar.

Lo que pasa es que no todas las desobediencias civiles se transforman en revoluciones ni todos los revolucionarios en héroes. Muchos, mejor dicho todos, con históricas excepciones, quedan abatidos por las balas del régimen como guerrilleros, y últimamente como terroristas.

Mientras existan medios de comunicación y escritores que desdeñan las razones subjetivas de la violencia, precisamente porque sus patronos les pagan para que no las entiendan, la hoguera de la guerra seguirá siendo alimentada por inocentes soldados e intrépidos guerrilleros.

Y en medio de ella, los cosechadores de sus dividendos que pueden ser teocráticos como en el Medio Oriente; capitalistas como en el Golfo Pérsico; políticos como en la Europa Oriental o simplemente criminales como todas las anteriores más las del narcotráfico en Colombia y México.

Cuántos de nosotros nos seguiremos devanando los sesos en disquisiciones académicas en busca de una causa sui de la guerra, mientras otros en dorados salones brindarán por ella.

No digo, para finalizar, que la gran prensa sea la única causa de la guerra; pero que es una de las más importantes, no cabe duda.

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