martes, 9 de junio de 2009

El Presidente y Mahoma (Parte IV - Final)

Jorge Gómez Barata (especial para ARGENPRESS.info)

Como suele ocurrir con los discursos estratégicos, el de Barack Obama en la universidad Al- Azhar de El Cairo impacta de modo diferente en las elites y en las gradas. Únicamente los conocedores de ciertos antecedentes comprendieron el significado de sus palabras al señalar que: “En medio de la Guerra Fría, Estados Unidos desempeñó un papel en el derribo de un gobierno iraní democráticamente elegido”. Se trataba del gobierno de Muhammad Mossadeq derrocado en 1953. A confesión de parte, relevo de pruebas.

Para algunos Obama se quedó corto. En realidad Estados Unidos cometió un crimen incalificable y con aquella acción privó a la Nación y al Estado persa de su única oportunidad en mil años para avanzar en la construcción de una democracia autóctona, moderna, laica y nacionalista, basada en la autodeterminación de su pueblo.

Obama tiene razón al asociar aquella operación con la Guerra Fría, no sólo por la época sino por los intereses que la generaron. El caso de Irán fue peor que otras aventuras intervencionistas de Washington, porque esta vez no sólo derrocó un gobierno de orientación nacional sino que restauró a la corrupta monarquía Phalavi, deteniendo a la vez el avance político hacía la democracia y paralizando también una opción modernizadora que con un laicismo autóctono pudo haber conciliado la fe y el Islam con las reglas del Estado de Derecho y con reivindicaciones universales.

El presidente pudo también recordar que ese proceso comenzó cuando, mediante una operación militar preventiva, para evitar que los campos petrolíferos, los puertos y el ferrocarril que unía al golfo Pérsico con el mar Caspio cayeran en manos alemanas y utilizar el territorio persa para abastecer a la Unión Soviética, en 1941 Roosevelt, Churchill y Stalin decidieron invadir Irán, cuyo ejercito naturalmente derrotaron abrumadoramente. Concluida la guerra, aquella ocupación dio lugar al primer round de la Guerra Fría, cuando soviéticos y británicos se negaron a evacuar sus tropas.

Al emerger como artífice de la solución que en 1946 obligó a la retirada de británicos y soviéticos, Estados Unidos que contaba además con una solvencia económica que sus adversarios o competidores no poseían, estuvo en condiciones de ejercer la mayor influencia sobre las autoridades iraníes, la que consolidó al apoyar al Sha Reza Phalavi, logrando dos grandes objetivos: disponer del petróleo iraní y utilizar al país como una pieza clave en el cerco a la Unión Soviética.

No obstante, la escandalosa y multifacética presencia norteamericana no pudo impedir que movilizadas en torno a la defensa de sus riquezas naturales, las fuerzas nacionalistas lucharan hasta llevar al poder por vías electorales a Muhammad Mossadeq, decidido partidario de la nacionalización del petróleo.

En aquellas confusas circunstancias, la CIA llevó a cabo su primera gran operación estratégica de la posguerra y mediante el abierto apoyo a las fuerzas monárquicas logró que el líder nacionalista fuera depuesto, arrestado y condenado a prisión, con lo cual el petróleo volvió a manos inglesas y norteamericanas.

El Sha Reza Phalavi, totalmente dependiente de Estados Unidos, usando créditos norteamericanos y los lucros de las exportaciones petroleras, en nombre de una modernización de estilo occidental, introdujo una corrupción generalizada que conllevó al total abandono de las tradiciones islámicas y a la desenfrenada introducción de costumbres occidentales, entre ellas las peores, provocando un descontento popular generalizado.

En tales circunstancias, la lucha por la independencia, la soberanía, el rescate de los recursos y la defensa de la cultura nacional fue capitalizada por las jerarquías religiosas, que para la movilización del pueblo en la lucha contra el imperialismo, apelaron a los resortes de la fe. Ese proceso condujo a la victoria de la Revolución islámica y al establecimiento de un estado teocrático, que si bien asegura la independencia nacional y el manejo de los recursos naturales en función del bien común, omite importantes atributos de las libertades ciudadanas.

Por lo demás, el discurso del mandatario norteamericano aunque de modo mucho más respetuoso que sus antecesores, sigue plagado de lugares comunes que han llevado el contencioso entre ambos países a un círculo vicioso.

Una vez admitido que Irán como cualquier otro Estado tiene derecho a desarrollar la energía nuclear con fines pacíficos, lo que resta es aplicar el régimen de salvaguardas previsto en el Tratado de No Proliferación Nuclear y sumar a Israel a los mismos preceptos. En esta materia Obama que carece de capacidad para presionar a Israel y no encuentra el camino para crear un clima de confianza en la región, fue ambiguo y omiso.

Tal vez Obama no lo dice porque no lo siente o porque no puede decirlo, aunque de su razonamiento pudiera desprenderse la creencia de que al derrocar a Mossadeq, Estados Unidos no sólo cometió un crimen, sino también un error estratégico. De haber actuado en sentido inverso o de haberse abstenido de intervenir como era su deber, el sistema político iraní hubiera evolucionado por otros caminos. Aquellos polvos trajeron estos lodos.

Ver también:
- El Presidente y Mahoma (I)
- El Presidente y Mahoma (II)
- El Presidente y Mahoma (III)

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