lunes, 13 de julio de 2009

1984


Luis Paulino Vargas Solís (especial para ARGENPRESS.info)

El golpe de Estado en Honduras ha reeditado, de formas nuevas, una realidad siniestra que se creía superada –la del golpismo y la barbarie militar- como también ha traído de vuelta un fantasma que suponíamos desaparecido de forma definitiva: el de la guerra fría.

- La dictadura maquillada de neolengua orwelliana

Con la asonada militar, retorna también al primer plano el fascismo en su versión latinoamericanizada; tan asesino, violento e intransigente como históricamente lo conocemos. Solo que ahora –varios decenios después- se trajea de forma insospechada. Es un golpismo maquillado de democracia.

Así lo vemos en Honduras, donde con cinismo inigualable, el congreso y los tribunales (y el cardenal) legitiman como democrático algo que, de forma perfectamente clara, tan solo constituye un vulgar golpe militar.

Por doquier hay bayonetas, tanques y represión. Se cierran o, como mínimo, se hostilizan e intimidan a todos los medios alternativos de comunicación. Hay estado de sitio, se suspenden las garantías constitucionales. Se realizan detenciones masivas; a la gente se le aplican palizas en media calle. Incluso hay personas muertas.

Nada de lo anterior, sin embargo, impide que se hable de “democracia”. Así lo hacen –sin inmutarse ni titubear- las autoridades de facto. Y, como sabemos, es algo a lo que se prestan –afanosos por legitimarlo- medios de comunicación e ideólogos de la derecha fascista.

De paso, proliferan las acusaciones contra Zelaya con lo cual tan solo se reafirma el trastoque siniestro de los conceptos. En su mayoría tiene que ver con lo que Zelaya “quería hacer”, no con lo que hizo. Y, encima, se le derroca en vez de juzgarlo. Como mínimo esto constituiría una muy dictatorial forma de reinventar (orwellianamente) la democracia.

Ese es el mundo que vivimos bajo el imperio global del capitalismo neoliberal, especulativo, financiarizado y supremamente corrupto. O sea, Orwell resultó ser un profeta certero en su novela 1984. Es un mundo donde esclavitud es libertad; fealdad es belleza; corrupción y estafa son honradez. No extrañe entonces que en Honduras la dictadura sea democracia. También es democracia el asesinato de niños y niñas, perpetrado por Estados Unidos en Iraq. Pero es que, tratándose de discursos políticos, justo eso hace la derecha y ello, centralmente, la identifica: su capacidad para secuestras conceptos propios de las izquierdas, vaciarlos de contenido y convertirlos exactamente en su contrario.

Tal es, en fin, síntoma y signo de la decadencia generalizada del capitalismo a escala mundial. Porque un sistema donde los conceptos se transmutan en su opuesto, es un proyecto de sociedad donde no tan solo desaparecen los límites entre lo justo y lo injusto; entre la opresión y la libertad; entre la belleza y la fealdad. Es también un proyecto donde igualmente se difuminan las diferencias entre vida y muerte. Pero llegado a este punto ese sistema deviene totalmente inviable. Tan solo le queda un camino: el de la agudización de la crisis y la descomposición.

- Un fantasma que retorna

Son ideas supremamente ridículas y chabacanas. Y, sin embargo, parecen que se las toman en serio. Me refiero a la interpretación de las derechas latinoamericanas en relación con los procesos socio-políticos que se han venido escenificando en América Latina y, en particular, en relación con el significado que atribuyen al golpe en Honduras.

Poco más o menos es así:

a) En América Latina han proliferado unos cuantos locos. Por supuesto, Chávez es el loco mayor (para la derecha latinoamericana, “loco” viene a ser una poderosa y novísima categoría sociológica).

b) Además de locos, estos tipos son comunistas (sic).

c) Estos locos-comunistas han urdido una siniestra conspiración para dominar el continente y “destruir la democracia” (más neolengua).

d) Los locos-comunistas han creado un eje del mal: Nicaragua-Cuba-Venezuela-Ecuador-Bolivia.

e) Este eje del mal estaba atrapando entre sus garras a Honduras, contando con la complicidad del loco-comunista Zelaya.

O sea, estamos ante el renacer de la guerra fría a escala latinoamericana. No importa que sea un planteamiento maniqueo y obtuso. Importa la lógica política subyacente, la cual permite justificar cualquier atropello.

Ello queda claro en el caso hondureño. Ante este escenario terrorífico tan solo quedaba el golpe de Estado. Lo habían intentado en Venezuela, Ecuador y Bolivia. Pero ahí se han desarrollado tejidos sociales y espacios de poder alternativos que, hasta el momento, han abortado los intentos golpistas. Está claro, sin embargo, que Honduras constituía un eslabón débil. Por ello, ahí sí logran el cometido: botan a Zelaya y, en bien de la democracia (de nuevo Orwell), imponen el reino del terror, todo lo cual es posible gracias a que, en efecto, Zelaya no tenía la base de poder suficiente, necesaria para sostener un proyecto favorable a los intereses del pueblo hondureño.

Lo que vemos es, muy a las claras, la imposición de la racionalidad política característica de una derecha neoliberal, oligárquica y fascista. Ello se hace manifiesto de formas diversas: en su discurso orwelliano (la dictadura es democracia); en el desenfado con que, en nombre de la democracia (el neolenguaje), reprimen, agreden, violentan, acallan; en el cinismo con que defienden los intereses de los más ricos diciendo que con ello favorecen a los más pobres (más Orwell).

Esa racionalidad también se hace manifiesta en estas teorías políticas que elaboran para justificar su proceder. La obsesión por el dinero, el poder, la ostentación y el lujo tiene su precio. Y este precio se paga en la forma de un oscurecimiento de la inteligencia. Entonces los vemos diciendo las cosas más burdas y soeces. Total, es por completo innecesario razonar con seriedad y un mínimo de fundamentación, si usted tiene a la CNN (o, para el caso costarricense, a Repretel, La Nación o Columbia) como altavoces que amplifiquen las cuatro incoherencias que usted dice.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.