lunes, 1 de junio de 2009

Menos asociacionismo y más ejemplo personal

Jaime Richart (especial para ARGENPRESS.info)

Es loable, deseable, inteligente y pertenece a un estadio superior del entendimiento intentar denodadamente sensibilizar la conciencia al nivel imprescindible para que toda la sociedad humana sobreviva al menos y alcance, toda, una vida feliz.

¡Qué candidez! ¡Qué ingenuidad! Pero sigue siendo inteligente y propio de espíritus sensibles o humanos sin más, escribir, reunirse, asociarse, arengar, animar, sacudir conciencias y desesperarse para conseguir que prenda la mecha en el polvorín de la superconciencia justo de la que carecen los dirigentes del mundo; no sólo la de los dirigentes actuales, también la de los pasados, la de los que están por llegar y la de los de siempre. Sin embargo, siempre creí en materia de pedagogía mucho más en el ejemplo personal que en millones de palabras. El asociacionismo es traicionero. Parece que perteneciendo a un grupo social de nobles intenciones, y luego sabiendo ocultar las debilidades íntimas, ya está todo resuelto… Pues no. A menudo el grupo solapa demasiadas miserias personales hasta el punto de potenciarlas. Esta es la razón de tanta sinrazón y falsía en los grupos políticos, en las religiones, en los movimientos caritativos y filantrópicos. Pese a todos ellos, y quizá por culpa de ellos, las cosas van muy mal…

Porque hay una cosa clara. Y es que la enfermedad tumoral del mundo humano y del ser viviente no evoluciona favorablemente. Y otra más clara aún: que el planeta como Gaia sufre cada vez más, que la humanidad deprimida, oprimida y despojada retrocede aceleradamente entre las risotadas de los que tienen las llaves que dan acceso a la sociedad nueva mundial que no acaba de llegar y cuyas puertas jamás abrirán. Y no las abrirán, primero porque no quieren, y luego, porque una fuerza invisible de naturaleza económica, armamentística y química les sobrepasa atenazando las pocas manos dispuestas a abrirlas.

Por desgraciada que sea la conclusión y aparentemente egoísta la actitud, hay infinidad de señales que apuntan hacia el solipsismo como única salida posible. Aplicado a la filosofía, el solipsisimo es subjetivismo extremo. Aplicado a la supervivencia, el solipsismo es egoísmo extremo, la solución extrema. Pero también es la del que atiende al instinto “superior”, la del superviviente, la del lobo estepario, la del francotirador de una causa noble; un subjetivismo y un egoísmo muy especiales que comparten, como el vampiro la sangre succionada, con sus congéneres; que no orillan la disposición total hacia los de su especie. Pero no por caridad o filantropía, sino por la justicia que incumbe pero jamás preocupa, no hace y menos puede hacer el todopoderoso....

Lo único que nos cabe, pues, es desistir de esfuerzos baldíos, Son baldíos como está demostrado hasta la saciedad. Esfuerzos baldíos, tanto en el plano intelectual como dinámicos que no hacen sino decorar a la sociedad capitalista dotándola, dotándonos, de la falsa impresión de que sí existen los diez justos de la Biblia que hubieran podido evitar la destrucción de Sodoma y Gomorra. Las ONGs, los “voluntariados”, y las asociaciones voluntariosas orientadas a posibilitar la supervivencia de tantos lugares y sociedades carentes de todo por guerras provocadas no hacen más que contribuir a engrasar los procesos de desvalijamiento. Pues son guerras dirigidas precisamente a facilitar las operaciones de rapiña. Sea del coltán, de la madera, del petróleo, de los tesoros que esconden esos territorios maldecidos por el capitalismo. Es cierto que, como asegura el daoísmo -una filosofía arcaica sabia cual ninguna- que el agua es más fuerte que la piedra; es decir, que la tenacidad, que el tesón de la razón puedan hacer que salte un día lo que cierra el paso a la verdad y al bien. Pero ya es suficiente. Sabemos que por esos caminos de la esperanza y de la perseverancia, de la paciencia inagotable nada se consigue salvo apenas liberar a algunas almas perdidas y algunos cuerpos a punto de expirar...

