lunes, 8 de junio de 2009

El Presidente y Mahoma (I)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Se afirma que el mundo musulmán fue fascinado por el discurso de Barack Obama en la universidad Al-Azhar de El Cairo. Tales juicios omiten el hecho de que ser musulmán como ser cristiano es un modo de sentir y vivir la fe, no una actitud política. Lo que me parece importante anotar es que únicamente alguien descendiente de africano por línea directa, nacido musulmán, criado entre Hawai, Kansas e Indonesia y que es presidente de los Estados Unidos, puede pronunciar semejante discurso y sonar autentico.

Sin perder tiempo, en el segundo párrafo de su alocución, Obama asume como verdad el hecho, muchas veces negado, de que las tensiones entre el mundo musulmán y occidente, especialmente los Estados Unidos, no son una anécdota o un resultado coyuntural, sino un fenómeno de raíces históricas derivado del colonialismo, hecho que bastaría para acreditar un enfoque que lejos de evadir las consecuencias actuales, admite que aquellas contradicciones están en la raíz del 11/S.

Un enfoque así es la premisa para comprender que, aunque son de diferentes colores, ricos y pobres, cultos o iletrados, ningún pueblo es mejor que otro, ni los hay laboriosos u holgazanes, inteligentes o incapaces y sobre todo ninguno ha sido elegido por la providencia. En realidad el desigual desarrollo es un resultado de las circunstancias como la humanidad, mediante una magnifica combinación de evolución orgánica y progreso cultural llegó hasta la actualidad.

El hecho de que el hombre existe hace más de cuarenta mil años y que los europeos conocieron de la existencia de América hace un poco más de quinientos y las culturas más antiguas interactúen entre hace apenas tres mil años, evidencia que durante la mayor parte de su existencia los pueblos vivieron aislados unos de otros. Por esa razón, a pesar de ser genéticamente homogénea, la humanidad es culturalmente diversa.

Cada pueblo a sus ritmos, en sus entornos geográficos y en medio de particulares circunstancias, resolvió los problemas básicos de la supervivencia y la convivencia. Todos desarrollaron el lenguaje e inventaron la escritura, dominaron el fuego, aprendieron a utilizar la palanca, a calcular fuerza y resistencia, a medir el tiempo y protegerse de los elementos; todos crearon dioses y mitos aunque lo hicieron en espacios y épocas distintas. Ese y no otro es el origen de las diferencias entre las grandes culturas.

Por razones que no dependen de la genética ni de la providencia, aquellos pueblos que como los europeos, disfrutaron de mejores suelos, climas más estables y benignos, abundancia de carbón, minerales y agua y tuvieron un mar interior como el Mediterráneo, marcharon a mayor velocidad y alcanzaron primero ciertos estadios de la civilización.

Cuando maduraron las posibilidades tecnológicas y científicas para que los pueblos del orbe se conocieran y marcharan juntos, ya las poderosas élites gobernantes se habían vuelto corruptas y codiciosas, al punto de que las coronas europeas convirtieron aquella una precedencia casual en exclusividad y su mayor desarrollo tecnológico en factor de dominación.

En la modernidad, como implícitamente reconoce Obama, se originó el colonialismo, la trata de esclavos, apareció el racismo y los poderosos, interesados en someter otros pueblos, crearon los estereotipos ideológicos según los cuales los pueblos originarios del Nuevo Mundo eran paganos y los musulmanes infieles.

De ese modo nacieron las pseudo justificaciones asociadas a la ocupación y el saqueo del Nuevo Mundo que hicieron posible la trata de esclavos durante cuatro siglos y auspiciaron las cruzadas para invadir el Levante y liberar de los infieles a la Tierra Santa.

Aunque cuidando las palabras, Obama lo dice: “…Más aun, los cambios arrolladores traídos por la modernidad y la globalización han llevado a muchos musulmanes a ver a Occidente como hostil hacía las tradiciones del Islam”.

Valía la pena estar en el Cairo para escuchar al más encumbrado vocero del imperio, reconocer un hecho tan simple. Los musulmanes, como tampoco ningún pueblo y ninguna cultura, son intrínsecamente perversos, no forman ningún eje del mal y sus rencores, aun cuando no puedan justificarse, pueden ser explicados. El discurso contiene más. Tenemos tiempo.

Ver también:
- El Presidente y Mahoma (II)
- El Presidente y Mahoma (III)


Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.