lunes, 20 de julio de 2009

Argentina, Chaco: Ejercicio de la memoria

Francisco "Tete" Romero (ACTA)

En las dos primeras décadas del siglo XX asistimos en el Chaco al proceso de constitución y consolidación del sistema capitalista. Hacia 1924 ya figuramos como el primer productor nacional del algodón. Entonces las tierras que pertenecen a los pueblos originarios son codiciadas y arrebatadas por la fuerza del capital extranjero y las políticas de entrega tanto nacional como territorial.

Es indispensable la lectura de los textos de Vidal Mario, Graciela Elizabeth Bergallo y del Dr. Carlos Alberto Díaz, Napalpí, la herida abierta; Ntonaxac, Danza en el viento. Memoria y resistencia qöm, e Imprescriptibilidad penal y resarcitoria de los crímenes de lesa humanidad respectivamente. De ellos abrevo ahora para narrar-desocultar la historia de un crimen colectivo, un etnocidio que goza de perfecta impunidad. La investigación académica, en cambio, reescribe en Napalpí, la verdad histórica, de Fabio Echarri, la versión criminal de las autoridades políticas y policiales coautoras de la masacre.

Estamos en julio de 1924, en la Reducción o Colonia Aborigen, Napalpí, que en qóm, lengua toba, significa cementerio, espacio sagrado. Debe su nombre a la llamada “Masacre de los Coroneles”, conducida por los coroneles Francisco Bosch y Fontana, el 5 de mayo de 1883 contra cientos de aborígenes, liderados por el Cacique Juanelari, el Cacique Inglés. Su causa: apropiarse de sus tierras y de 800 cabezas de ganado.

La reducción fue fundada en 1907, está ubicada a 120 kilómetros aproximadamente de Resistencia. Su población, toba, ronda las 900 personas.

Han discutido en asamblea, a principios de año, qué van a hacer ante el implacable acoso que los acecha, se apropia de sus tierras y amenaza el espacio que aún les queda, el bajísimo precio que cobran, en vales, por la cosecha del algodón, y la negativa del gobernador Fernando Centeno de que abandonen el territorio del Chaco, hacia Tucumán, donde los atrae el mejor precio que se paga allí por la zafra, poco pero en pesos. Deciden realizar la primera huelga agrícola aborigen de la historia de la Argentina. Nace así, desde el fondo de su propia historia, renace, un movimiento político reivindicativo de los pueblos originarios. Pedro Maidana, cacique toba, es su líder. El viento lleva aquí y allá esas voces rebeldes y el movimiento cunde en otras etnias del Chaco. Los acompañan mocovíes y también hacheros criollos, correntinos y santiagueños.

El gobernador del territorio es intransigente. Un enviado suyo transmite a los tobas que ninguna de esas peticiones podrán ser satisfechas, públicamente se las tilda de “inadmisibles”, se habla de agitadores instigados por intereses foráneos.

La huelga es pacífica. El hambre azota. Y desde Resistencia las voces de siempre hacen galopar a los jinetes del Apocalipsis. Aparece multiplicado el mito de la cautiva blanca violada. ¿Cuánto tardará en aparecer la verdad de las aberraciones indecibles cometidas contra el cuerpo de las mujeres aborígenes?

Las presiones empresariales, dentro y fuera del Chaco son muchas. Se piden medidas “drásticas” y se habla de “seguridad jurídica para las inversiones de las empresas”. Los empresarios reflotan el recuerdo de las rebeliones obreras en Las Palmas y La Forestal, y cómo fueron “resueltas”.

El 16 de julio sale de Resistencia hacia Machagay el comisario de órdenes Sáenz Loza, con cuarenta policías nacionales para reforzar la concentración de las fuerzas que aguardan la orden para actuar. Sáenz Loza, ya en esa época personaje conocido por su brutalidad, suele exhibir orgulloso, sobre su escritorio, un frasco de vidrio donde conserva, en alcohol, orejas y testículos de tobas, arrancadas como trofeo de la masacre, o lo que él llama “batalla”.

El Sindicato de Las Palmas, envía a los huelguistas donaciones solidarias de sus afiliados, pero la policía las intercepta en Presidencia de la Plaza, e inventa que además de comida les llevaban armas. Mientras que el 18 de julio, el gobernador Centeno da la orden al jefe de policía del Territorio Nacional, para que avance con 130 efectivos y algunos civiles a la zona del conflicto y que rodeen la reducción donde se concentra la huelga aborigen.

En la madrugada del 19 de julio se produce el cerco. A las 8 de la mañana, un avión biplano, propiedad de la Escuela de Aviación del Aeroclub Chaco, arroja bombas que producen el incendio del monte, de las tolderías y de cientos de cuerpos convertidos en segundos en llamas de carne y espanto. Luego los ametralla con un fusil a repetición.