No he negado nunca la virtuosa manera de proceder de tantos hombres y mujeres que se desviven por los demás; desde las monjas de la caridad o los misioneros y misioneras o la Cruz Roja, hasta los comedores sociales y tantos y tantos cooperadores que no viven para sí sino silenciosamente para los demás desheredados a los que buscan para socorrerlos. Pero jamás he pertenecido ni perteneceré a grupo humano alguno que se movilice a esos fines. Siempre me pareció lo que antes dije: una manera de decorar el gran salón del mundo para que el mundo representado por los que lo manejan y trastean pueda sobornar sus conciencias y así se permitan decirnos: “¿No véis cómo el capitalismo es bueno? ¿No véis con vuestros propios ojos que el capitalismo da para todos? ¿No véis, por el contrario, cómo los socialismos, los cooperativismos, los colectivismos, los comunismos no reparten sino la pobreza? Basta que os dediquéis a hacer la caridad o la filantropía según el espíritu que os anime, para redondear las grandes virtudes del capitalismo que es lo único que aporta riqueza y bienestar a la sociedad. Ya lo dijo Jehová: “Dominad la Tierra”. Ya lo dijo Adam Smith: "la iniciativa del individuo es lo que genera riqueza". Claro que la gran pregunta es: ¿de qué riqueza se habla y de quiénes que la poseen en su estado originario se habla? Y en todo caso, ¿riqueza, para quién?

Porque está demostrado: el socialismo cree en la bondad natural del hombre, mientras que el capitalismo explota su maldad original. Aquí, en esta contraposición, está la clave de todo y de gran parte de los males que padeció siempre y padece el mundo. Hasta ahora y salvo islotes, el capitalismo es el sistema que, a lo largo de los siglos y de la historia, con sus diferentes variables, se ha enseñoreado de la historia, del globo y de nuestras vidas. Los parches que ponen los voluntariosos, los rebeldes, los insumisos o los revolucionarios no sirven más que para aliviar si acaso el sufrimiento de unos cuantos y animar a otros cuantos a seguir sus pasos sin probabilidad alguna de éxito. Porque eso es como tratar de retener el agua del océano entre las manos…

Dar conferencias aquí, mitines allá, asistir a foros acuyá, bramar contra la injusticia social y participar de las guerrillas dispersas planetarias para hacer frente a los que poseen todas las armas y están dispuestos a usarlas: armas reales, armas dialécticas, armas espirituales, armas mediáticas, armas económicas... todas las armas en suma, que integran lo que llamamos poder de hecho, no sirve absolutamente para nada. Si acaso para el lucimiento personal de líderes generalmente de la pluma preñados de una voluntad de hierro y de un espíritu portentoso que nos calme un poco el dolor moral sentido ante tan oprobiosa injusticia en la Tierra. Injusticia cuya reparación ni siquiera pensamos ya (tal es la evolución lúcida de los espíritus) que pueda conseguirse en la otra vida o en el Cielo…

La única solución posible a esta desastrosa humanidad (zarandeada por los que se van pasando el testigo de la carrera de la historia unos a otros sin que cambien las cosas salvo a peor) está en la acción del francotirador, en la superindividualización compartida, en la ejemplarización constante allá donde cada cual se encuentre; en dar la espalda al sistema de una manera bien sencilla; esto es, llevando a la práctica el principal precepto del manual antisistema; es decir, practicando la única solidaridad merecedora de ese nombre: aquélla en que tu mano derecha no sabe lo que da tu mano izquierda.

Por el camino que llevamos la humanidad terminará algún día exclamando en un grito ensordecedor que estallará en el universo como una supernova y llegará hasta el buen dios: ¡sálvese quien pueda!

Empecemos a salvarnos, cada cual como buenamente pueda. Pero abandonemos la lucha asociativa que a todas luces se prueba estéril frente a las instituciones y los poderes locales y mundiales. Está de antemano perdida, y en cambio engorda el caldo de cultivo que esos poderes cuidan como minuciosamente cuidan los biológos a las cobayas en su laboratorio.

Actuemos pues sigilosamente, quedamente, comunicándonos por la telepatía que existe tangible en el pensamiento puro; sintonizando a través de la sinergia que inequívocamente hay en la rectitud de cada acción. Pero sin hablar, sin verbalizar, sin publicitar. La fuerza que hay en el pensar y en el callar tiene millones de veces más fuerza y eficacia que todos los discursos de los benefactores teóricos de la humanidad que han venido desfilando estos últimos dos mil años.

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