jueves, 23 de julio de 2009

Argentina, Tucumán: Madres cuidadoras

India Rodríguez (ACTA)

Villa Muñecas, un barrio pobre al norte de San miguel de Tucumán, esta barriada tomó su nombre a partir de la vieja estación del ferrocarril Central Norte que unía San Miguel con los Talleres de Tafí Viejo. En los años `70 durante el Operativo Independencia las fuerzas militares realizaron múltiples inhumaciones en un viejo pozo de agua del ferrocarril.

Veintitrés años después la violencia sigue en pie, ha adquirido otros ropajes, otros estigmas pero su naturaleza sórdida permanece inalterable. Leonor Cruz de la Asociación Civil Crecer Juntos, repasa estos dieciséis años de trabajo en ese lugar.

“Nací en Buenos Aires. Vine con mi familia a los doce años a San Miguel y volví a los dieciocho años de nuevo. Allá me casé, tuve mi primer hijo. En el ´95, mi marido queda desempleado y nos volvemos, con una mano atrás y otra adelante. Un hijo de cuatro años y un embarazo de tres meses. Estuvimos viviendo en la casa de mi viejo, no podíamos conseguir trabajo ninguno de los dos.

En ese momento, una vecina del barrio me comenta que había un lugar cerca de mi casa, donde iban los chiquitos de dos a cinco años. Ahí les daban de comer y enseñaban. Me acerqué para inscribir a mi hijo el mayor. Eran todas mamás que atendían a los chicos y tenían días que se reunían y conversaban entre ellas. Me dio curiosidad saber qué era lo que estaba pasando y me acerqué. En ese momento en la organización estaba CADIF (Centro Andino de Desarrollo de Integración y Formación), otra organización intermedia.

Conversé con una de las técnicas y me invitó a venir. Era un grupo de 40 mujeres que desde el año ´93 venían juntándose y trabajando con chicos de la comunidad. Todas eran vecinas del barrio que se capacitaban en desarrollo infantil. Me gustó la propuesta y de la noche a la mañana, me vi al frente de quince chicos. Todas teníamos la misma situación, los maridos estaban quedando desempleados y nos estaba juntando el hambre. Los hijos no tenían para comer y los maridos estaban deprimidos, no conseguían laburo. Me dio mucho ánimo, mucha esperanza ver este grupo de mujeres; había compañeras que en ese momento tenían quince y compañeras de sesenta.

¿Por qué se llama Villa Muñecas?

Es un barrio ferroviario y la estación se llama así. Actualmente, está Villa Muñeca I, II y III. Fuimos tomando terrenos del ferrocarril, los hijos y nietos de los ferroviarios, usurpando lo que nos corresponde por derecho y que el Estado no nos da.

¿Tu padre era ferroviario?

No, mi viejo era metalúrgico, del SMATA. Trabajó mucho tiempo en la General Motors, en Buenos Aires. Pero, nuestro barrio sí está constituido por familias ferroviarias. Al frente de nuestra casa pasan las vías del Ferrocarril Belgrano, estamos cerca de los talleres de Tafí Viejo. Entonces era una gran comunidad ferroviaria. Y el sostén de esas familias fue el ferrocarril. Cuando los cerraron fue bravo para el barrio.

¿Cómo veía tu familia esta participación social?

Al principio, mi vieja lo tomaba como “bueno, no tiene trabajo, pero ahí tiene la comida para ella y el hijo, mientras el marido se estabilice”. Para mi papá no, mi papá era peronista de pura cepa, peronista de Perón y de Eva, igual que mi vieja, para él sí era una tarea social. Mi viejo tuvo un laburo muy fuerte en la CGT en su momento. Era delegado por SMATA. Y, según lo que él cuenta, en el segundo período de Perón, fue guardaespaldas durante quince días del General.

¿Y tu marido?

