lunes, 13 de julio de 2009

Bananas

Emilio Cafassi

“Los travestis han dejado de cimbrear sus grotescas caderas por el bulevar Morazán de Tegucigalpa. Las noches de la capital hondureña nunca fueron glamorosas. Pero en los 11 días que ya dura el toque de queda impuesto por el gobierno de Micheletti Tegucigalpa se ha transformado en una ciudad fantasmal, habitada tan sólo por algunos mendigos y tomada por retenes policiales y militares que apresan a todo aquel que no tiene una buena excusa para andar fuera de casa entre las diez de la noche y las cinco de la mañana(...)

En el estado de sitio encubierto decretado están quebrantados no sólo la libertad de circulación y de asociación, sino también el derecho de hábeas corpus, entre otras garantías individuales. El crimen, obviamente, ha bajado a la mitad. El subinspector Javier Rivera López se muestra encantado con la estadística: ´Eso es lo positivo del toque de queda: han bajado mucho la conflictividad y la prostitución´[?]”.

La cita, incluido el signo de interrogación, no proviene de una agencia chavista de noticias, ni de algún periódico de izquierda partidaria, sino del artículo del enviado especial del patricio diario argentino La Nación (9/7/09) que sin embargo comparte casi todos los prejuicios y argumentos de la dictadura hondureña respecto a las “peligrosas alianzas” del depuesto Zelaya. No llega sin embargo al extremo del editorial del diario neoyorquino The Wall Street Journal (1/7/09) de considerarlo “un golpe extrañamente democrático”. Se funda en que los militares entregaron "rápidamente el poder al presidente del Parlamento, un hombre del mismo partido de Zelaya", y que "las autoridades legislativas y judiciales permanecieran intactas". En su crítica a Obama (hoy ya ampliada por una fracción significativa de legisladores republicanos) sostiene que se ha posicionado en este asunto "junto a Naciones Unidas, Fidel Castro, Hugo Chávez y otros demócratas modélicos". Algo seguramente imperdonable.

A la monstruosa descripción ceñida del enviado argentino respecto a la conculcación de todas las libertades civiles, debe añadirse la absoluta censura y hasta ocupación militar de los medios de comunicación, la represión de las manifestaciones opositoras (con muertos y heridos), la militarización plena de la geografía urbana, rutas y fronteras, los allanamientos de domicilios y detenciones arbitrarias. Incluso algunas organizaciones populares que logran emitir mails o publicar blogs, hablan de desapariciones, sin que haya confirmación aún. Se trata inequívocamente de un golpe cívico-militar que ha instituido un estado terrorista más bien clásico y paradigmático independientemente de la supervivencia decorativa de los poderes legislativo y judicial. No hay diferencias cualitativas ponderables con los estados terroristas de los ´70 y ’80. Si la magnitud de su criminalidad no alcanza los niveles más aciagos de entonces se debe a la diametralmente opuesta correlación internacional de fuerzas y a la propia debilidad relativa de la resistencia interna que no exige por el momento mayor brutalidad represiva y costos políticos para la continuidad del régimen de facto. Un patético posfacio anacrónico al libro del golpismo terrorista universal.

Frente a la barbarie, los tiernos bienpensantes de derecha se proponen una quimera. Sostienen una antinomia con una -políticamente correcta y a la altura de los tiempos- condena al golpe, retomando al mismo tiempo el pueril argumento golpista que básicamente se centra en la supuesta “ilegalidad de una simple consulta sobre poder hacer otra consulta –posterior- relacionada con la convocatoria democrática de una hipotética asamblea constituyente”, como bien critica el catedrático constitucionalista de la Universidad de Zaragoza, Francisco Palacios Romero. Es recomendable la lectura de sus demoledores contraargumentos en www.rebelión.org.

En la contratapa del último domingo, referí tangencialmente al escritor norteamericano O. Henry y su caracterización de una “república bananera” inspirada precisamente durante la estancia del autor en Honduras. El espacio sólo me permitió señalar que desde 1904 hasta hoy, conservaba intactas sus características. Pero es curiosa la difusión que el término ha tenido tratándose de un autor prácticamente desconocido y de un libro que aún carece de traducción a nuestra lengua. “Cabagges and Kings” es un libro de cuentos cortos, estilo excluyente de O. Henry donde combina humor con potente remate, que sin embargo parece una novela corta por su secuencialidad, cosa que permite extraer del conjunto esos rasgos arquetípicos.

