lunes, 1 de junio de 2009

Hombres del monopolio del acero no son iguales a los hombres de acero


Emilio Marín (LA ARENA)

El conflicto entre el presidente de Venezuela y la siderúrgica Techint ha tenido la virtud de clarificar quién es quién en Argentina. Desde cámaras patronales a medios y aún gremios han salido en defensa del pulpo del acero.

“Nacionalícese” expresó Hugo Chávez, en referencia a seis empresas metalúrgicas de Guayana, en Venezuela, y se armó una batahola a miles de kilómetros de distancia, en Argentina. Es que tres de esas firmas son propiedad del monopolio Techint, que la va de empresa argentina aunque sus capitales son trasnacionales y su sede principal está en el paraíso fiscal de Luxemburgo.

El gobierno bolivariano fundó su medida en dos circunstancias públicas y notorias: esas compañías estaban sin producir hace meses, y el Estado necesitaba imperiosamente integrar verticalmente su sector industrial, desde la extracción del mineral de hierro, la colada del acero y la producción de insumos para el resto de la industria doméstica.

Además, como ya ocurrió con otras nacionalizaciones dispuestas por el Palacio de Miraflores, se pagaría una indemnización más que suficiente. Techint lo sabe perfectamente pues acaba de percibir 1.970 millones de dólares por la reestatización de Sidor, donde tenía el 60 por ciento de las acciones.

Como se ha encargado de puntualizar la misma prensa que en Argentina defiende a los Rocca, la facturación de aquellas tres metalúrgicas no llega a conformar el 1 por ciento de la facturación internacional del imperio del acero. ¿Por qué entonces tanto alboroto mediático, político y hasta diplomático en contra de la decisión soberana de Caracas de nacionalizar?

La campaña adversa ha sido brutal y homogénea, sostenida en el tiempo y diversificada en cuanto a sus promotores, pues en nuestro país abarca a todas las cámaras patronales con la sola excepción de una de la pequeña y mediana empresa (Apymes). Llega hasta el conjunto del abanico partidario opositor metido en campaña electoral, pasando por el grupo Clarín y la escudería mediática que componen una amplia sociedad con Techint.

Todas esas expresiones del privilegio, que defendieron la extranjerización y parasitismo de la economía local durante la dictadura y el menemato, ahora se travistieron como si fueran patriotas de la Primera Junta. Como Caracas pagará indemnizaciones, queda claro que esa reacción unificada y visceral es ante todo política e ideológica: odian el curso tercermundista de Chávez y temen que algo así (“un chavismo light”) pueda surgir en Buenos Aires con los Kirchner o alrededor de ellos, ahora o más adelante.

La falta de vergüenza los califica. Venezuela ha ayudado a nuestro país luego de la brutal crisis de 2001-2002. El INTI presidido por el ingeniero Martínez tiene firmados contratos para construir 56 empresas industriales en el país petrolero. Y ese es sólo un botón de muestra de las relaciones bilaterales satisfactorias para Argentina, que tiene un saldo comercial favorable en una balanza multiplicada con aquél país. ¿De qué se queja la derecha?

Lo que ocurre es que esa derecha está ideológicamente dispuesta a colaborar con Washington, haya allí un texano o un morocho, un republicano o un demócrata, portando un “largo garrote” o invitando a un “nuevo diálogo”.

Derrota kirchnerista

La presidenta ha tenido una conducta de firmeza para resistir la avalancha de las cámaras patronales que le habían pedido casi una declaración de guerra contra Venezuela. La UIA dirigida por Héctor Méndez, con el beneplácito del resto del lobby, le solicitó trabar el ingreso de esa nación al Mercosur. Se sumaba así a la derecha brasileña atrincherada en el Senado, pionera en eso de vetar el arribo de Chávez al mercado del sur.

Cristina Fernández se limitó a hablar telefónicamente con su colega y a pedirle una solución (léase indemnización) para las compañías argentinas que fueran objeto de expropiación. Y se dio por satisfecha por la explicación dada desde Caracas, aún cuando en su fuero interno sienta que la pusieron en un aprieto útil al proselitismo de Elisa Carrió, Mauricio Macri y Francisco de Narváez.

Lo que la jefa de Estado no iba a hacer era descalificar a Chávez. Esa tarea poco patriótica es la función de comunicadores como Mariano Grondona, quien escribió: “estos nuevos pasos de Chávez lo están poniendo más cerca del totalitarismo que de la mera autocracia”. Líneas más adelante lo calificó de “dictador”. Grondona, que sabe de dictaduras aquí y en Nicaragüa, porque las apoyó a todas, tendría que distinguir entre ese régimen y una democracia como la venezolana que atravesó doce elecciones consecutivas en los diez años de su actual presidente.