No hay armas de fuego entre los huelguistas, pero sí mucho coraje. Poco más de 50 hombres, mujeres y niños que blanden sus lanzas, machetes, arcos y flechas y se lanzan contra los invasores. Contra ellos, 130 hombres descargan sus fusiles. Se quedan sin municiones y Sáenz Loza ordena que degüellen a los muertos y heridos. Como trofeo de guerra les arrancan las orejas y los testículos y cortan y mutilan los pechos de las mujeres.

Los pocos sobrevivientes piden paz. Sáenz Loza les dice que si se entregan les garantiza la vida. Es un engaño. Ordena apartar al cacique Maidana y a sus hijos. Al resto los sientan en fila, los atan con alambres de púas y los empalan por los anos con las puntas de estacas afiladas con machetes. Los alaridos de dolor hacen temblar el monte ahora enrojecido. Capan a los varones uno por uno. A los correntinos y santiagueños “sólo los degüellan”. Para que la tropa no flaquee en su determinación criminal, la emborrachan con caña paraguaya Angelito, y se prepara un gran asado para toda la milicada.

Sobreviven 38 niños tobas, que son llevados a Quitilipi para venderlos a “familias de bien”. Van a pie, las manos sujetas por alambres de púas. Sólo llega con vida la mitad de ellos. A las jóvenes las violan y luego las degüellan. El monte huele-hiede a sangre, asado y horror, como el 13 de diciembre de 1976 tras otra Masacre, la de Margarita Belén. Se cavan tres grandes fosas donde arrojan los restos humanos. En total hay allí cuatrocientos cincuenta y ocho cadáveres.

Las persecuciones y los asesinatos de los pocos sobrevivientes que lograron escapar siguen durante tres meses. La memorias de una anciana qöm, Melitona Enrique testimonia la furia de esos chacales. “No deben quedar testigos”, esa es la consigna de los pioneros de las desapariciones del siglo XX.

El 21 de julio es día de gloria para Quitilipi. Sáenz Loza entra triunfante, con su uniforme de gala, rodeado de su “estado mayor”. Los habitantes, a medida que pasan, salen de sus casas saludándolos con pañuelos.

“La desmemoria saca monstruos / al sol. El lazo / humano es otro ahí, la inteligencia / es zonza ahí. / Hay asesinos / y aplausos para los asesinos. (…)”, eso escribe Juan Gelman en los primeros versos de su poema “Jenin” en País que fue será, 2004).

Ochenta y cinco años después, las huellas del genocidio –etnocidio- es una trágica perversa herencia de 16 años de sistemático abandono de personas por manifiesta discriminación racial, cuyos impactos graves son los flagelos de la desnutrición y las enfermedades de la indigencia. Más de veinte personas murieron por gravísimos cuadros de desnutrición, chagas y tuberculosis. El ecocidio, feroz desmonte de nuestras tierras originarias, saquearon y todavía saquean sus patrimonios culturales ancestrales.

Porque todavía no terminamos de comprender que ese genocidio de los pueblos originarios fue y puede ser nuestro ecocidio, el desmonte que aún no cesa y que puede llegar a convertir en páramo desierto lo que fuera selva impenetrable. Porque aún no sabemos relacionar las luchas de los pueblos originarios, sus denuncias y reclamos por el destino de las tierras públicas, con nuestras necesidades y derechos colectivos y batallas fragmentarias. Porque no comprendemos que del destino de sus luchas depende la posibilidad de tierra, agua, aire y vida dignas para todos los chaqueños.

Pero 85 años después la investigación de la Masacre de Napalpí está abierta, se descubrieron las tres fosas y sobre todo, hay pueblos originarios, qöm y mocöi que no olvidan y siguen luchando por su dignidad. Y hay hoy en la provincia, un gobierno que pidió perdón a los pueblos originarios por los crímenes de lesa humanidad del 19 de julio de 1924. Sucedió un 16 de enero.

El año pasado Melitona Enrique cumplía 107 años. Yo estuve allí. Estuvimos allí. Vimos su rostro, como ahora pueden verlo los docentes y alumnos de las escuelas chaqueñas en el CD interactivo de la Colección Conmemoraciones, para explicar el qué y el porqué de tal masacre.

Juan Chico, escritor qom nacido y criado en Napalpí, y Mario Fernández presentaron en Colonia Aborigen, hace un año, el libro de su autoría, La voz de la sangre, editado por el Instituto de Cultura, y escrito en qom y castellano, para romper con aquel “silencio histórico” al que Juan alguna vez hiciera referencia .

Porque hoy es el día de reafirmación de los derechos de los pueblos originarios. Porque algo empieza a cambiar de a poco en nuestras conciencias colonizadas. Porque la historia a veces es una llaga abierta que puede transformar un dolor indecible en nueva mirada, en ojo de justicia y hambre de verdad. Porque hoy nos interpela desde sus heridas que más temprano que tarde deberemos asumir como propias. Nos va la vida en ello. Para desear y merecer y luchar por un destino de plena hermandad, libertad, justicia social y soberanía.

Francisco "Tete" Romero es escritor, ensayista, profesor en Letras. Presidente de la Sociedad de Escritores y Escritoras de la Argentina (SEA), Seccional Chaco.


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