miércoles, 24 de junio de 2009

La disensión en España

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

La columna vertebral filosófica (o antifilosófica) de este país sigue siendo el dogma y lo apodíctico. Lo apodíctico en filosofía es lo “necesariamente verdadero”. Y si el dogma es lo que queda de una idea después de haber sido aplastada por un martillo pilón, lo necesariamente verdadero no existe. Entonces ¿qué queda en la nefasta manía de discrepar? Pues eso: terquedad, tozudez, contumacia, empecinamiento, porfía, testarudez, obstinación.

Tú propones y yo me opongo de la peor manera posible. Y esto una y otra vez. Ni me fijo en lo que dices, ni lo tengo en consideración, y menos lo medito. Ya traigo mi idea y nada me la va a hacer descabalgar. Este es el marco de un rincón del mundo campeón en la contracultura de la discrepancia. Las causas de ese desastrado talante son o pueden ser varias. Pero hay una que sobresale por encima de todas las demás: la obsesión por “el absoluto”. Después de los siglos, todo aquí -hablo de la España que hace estruendo, que manda de verdad-, sigue fundada en “lo absoluto”.

Aquí todo va a golpe de absolutos por culpa de unas camarillas fosilizadas que se suceden a sí mismas. Tanto en lo civil, en lo político como en lo religioso. El mandamás de “lo absoluto” sigue siendo el que ocupa el vértice de la pirámide en Roma; ese que dicta los anatemas contra el relativismo. Y las ondas de la marea catolicista jamás dejan de influir en el pensamiento general. Por eso los obispos se hacen oír sin pausa. De no ser por ellos, poco a poco nos alejaríamos de esa horrible lacra de la disidencia y de “lo absoluto”. Esa España a la que me refiero ignora el determinismo y desprecia el humanismo. Aquí no hay Spinozas. Aquí el discurso “políticamente correcto” siempre es descalificador y a la máxima presión; siempre es el exabrupto “correcto”. Pero tampoco en las relaciones sociales ordinarias el razonar es mucho más exquisito. Rara vez oirás: “puede que tengas razón, pero yo lo veo así”. “Estás en lo cierto, pero”, para soltar si acaso a continuación el discurso opuesto. Aquí todo es: “su señoría no tiene ni puñetera idea de lo que dice”, “su señoría delira”, “su señoría es un irresponsable”...

No extraña que se mate aún por política. La violencia verbal precede a la amenaza y el no plegarse a la voluntad del poderoso es el preludio de la paliza por encargo, del presidio o de la bomba bajo el coche. Y el poderoso es el Estado y los dos partidos que comparten el poder. Por eso hay razones para sospechar que los que la ponen son los que se niegan rotundamente a sondear independencias o autodeterminaciones y arropan a ese poder que persigue con saña el disentir del pensamiento único. Aquí no hay soluciones posibles para Euskadi, como las hay en Dinamarca para Groenlandia. Todo está presidido por la disidencia escabrosa, por la acritud, por la aspereza, por el “cállate”. Y al fondo, la amenaza del pistoletazo o el pistoletazo mismo.

Por eso, prácticamente en todos los asuntos políticos debatidos en el Parlamento, en las tribunas mediáticas y en los corrillos, las posturas son irremediablemente irreconciliables. Desde luego, lo peor que puede pasar aquí es tener ideas novedosas aunque viejas, o aspiraciones viejas que todos esperábamos cuadrasen con la democracia. Aquí no hay mero desacuerdo. Aquí, sólo disensión que sitúa ordinariamente a las conciencias al borde de la batalla campal, entre otras cosas porque una parte del país no acepta nunca la legalidad que no le favorece y la que no han pergeñado los dueños “naturales” de la finca nacional. Aquí nos vigilan permanentemente una mentalidad, una ideología y un pensar tribales salidos de los albores de la oscuridad intelectiva. ¿A quién, después de siete décadas, extraña la pasada guerra civil? Ahora, viendo qué ocurre casi un siglo después, ¿no encaja todo lo que pudo ser confuso?

La derecha es el núcleo de ese pensamiento absoluto y un rescoldo vivo de la mentalidad del 36. Por eso se funden el poder político y el de hecho, es decir, la derecha tremenda, con el poder eclesial. Todos ellos lo dan todo por sentado, todo por resuelto, todo por definitivo. Todo lo que fue, o estaba, está bien, y cuanto más cercano al espíritu isabelino y caudillista, mejor. Por eso nada cambia en el panorama general en el imperio de “lo absoluto”. Y por eso, a los que estamos hartos de esa cantinela, de los obispos y de sus socios políticos, no nos queda más remedio que dejar a un lado las lindezas y entregarnos a la disidencia frontal y al jacobinismo, ya que resulta de todo punto imposible no ya el comunismo sino tampoco el socialismo democrático de Chávez.

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