En un acto público, la mandataria cuestionó a los Rocca. "Nos hubiera gustado, eso sí, que los primeros 400 millones que ya cobraron los hubieran depositado en la Argentina", expresó. Ese dinero seguramente estará fondeado en el paraíso fiscal luxemburgués.

Pero en otro sentido los hechos pueden estar marcando una derrota política del gobierno. Es que en 2003, cuando empezó el mandato de Néstor Kirchner y hasta este momento, en que las riendas del gobierno las lleva su esposa, el matrimonio se entusiasmó con la recreación de la “burguesía nacional”. Siguiendo la línea de Eduardo Duhalde, su mentor de entonces, planteaba que era bueno contar con diez grupos concentrados “nacionales” para traccionar a la economía en su conjunto.

El modelo era Brasil. Los pulpos a los que el poder quería seducir eran Techint, Pescarmona, Arcor, Clarín, Macri, Pérez Companc, Macro, Grobocopatel, Roggio, Eurnekian, Werthein y Aceitera General Deheza, entre otros.

La realidad prueba que el kirchnerismo ha perdido esa pelea, lo que no quiere decir que no exista burguesía nacional. A ésta no hay que buscarla entre esas escuderías monopolistas sino entre las firmas medianas de capital local. El lobby monopolista ha quedado en la vereda de enfrente al gobierno y más cerca de las posiciones de sus adversarios conservadores.

Y lo notable del caso es que la locomotora de Techint y la UIA han enganchado como vagones de cola a conducciones sindicales. Entre los solidarios con Rocca están Hugo Moyano, de la CGT, y el consejo directivo de la UOM. Esa burocracia también es del pulpo del acero, que no es lo mismo que decir que es de acero.

El menos malo

La polémica generada por las nacionalizaciones de Venezuela aportó otro grano de arena a una mejor comprensión de la situación política local. Para graficarlo: en comparación con la oposición de derecha, los Kirchner son “lo menos malo”. Es que aquella ha tomado partido abiertamente por el gran capital y hasta plantea que sería conveniente volver al seno del FMI y aceptar sus controles periódicos.

La más desbocada en ese aspecto ha sido, como casi siempre, Carrió, despechada porque cree que no ha sido bien recompensada políticamente por los productores sojeros y pooles de siembra. Ella piensa que puede recoger esa cosecha ahora con la gran industria. Su cálculo puede resultar fallido porque en general esos grandes intereses se moverán con el pragmatismo habitual, pero tienen relaciones más tupidas con el macrismo, De Narváez y Carlos Reutemann.

El oficialismo basa sus candidaturas testimoniales, finalmente aceptadas por la Cámara Electoral, en la defensa de un “modelo” que el matrimonio presidencial no se fatiga de alabar cada vez que se acerca a un atril. Como en el último tiempo las noticias económicas no son tan halagueñas como antes, el gobierno refuerza sus anuncios de planes que no se sabe hasta qué punto serán implementados. Ahora fue el turno de los créditos hipotecarios del Banco del mismo nombre para un segmento superior de la clase media. Si adolece de las mismas demoras que el plan Cero Kilómetro para autos, no tendrá un impacto cercano en la vida de esa porción de los electores.

La ciudad cordobesa de Río Tercero ilustró esas limitaciones del accionar gubernamental. La presidenta estuvo allí y pronunció un bonito discurso con reivindicaciones de la industria nacional y los generales Mosconi, Savio y Perón, ligados a la defensa nacional. En referencia a las fábricas militares confirmó un mayor presupuesto y anunció que enviará un proyecto de ley para indemnizar a los pobladores por las explosiones de noviembre de 1995.

Cerca de ese acto, los dueños de 80 tractores y maquinaria pesada agrícola quisieron expresar el rechazo al gobierno. Patética demostración de quienes se victimizan como trabajando a pérdida cuando la tonelada de soja ya superó los mil pesos, cerca de sus mejores cotizaciones.

Al menos en esa ciudad cordobesa el accionar de los productores sojeros no tuvo ribetes violentos como los de sus colegas de Sociedad Rural, FAA y el partido macrista en Lobería y Balcarce, donde escracharon a Daniel Scioli con huevazos, insultos, etcétera.

Los señores de “4 por 4” están conspirando objetivamente contra las aspiraciones de De Narváez y Margarita Stolbizer porque esas acciones revelan que su número es escaso, su capital más que interesante y su violencia, elitista. Por ahora no constituyen “bandas fascistas” como las denominó Kirchner; son “banditas” que apuntan en esa dirección. Entre cínica e impotente, la derecha política no frena esas expresiones violentas que dan letra al gobierno y complican sus chances del 28 de junio.

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