jueves, 21 de mayo de 2009

Cuba, la OEA y la revolución latinoamericana

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Nadie recuerda cuando en Cuba la OEA se multiplicó por cero. No conozco a ningún cubano a quien el asunto le interese y jamás en los debates y análisis políticos se le toma en cuenta. Para los cubanos la OEA no es cosa que se extrañe sino algo inexistente. Los mayores, que recuerdan las infamias de una de las organizaciones más desprestigiadas del mundo, apoyan las posiciones de Fidel y Raúl que la castigan con los peores epítetos y reiteran categóricamente que Cuba no retornará jamás a semejante círculo.

No obstante, en América Latina actúan fuerzas políticas avanzadas que insisten en que la OEA debe levantar las sanciones que injustamente y como parte de una conspiración norteamericana impuso a la Isla en 1962. Entonces más de la mitad de los latinoamericanos de hoy no habían nacido, varios de los gobernantes de turno fueron luego repudiados por sus pueblos, de otros nadie se acuerda y los presidentes que hoy toman las decisiones en América Latina y el Caribe eran lactantes.

Aquellos hechos tuvieron lugar en un escenario histórico excepcional: a tres años del triunfo de la Revolución Cubana, que conmovió los cimientos de la dominación oligárquica e imperialista en la región y cuando la Guerra Fría debutaba en el continente, menos de un año después de la aventura norteamericana de bahía de Cochinos y ocho meses antes de la Crisis de los Misiles.

Más lejano, insólito y anacrónico parece el pretexto invocado para la expulsión de Cuba, al considerar el marxismo incompatible con el llamado “Sistema Interamericano”. De haber asumido ese credo, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill no hubieran reconocido a la Unión Soviética, ni se hubieran aliado con Stalin en la lucha antifascista, la República Popular China no hubiera sido admitida en la ONU y ningún partido marxista habría sido legal en occidente.

Si bien los cambios que en la arena internacional a partir de la desaparición de la Unión Soviética y el transito al mundo unipolar, no han favorecido el multilateralismo y las instituciones que operan a nivel mundial como la ONU y su Consejo de Seguridad, la OMC y otras han involucionado y sus funciones son usurpadas por instancias como el G8, el G20, la OTAN, la UE, el Foro de Davos y otras, en América Latina se manifiesta una situación diferente.

Tal vez porque trescientos años de colonialismo, dos siglos de dominación oligárquica y cuatro décadas de neoliberalismo retrasaron la evolución del sistema político y las instituciones latinoamericanas, las vanguardias de hoy, junto a las tareas del momento, cumplen cometidos asociados al desarrollo económico y social y la institucionalidad que correspondieron a otras fuerzas y otras épocas.

Esa compleja y peculiar dialéctica explica los cambios políticos y los procesos políticos en marcha que trabajan eficazmente por el restablecimiento de la soberanía nacional y el rescate de los recursos naturales de sus respectivos países, producen una cohesión regional que favorece la colaboración multilateral y la integración, no sólo económica sino también política. Fruto de ese proceso es la posición que demanda el fin del bloqueo a Cuba y la anulación de las sanciones aplicadas en 1962.

Por una paradoja política, al emerger como única superpotencia mundial, Estados Unidos no reforzó su influencia ni sus esquemas de dominación en América Latina, sino que ocurrió todo lo contrario y, no como un hecho aislado, sino como parte de su confrontación con el imperialismo y las oligarquías nativas, las fuerzas políticas avanzadas asumen la tarea de doblegar a la OEA a la que exigen una reparación de su conducta pasada hacía Cuba.

No se libra ahora una batalla de las muchas que Cuba libró en solitario, sino que se trata de un esfuerzo latinoamericano y de una reivindicación continental de clara orientación anti imperialista. No estamos en presencia de una maniobra utilitaria que beneficie a Cuba ni a los países que la auspician o influya en la evolución de los procesos políticos del continente, sino de un acto de justicia histórica y de una rectificación.

En su esencia más profunda anular las sanciones a Cuba, que no ha cambiado su sistema ni su filosofía política, es una autocrítica que entraña una victoria latinoamericana sobre una infamia promovida por Estados Unidos.

Más temprano que tarde el imperio y su ministerio de colonia se verán obligados a rectificar. Cuba no regresará a la OEA como han declarado sus gobernantes, pero Latinoamérica habrá propinado una derrota de dimensiones históricas a la dominación imperialista en la región.

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