“Anchuria” será el país imaginario de O. Henry, económicamente dependiente de una agricultura limitada y sometida a la explotación de corporaciones foráneas, que políticamente será inestable y dictatorial, donde las elecciones, cuando tienen lugar, son fraudulentas y la corrupción es el motor y objeto de su sistema político. Siempre conducido por un líder fuerte que reparte nombramientos, prebendas y ventajas a amigos y partidarios, sin consideración alguna por la ley, en un contexto en el que gran parte de su economía y política es controlada por poderes extranjeros privados y embajadas frente a los que el dictador se muestra servil. Su estructura social será la de una oligarquía rica, ociosa y corrupta abismalmente separada de una masa de trabajadores prácticamente esclavizados, sumergidos en la indigencia, la ignorancia y el desamparo sanitario, cívico y jurídico. Sin embargo, es premonitorio que “Anchuria” mostrara un formalismo constitucionalista de pretensiones modernistas y su elite gobernante una afectación proporcional a su apego ilusorio. Posiblemente “Anchuria” haya servido de inspiración al genio de Woody Allen para su película de 1971 cuyo título tomé prestado para esta columna.

La Historia posterior de Honduras, cuyo detalle también excede el espacio disponible, es la encarnación práctica del esqueleto de la república bananera esbozada por O. Henry. Baste señalar la secular alternancia entre liberales y conservadores (no casualmente llamados Partido Nacional), y entre ellos y dictadores militares hasta nuestros días. Sede productiva fundamental de famosas multinacionales, como la recordada United Fruit Co. (entre otras), que fueron moldeando el país según sus intereses y cuando éstos se vieron comprometidos por la lucha popular contaron con el desembarco de marines en su auxilio que ocuparon su territorio por décadas. Sin embargo al retirarse dejaron bases militares lo que permitió una muy fluida relación entre las fuerzas armadas locales y las de ocupación, en una compleja trama de financiamiento que incluía a las empresas y a los dos partidos políticos históricos. En los años ’80, no obstante haber recuperado la vigencia constitucional y promulgado una nueva carta magna, fue la sede de entrenamiento y acción de los boinas verdes de la “contra” nicaragüense y de todas las operaciones criminales de la CIA en la región.

De la estructura político-económica y social imaginada por O. Henry se desprende necesariamente cierta tipología sociológica al estilo weberiano. El militar bananero (formado hoy necesariamente en la Escuela de las Américas), el cura bananero, el legislador bananero, el juez bananero y el siempre dialoguista y hospitalario embajador imperial bananero. De las intervenciones u omisiones de este último perfil, depende hoy en gran medida, la superación de la encrucijada golpista. La iniciativa mediadora del Presidente Arias, alentada desde la cancillería norteamericana, no obstante aceptada por el depuesto e Insulza, parece encaminarse hacia la dilación, la desmovilización y el continuismo. Cada día ganado por los golpistas es una bocanada de oxígeno a su régimen terrorista.

El presidente Obama afortunadamente se hizo un momento durante la cumbre del G8 para enfatizar que “Estados Unidos apoya ahora la restauración del presidente democráticamente electo de Honduras”. Bien dicho. Mejor aún, es la generalización de un principio exactamente inverso al de la dilatada experiencia histórica de su país. “No lo apoyamos porque estemos de acuerdo con él. Lo hacemos porque respetamos el principio universal de que los pueblos deberían poder elegir a sus propios líderes, estemos nosotros de acuerdo o no con éstos. Dejémoslo claro: no siempre hemos hecho lo correcto sobre este punto, pero Estados Unidos no debería intentar imponer ningún sistema de gobierno a ningún país”. La pregunta ahora es cómo materializar ese apoyo y la implementación de esta nueva estrategia de respeto a la soberanía popular y la autonomía.

Durante la dictadura, en julio de 1976, el siniestro periodista argentino Bernardo Neustadt en un reportaje interrogó al lector. "¿Qué hace usted para que su hijo no sea guerrillero?". Luego en su programa “Tiempo Nuevo” no dejaba de preguntarle a su “Doña Rosa”, “¿Ud. sabe qué está haciendo su hijo ahora?” Sin dudar un ápice de las inmejorables intenciones de Obama, y retomando la tipología sociológica del representante bananero, no será baladí preguntarse si sabrá el Presidente Obama qué está haciendo ahora su embajador en Tegucigalpa.

Porque no es neutral el “mientras tanto”, como no lo es el terror bajo el que vive el pueblo hondureño día a día. Así lo imaginó la pluma de Neruda en la culminación de su poema “La United Fruit Co”. Mientras tanto, por los abismos/azucarados de los puertos,/caían indios sepultados/en el vapor de la mañana:/un cuerpo rueda, una cosa/sin nombre, un número caído,/un racimo de fruta muerta/derramada en el pudridero. Parece Honduras.

Emilio Cafassi es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.


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