lunes, 8 de junio de 2009

7 de junio: Día del Periodista. Verdades mentirosas

Laura Giussani (EL BARRILETE)

Escribir sobre los periodistas en ocasión del Día del Periodista puede resultar tan empalagoso y equívoco como hablar de las madres en el Día de la Madre, fatídico domingo de octubre precedido por un bombardeo publicitario en el que aparecen “ellas”: buenas, bellas, protectoras, dulces y santas, sin una pizca de maldad, que no manipulan ni asfixian, y nada tienen en común con esas madres que se entrometen, y dan ganas de matar, de decirles basta, de una vez y para siempre. Con los periodistas ocurre algo parecido. No todas las madres son santas y no todos los periodistas son dignos.

Este día de junio, los grandes medios harán propias hazañas ajenas. Con voz quebrada recordarán a decenas de colegas desaparecidos durante la dictadura y se llenarán la boca de Walsh. Como si tuvieran algo en común con él. La Nación o Clarín, Telenoche o Canal 5, hablarán de nuestro oficio como simples aves carroñeras y reivindicarán al muerto porque muerto está. Con descaro, en diarios nacionales o programas de radio y televisión, se mostrarán como paladines de la justicia y reivindicarán su rol de “investigadores” –aunque la “investigación” sea simplemente un expediente arrimado por un poderoso en contra de otro poderoso- y se autoproclamarán “expresión de la opinión pública”, curiosa opinión que ha quedado en manos privadas.

En este día, esos periodistas nada dirán de los oprobiosos silencios, de las verdades a medias, del destierro al que someten a quienes no sintonizan con “su” realidad. Los mismos diarios que fueron partícipes de la dictadura -de manera tan descarada que hasta una de sus directoras, Ernestina Herrera de Noble, está seriamente sospechada de haberse apropiado, sí, robado, un par de hijos de desaparecidos, menudo detalle que debería ser un escándalo nacional pero del cual no se habla porque la señora también se apropió de la palabra-, aquellos que fueron y son contertulios del poder, o el poder mismo, reivindicarán como propio el coraje de personas como Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Enrique Raab, Enrique Walker, Oscar Barros, Miguel Angel Bustos, Haroldo Conti, Luis Guagnini, Julián Delgado, Raymundo Gleyzer, Héctor Oesterheld, Rafael Perrota y tantos otros silenciados durante años por haber unido la palabra y el gesto, la acción y la idea. Y lo harán sin sonrojarse siquiera.

Porque hay que decirlo: los grandes medios, que tanto se critican por ser monopolios económicos, están escritos por periodistas. Muchos de ellos, simples trabajadores que buscan resquicios para decir lo que se pueda, sumergidos en una angustiosa insatisfacción; pero muchos otros, verdaderos escribas convencidos de ser “librepensadores”. Libertad de pensamiento admitida porque saben a la perfección qué decir y qué callar. Menuda libertad.

Quienes hemos respirado este oficio desde la cuna, cuando “los periodistas” no eran seres clonados, con títulos de licenciados ni tecnicaturas, sino personas curiosas, chismosos por definición, apasionados por la búsqueda, muchos de ellos militantes, que se juntaban en torno a buenas botellas de vino a contar historias, en medio de carcajadas...en fin, cuando los periodistas no eran “periodistas” sino personas que escribían en algún medio, no podemos menos que sentir melancolía al ver que se bastardea de tal modo uno de los oficios más vitales, ricos, creativos, libres y sabrosos.

Los que conocimos a Walsh y a Paco, a Jarito y al Negro, a Miguel Angel Bustos, Guagnini y Raab, cuando no tenían plazas ni colegios ni nada con su nombre, y eran hombres simples, de miradas melancólicas y hablar pausado, que habían renunciado a varios trabajos por ideas y andaban a los tumbos, en las sombras, tratando de encontrar espacios clandestinos, y seguían riendo y gozando, y no pensaban en una carrera profesional sino en la vida, y no trabajaban en televisión, y el anonimato no los fastidiaba, y se conformaban con una buena noche de amor y la magia del encuentro con la palabra justa, solo podemos rendir homenaje en este día a todas aquellas personas que hoy escriben y gozan y sufren y comunican y no dejan de inventar sus espacios, en las sombras, en la red, con periódicos hechos a pulmón, de pueblo en pueblo, como juglares contemporáneos que se niegan a que la historia siempre la escriban otros.

A ellos, a los vivos y no a los muertos, a los anónimos que no se rinden, como personajes de Orwell que luchan por mantener vivas las palabras y eludir al Gran Hermano, un merecido homenaje en este día del periodista.

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