Le ocurría lo que la mayoría. Nosotras, hemos pasado de ser simples mujeres, de cuidar lo privado, lo nuestro y nada más, a interesarnos por lo público y empezar a cuestionar las políticas, la realidad. En este proceso hay compañeros que acompañan y compañeros que no, la misma realidad los va socavando. Esto de salir, buscar laburo y no encontrar y que sea la mujer la que trae el plato de comida a la casa, que sea ella la que esté asegurando la educación, la salud, a través de esta cuestión de reclamar, de pararse…

Cuando el trabajo falta en la casa, el hombre se desestructura. Si no es él el que lleva el plato de comida y mantiene a los hijos. Y pasa de laburar a lavar los platos y de traer el plato de comida, a limpiar la casa. Todo tambalea. A mi marido lo que le pasó, y le sigue pasando es que le cambiaron la mujer. Para él no es la misma mujer que se preocupaba por ver si comprábamos la Play Station para el hijo porque si no, éramos pobres.

Muchos compañeros están orgullosos de nosotras, para ellos nosotras somos Las mujeres. Pero en lo cotidiano, es bravo. También les cuesta muchísimo que hayamos aprendido a decir “no me vas a levantar la mano, no me vas a gritar, a mis hijos no le vas a pegar, acá no vas a venir a tomar”. Parecen tonteras, pero fueron cambios y crisis muy fuertes dentro de la organización. Siempre nos hemos asumido trabajadoras e inculcamos a nuestros hijos ser hijos de trabajadores.

Los compañeros no lo entienden porque están desempleados, hay maridos que van apoyando y otros que no. Muchas hemos optado por separarnos, y otras están por seguir apostando que la familia continúe desde otro lugar y otra manera. Creo que para los hombres es muy difícil esta cuestión de cuando las mujeres nos hacemos cargo y empezamos a ver que podemos algo más que limpiar mocos o cocinar. Ahí es cuando se pega el cimbronazo. Porque también hay un país estructurado en que esta es una cuestión de machos, no de mujeres.

¿A la Organización en qué momento deciden darle el formato ONG?

En el ´96, Menem declara que éramos el primer mundo absoluto. En ese momento a la organización la financiaba, Van Leer, una organización holandesa. Por que CADIF había presentado a ésta un proyecto de hogares centros. En ese año, cae la Van Leer diciendo que la Argentina estaba en el primer mundo, que no necesitábamos financiamiento y se retiraron. Nosotras nos mirábamos y decíamos “de qué carajo habla, de qué primer mundo nos habla”. Sacaron el financiamiento y se fueron. Atrás de ellos, CADIF dice que este es el momento para que empecemos a organizarnos solas. “Lindo momento”, decíamos nosotras. De cuarenta, en ese momento, quedamos veinticinco.

Y la pregunta que nos hicimos fue ¿qué vamos a hacer? ¿Volvemos a la casa a estar solas y cagarnos de hambre? ¿O nos seguimos juntando a ver qué hacemos entre todas? Empezamos ajuntarnos, todos los miércoles a la tarde en la casa de una compañera durante dos años, discutiendo organización comunitaria. Mientras tanto, atendíamos los hogares, no los cerramos. Fue un momento muy bonito también porque los papás nos apoyaron mucho. A pesar de que no había comida, los papás nos traían yerba, colaboraban, hacían rifas y los hogares se mantenían abiertos. Para nosotras fue una etapa de afianzamiento muy fuerte dentro de la comunidad

¿De dónde obtenían los recursos?

Teníamos diez hogares y había casi doscientos chicos en la comunidad, distribuidos en todos los hogares y ninguno tenía comida; solamente las ganas de seguir. El grupo propone ir a Buenos Aires a gestionar; se eligen tres compañeras. Fuimos al Ministerio de Desarrollo Social, subimos veintiún pisos preguntando ¿qué proyectos hay acá?, ¿para qué dan plata ustedes? Me acuerdo de que lloramos muchísimo. Y nos trajimos tres containers.

