miércoles, 17 de junio de 2009

¡Eureka!: descubrimos al ladrón

Octavio Quintero (especial para ARGENPRESS.info)

Coincidieron este domingo en El Espectador (14-06-09), dos portentos de la teoría económica (Joseph E. Stiglitz y Eduardo Sarmiento), en abocar el tema bancario como la joya de la corona capitalista desde la cual se urde toda la explotación de los más poderosos sobre los más débiles que termina, como antes y como siempre, en catástrofes sociales como la que padece actualmente el mundo y que, equivocadamente llamados “crisis financiera y económica”.

Ni los bancos ni los ricos han perdido nada en esta crisis. Es decir, no es su crisis, porque, como decimos por acá en el Patio Trasero, el esquema de rescates financieros que ha implantado el capitalismo es uno en donde las pérdidas siempre terminan socializadas y las utilidades privatizadas. Otro dicho entre nosotros es todavía más patético: con cara ganan los ricos y con sello pierden los pobres. Por eso es que las crisis del capitalismo terminan siempre en catástrofes sociales que de paso ponen el huevo de la siguiente crisis, ya que a ellas sólo sobreviven, al mejor estilo darwiniano, los más fuertes.

El Nobel de Economía cree que este nuevo sucedáneo del capitalismo en que las pérdidas se socializan y las utilidades se privatizan, está condenado al fracaso. No es tan cierto mientras el modelo se mantenga. Y lo que vemos al través, ya no sólo de los nombramientos de Obama en el alto equipo económico de su administración sino en las medidas adoptadas para afrontar la crisis mundial, es más de lo mismo, al considerar que los grandes bancos, los principales responsables de la crisis, son tan grandes que no se pueden dejar quebrar sin que su caída produzca un gran estrépito; y no se pueden nacionalizar porque, precisamente, por ser tan grandes, resulta muy compleja su administración. Quedamos, pues, como ese que tuvo la fortuna para su infortunio de ganarse un elefante blanco en París.

Lo que concluye Stiglitz es que la banca tiene demasiado poder político. “Sus estrategias de influencia funcionaron bien, primero para desregular y después para hacer que los contribuyentes pagaran la limpieza. Ahora esperan que una vez más les funcione el truco para quedar libre de hacer lo que les plazca, independientemente de los riesgos para los contribuyentes y la economía. No podemos permitir que eso ocurra”.

Si no se puede permitir que eso ocurra en la meca del capitalismo, ¿qué podemos esperar en los países en desarrollo en donde el sector financiero dispone de condiciones más favorables con respecto a los países desarrollados?

Colombia, por ejemplo, tiene la tasa financiera más cara del mundo. Cuando un banco gana en sus préstamos hasta cuatro y cinco veces la tasa de inflación, estamos frente a un gran negocio que pudo producir, en plena crisis, más de tres billones de pesos en utilidades en el primer trimestre del año, cuando todos los demás sectores de la economía caen en picada.

“Ciertamente –dice Sarmiento-, el sector financiero dispone de condiciones favorables con respecto a los países desarrollados. Sin embargo, el blindaje no proviene de los fundamentos de la economía, sino del poder monopólico. Los bancos colombianos no están expuestos a la competencia en que una pequeña pérdida se traga el capital; en muchos casos las utilidades anuales corresponden a la mitad del capital bancario. Lo que no se hace suficientemente explícito es que los riesgos se trasladan a los deudores que tienen que afrontar elevadas tasas de interés que impiden la prosperidad de los negocios. No es necesario profundizar mucho para advertir que las tasas de interés de 30% (anual), son la principal causa de la elevada mortalidad de las microempresas”.

No pude evitar este domingo que leía estos dos comentarios recordar que hace 10 años la misma denuncia, y tal vez más cruda y sustentada, está en mi libro “La mentira organizada”, capítulo 9, Reforma financiera, pág. 203, en donde dice:

(…) “Cuando los préstamos del sistema financiero se hacen de manera descuidada, propósitos especulativos, o bajo influencias políticas malsanas, no valen milagros económicos. Las malas decisiones financieras inexorablemente terminan pagándolas la economía.

“El sistema financiero es la injusticia económica más difundida y mejor definida como capitalismo salvaje. El sistema financiero, globalizado hace cientos de años, permite que los ricos sean los dueños de toda la plata: la de ellos y la de los demás. Con la de ellos capitalizan las empresas (patrimonio); con la de los demás, trabajan… ¡Qué digo!: explotan al resto de los mortales. La lucha de clases permanente que se da entre ricos y pobres tiene un escenario natural: el sector financiero”.

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