No había puntero político que hubiera traído la cantidad de colchones, leche y demás que trajimos nosotras. Contentas, dijimos “trajimos tres containers”. Cuando llegamos acá, fue un quilombo. ¿Cómo hacemos para repartir las cosas, si había compañeras que tenían diez hijos y tres colchones? Aprendimos. Dijimos nunca más. No le aceptamos un colchón a nadie más. Porque en vez de fortalecer la organización, nos puso a elegir cuál de nosotras era más pobre. Fue un aprendizaje.

Volvimos a ir a Buenos Aires, al Ministerio, a hablar con los Ministros. Y esta vuelta nuestra posición fue “nosotras no venimos a pedirte nada a vos. Venimos a que nos den lo que por derecho nos corresponde. No venimos a mendigar, es que vos nos tenés que dar lo que nos han quitado durante años y años”. Y así empezó el tema de gestión. Mientras tanto, nos íbamos capacitando y organizando. Nos propusimos que Crecer Juntos era quien iba a gestionar, decidir y ejecutar. No más intermediarios, íbamos a ir a hablar, pero no para que otro venga y haga el proyecto y termine con el 70% y nosotras no sepamos siquiera cuánto había dentro de ese proyecto. Creo que ahí está el clic. Tenía que ver con que nos dejaran de mandar, queríamos decidir por nosotras. Teníamos muy claro a dónde queríamos ir y cómo. Ahí nació Crecer Juntos.

¿Por qué Crecer Juntos?

Siempre nos preguntábamos cómo nos vamos a llamar, y decíamos crecer juntos, porque fuimos creciendo a la par de nuestros hijos. Primero, decíamos: “nosotras no somos políticas, jamás vamos a hacer política, somos sólo un grupo de mujeres que intenta ver cómo damos de comer en la comunidad” y luego nos plantamos y dijimos “señores, ustedes de políticas públicas no saben nada. La política en nuestros barrios se implementa así, se ejecuta así”. Además teníamos muy claro que no íbamos a permitir la entrada del Bussismo en nuestra organización. Cuando nos creamos, este hijo de puta sale gobernador. Nosotras dijimos, “ni en pedo, nosotras de él no recibimos un peso, vamos a gestionar solamente a nivel nacional y no vamos a recibir un peso de la provincia”. Eso fue una cuestión hasta simbólica dentro de la organización. No fue discutida. Era así.

De ahí, pasamos a debatir hoy la problemática de la educación, el tema del derecho; por qué nuestros hijos, no tienen que solamente obedecer lo que otros dicen si no también aprender a pensar y criticar. Nuestros pilares más fuertes son nuestras viejas. Las que hoy tienen setenta años. Cuando entrábamos en debates de horas y horas. Nos decían: ¿Qué es lo más importante que tenemos, lo único que tenemos? La dignidad, la palabra, lo único que no nos han quitado. Cuando damos la palabra, debemos cumplir. Y dimos nuestra palabra, que nunca íbamos a vender nuestra dignidad y la de nuestros hijos. Ese es el único valor.

Ahí empieza a formarse esta cuestión de “hay para todas o no hay para ninguna”, así sea un kilo de azúcar. No recibimos limosnas de nadie, ni que nos vengan a decir que nuestro trabajo es voluntario. Porque nuestro trabajo no es voluntario. Es un trabajo y lo vivimos como tal. Puede no estar remunerado, no tenemos vacaciones, no tenemos jubilación pero no quiere decir que no lo deseemos. Es levantarnos todos los días a las siete de la mañana, abrir nuestras casas, de la mejor manera a 35 chicos de la comunidad, los 17 hogares centros que tenemos en ocho barrios y atender a los 600 chicos bajo programas de hogares centro. La única condición para esto es que cada vez que ese chico cruza la puerta, lo que tiene que haber adentro es una familia, un hogar.

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